Hoy es un buen día para hablar de los padres

Circula un chiste en internet, tan repetido que ya casi es folclore: una hija le pregunta a su padre dónde la «cargó» él, ya que la madre la cargó en la panza. El padre empieza a responder con el consabido “en las bo…”, la madre lo frena, y él se recompone: «en las bonitas horas de los amaneceres de cada día que contaba para poder tenerte entre mis brazos».

Es un chiste tierno. Pero también es la puesta en escena de un estereotipo que conviene mirar con más cuidado: la idea instalada de que los padres son torpes para expresar afecto, que necesitan corregirse a último momento para decir algo sensible.

Esa imagen es injusta. La mayoría de los padres, como la mayoría de las madres, se compromete de manera vital con la tarea de amar, cuidar y guiar a sus hijos. Sin embargo, el relato dominante insiste en la figura del padre ausente, el que abandona.

¿Cuántos casos así conocemos realmente en nuestro entorno? Muy pocos. Lo que sí ocurre, con más frecuencia de la que se admite, es otra cosa: tras separaciones conflictivas, y dado que en la mayoría de los casos la custodia queda del lado materno, algunas madres convierten a los hijos en un arma para castigar al padre.

Le niegan el contacto, libran una guerra psicológica silenciosa, buscan que el hijo absorba el rencor y termine odiando a quien alguna vez lo crió. No es la norma, conozco también muchas separaciones donde ambos padres construyen algo sano para sus hijos, pero tampoco es una excepción tan rara como se pretende. Nada en estos vínculos es blanco o negro. Hay grises, imperfecciones, la marca torpe y humana que le ponemos a todo lo que hacemos.

Otro chiste habitual: en el día de la madre todo se desborda en flores, regalos y declaraciones; al padre le alcanza con un «feliz día» y un par de calzoncillos. Y en el fondo tiene razón, aunque no por la razón que el chiste supone.

Para mí, pasar un día entero con mi hija, que ese día, por la fecha, me trata con una cercanía que no siempre tiene, vale más que cualquier objeto. Si ese día me regala un par de medias, lo voy a guardar como si fuera lo más valioso que tengo.

Los hombres, en esto, somos criaturas simples. Por eso también es cierta la otra imagen que circula: la del padre de cara de malo y gesto serio que no duda en dejarse maquillar o sentarse a jugar con muñecas con tal de no romper un momento con su hija.
Aunque tampoco hay que olvidar a los que sí dan la espalda, se van y no vuelven. También los conozco. Las generalizaciones, en un sentido y en el otro, siempre terminan siendo mentira.

Tengo un amigo al que su padre abandonó. La madre había muerto, y un día, mi amigo tenía cinco años, el padre le dijo, sin más: «Me voy. Quedate en esta casa o andá a vivir con tus hermanos, lo que quieras pero me voy y no voy a volver.»

Décadas después, cuando me lo cuenta, todavía se le llenan los ojos de lágrimas y repite esa frase palabra por palabra, como si el tiempo no hubiera pasado. Mi amigo se quedó en esa casa. Sus hermanos, sin adoptarlo del todo, le daban de comer, lo mandaban a la escuela, lo sostuvieron hasta que pudo valerse por sí mismo.

De grande, mientras estudiaba, pasó hambre más de una vez. Los amigos lo invitábamos a comer, y si desaparecía unos días, íbamos a buscarlo. Una noche lo encontré tirado en un colchón en el piso en la vieja y destartalada casa que había “heredado”, ardiendo de fiebre, en un estado que todavía no puedo describir sin que se me cierre la garganta. No había pedido ayuda: el miedo al rechazo se le había vuelto costumbre desde chico. Conseguí un médico, compré los remedios, hice el seguimiento día a día. Se curó.

Pasaron los años. Le conseguí trabajo. Se enamoró, se casó, y su mujer lo dejó solo con un hijo pequeño. Lo crió a fuerza de sacrificio, a veces pasando hambre él para que al chico no le faltara nada.

Hoy ese hijo es programador y trabaja en una de las empresas más importantes del país. Cuando le pregunto por él, mi amigo siempre me dice lo mismo: «Está bárbaro. Valió cada sacrificio. Le di lo que yo nunca tuve, y eso hoy, me mata de felicidad.»

Con esa imagen me quedo en este día del Padre. La de un hombre marcado por el rechazo de su propio padre, que en lugar de repetir esa herida decidió cerrarla. Que convirtió el abandono en la medida exacta de todo lo que no quería para su hijo.

Hay una tristeza que no se borra, se le nota en los ojos cada vez que recuerda esa frase de la infancia, pero también hay, sostenida contra todo pronóstico, una ternura que sobrevivió al daño y encontró la forma de darse. Esa es, quizás, la única definición de paternidad que realmente importa: no la ausencia de heridas, sino la decisión, tomada una y otra vez, de no transmitirlas.

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