El libro que diagnosticó al siglo XX

En 1979, un historiador francés de 28 años publicó un libro que debería haber cambiado cómo entendemos al comunismo. No lo cambió, o al menos no en la escala que merecía, porque el argumento era demasiado incómodo para ambos bandos de la Guerra Fría. Los marxistas lo despreciaron por obvias razones. Los liberales de la época lo ignoraron porque el autor era francés de izquierda, doctorado en Cambridge, nieto del comunista Paul Nizan. No encajaba en ningún equipo.

El libro se llama Le fou et le prolétaire: «El loco y el proletario». El autor es Emmanuel Todd. Robert Laffont, 1979.

La tesis es brutal en su economía. Los grandes totalitarismos del siglo XX no fueron consecuencia de ideas equivocadas. Fueron manifestaciones de patología social. La tentación totalitaria, escribe Todd, pertenece a la misma familia que el suicidio, el alcoholismo, la esquizofrenia y los accidentes de tránsito. Todos son fenómenos de autodestrucción social que aparecen cuando las estructuras tradicionales de integración humana se desmoronan y dejan a los individuos expuestos a un aislamiento que no saben procesar.

Todd no lo dedujo en un sillón. Lo midió. Comparó tasas de suicidio entre burócratas comunistas húngaros y soviéticos y encontró una diferencia significativa: los segundos se suicidaban más. No por tener peores condiciones materiales, que las tenían mejores, sino porque arrastraban una estructura mental más cercana a sus predecesores zaristas del XIX, más atomizada, más expuesta al vacío existencial cuando la fe oficial vacilaba. El comunismo soviético, en esa lectura, no era sistema político primero y patología social después. Era patología social vestida de sistema político.

Una cita del libro que vale la pena leer despacio: «La esquizofrenia es una variedad extrema de aislamiento; el suicidio, una fuga; la adhesión totalitaria, un remedio al mismo aislamiento.» Tres respuestas al mismo pozo: enloquecer, matarse, afiliarse. Todd plantea que el partido único cumple, para el individuo atomizado del capitalismo tardío, la función terapéutica que la familia extendida, la parroquia, el gremio y la comunidad rural cumplían antes. El militante comunista no busca una teoría. Busca una comunidad. El partido es, en términos clínicos, una comunidad terapéutica para laissés pour compte: los que quedaron afuera. Eso explica algunos datos que habrían sido inexplicables desde la sociología marxista estándar: el rechazo del teléfono entre militantes comunistas franceses, la sobrerrepresentación de hijos únicos, la concentración geográfica en regiones donde la familia nuclear había disuelto antes las estructuras comunitarias.

Todd va más lejos. Encuentra un patrón sorprendente para cualquier marxista que lo lea: la clase revolucionaria del siglo XX europeo no fue el proletariado. Fue la pequeña burguesía. Detrás de cada ruptura violenta del consenso social del siglo XX, escribe, se perfila la sombra discreta de una clase media abundante, acomodada o miserable, pero siempre recientemente separada de sus estructuras tradicionales de pertenencia. Ese diagnóstico, hecho en 1979, explica retrospectivamente mejor al nazismo y al fascismo que al comunismo soviético. Y sin embargo la tesis integra los tres como variantes de un mismo fenómeno psicosocial. La plantilla, además, no caducó: si se busca hoy a esa clase media educada, urbana y recientemente desconectada de parroquia, familia y barrio, se la encuentra en la militancia identitaria de este siglo, de cualquier signo. No es el proletariado el que marcha, y el que marcha, como el militante de Todd, rara vez anda buscando una teoría. Anda buscando lo de siempre: una comunidad.

El corolario más incómodo del libro es el que toca a las muertes masivas del siglo XX. Para Todd, los países más afectados por los totalitarismos, por las guerras mundiales, por las hambrunas ideológicas, no fueron los países más pobres. Fueron los más enfermos en sentido clínico: aquellos donde la atomización social había avanzado más y donde la clase media emergente no había encontrado todavía una estructura de pertenencia estable. Rusia entra en esa categoría. Alemania también. La guerra total del siglo XX, en esta lectura, no se libró solo entre naciones. Se libró dentro de cada una, y las bajas más altas las pusieron las sociedades más enfermas. En una frase que Todd jamás escribiría: los países donde más gente tenía ganas de morirse fueron los que más muertos pusieron en la guerra.

El libro funciona también como predicción. Todd sostenía en 1979 que la progresiva desaparición de las técnicas de crianza autoritaria en Francia minaría la influencia del Partido Comunista Francés más seguramente que cualquier estrategia electoral de la derecha. Tenía razón: el PCF pasó del 20 por ciento del voto nacional en 1978 a alrededor del 2 por ciento hoy. No lo derrotó Mitterrand ni lo derrotó el capitalismo. Lo derrotó el hecho de que la población francesa dejó de necesitar una comunidad terapéutica de ese tipo específico.

Hay una dificultad contemporánea que vale la pena nombrar antes de recomendar el libro. El Todd de 2024, autor de La Défaite de l’Occident, no es el Todd de 1979. Sus últimos años lo han corrido a posiciones prorrusas frente a la guerra de Ucrania que muchos lectores encontrarán difíciles de procesar. Le Monde lo acusó en enero de 2024 de alinearse con la propaganda rusa; Libération habló directamente de putinofilia. Él rechaza el rótulo y se declara un historiador objetivo. Cada lector decidirá. Pero el Todd que importa para entender al siglo XX es el de 1979, no el de hoy. Las obras intelectuales tienen vidas propias, y Le fou et le prolétaire sigue siendo el mejor diagnóstico disponible del siglo que nos explica.

La última virtud del libro es la que los libertarios rara vez reconocen. Todd no es libertario. No escribió un panfleto contra el Estado. Escribió un estudio clínico sobre cómo las sociedades enferman cuando las estructuras intermedias entre el individuo y el Estado se desmoronan. La familia extendida, la parroquia, el gremio, la comunidad rural, el club, la asociación de vecinos. Cuando esas estructuras colapsan, el individuo queda solo frente al Estado, y el Estado crece para llenar el vacío. Olson lo explicaba desde los incentivos. Hoppe desde la preferencia temporal. Todd lo explica desde la psicopatología social. Los tres llegan al mismo lugar por caminos distintos.

Quien quiera entender por qué el siglo XX fue lo que fue, y por qué el siglo XXI amenaza con parecerse, haría bien en leer al Todd de 1979, sin dejarse distraer por el Todd de hoy. Es el libro que media divulgación contemporánea invoca sin saberlo, cada vez que habla de mentalidades, de psicología del estatismo o de enfermedades del alma. Es el libro que los marxistas ignoraron porque no encajaba en su teoría. Es el libro que los liberales ignoraron porque venía de la izquierda francesa. Y es, hasta ahora, el único libro que explica el siglo XX desde la epidemiología del alma.

Hay libros que se leen con interés. Hay libros que se leen y se olvidan. Y hay libros que, leídos a tiempo, deciden trayectorias. Le fou et le prolétaire es del tercer tipo. Por eso importa que vuelva a estar disponible.

En francés se consigue: el original tiene reedición digital y se compra en cualquier librería electrónica por unos euros. El castellano es otra historia. Planeta lo tradujo en 1982, traducción de Ana Papo, como número tres de la Colección Tablero, y está descatalogado hace décadas, aunque quedan copias en librerías de usados: Iberlibro, Buscalibre, La Casa del Libro. Quien lo encuentre, que lo compre. Quien no, que lo pida. Hace falta que alguien lo reedite en castellano.

El diagnóstico sigue siendo el mismo cincuenta años después.

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