Por Silvana Giachero – Psicóloga Forense
En mi experiencia clínica y forense he observado un fenómeno que se repite en víctimas de bullying, mobbing y alienación parental. Aunque se trata de situaciones diferentes, comparten un mecanismo capaz de profundizar el daño psicológico: la invalidación.
La agresión inicial produce sufrimiento. Pero, muchas veces, la herida más profunda aparece cuando la víctima intenta explicar lo que está viviendo y recibe como respuesta que exagera, que interpreta mal los hechos o que el problema está en ella.
Propongo llamar a este fenómeno trauma de la invalidación. No se trata de un diagnóstico reconocido en el DSM-5 ni en la CIE-11, sino de un concepto clínico para describir el impacto que puede tener la descalificación persistente de la experiencia de una persona.
En el bullying, el niño escucha que “son cosas de chicos”. En el mobbing, al trabajador le dicen que “no sabe manejar la presión”. En la alienación parental, el progenitor rechazado puede encontrarse con que su sufrimiento se atribuye automáticamente a defectos propios, sin explorar otras explicaciones posibles.
En los tres casos, el mensaje es similar: tu percepción no es válida y tu sufrimiento no merece ser tomado en serio.
Cuando esa invalidación se repite, la víctima deja de confiar en sí misma. Ya no lucha solo contra la agresión original; también lucha por demostrar que lo que vivió fue real. Esa segunda batalla puede generar culpa, ansiedad, vergüenza, aislamiento y una profunda pérdida de confianza.
Escuchar no significa aceptar sin cuestionamientos. Investigar no implica creer ciegamente. Pero tampoco significa descalificar de entrada el relato de quien dice estar sufriendo.
La validación no sustituye la evidencia ni el análisis crítico. Es, simplemente, el reconocimiento de que toda persona merece ser escuchada con respeto antes de ser juzgada.
Quizá una de las formas más silenciosas de violencia psicológica no sea únicamente la agresión inicial, sino lograr que la víctima termine dudando de su propia realidad.
Esa es la esencia de lo que propongo denominar trauma de la invalidación.
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