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Sindicalizados, los uruguayos

15 agosto, 2022

 

“…y durante los tres períodos de gobierno, imperceptiblemente el papel del brazo sindical comenzó a mutar, en paralelo al inevitable proceso de aburguesamiento y corrupción de las estructuras y cuadros políticos del Frente Amplio…”

 

«Desconfía de aquellos que poseen más respuestas que preguntas y te ofrecen la salvación como si fuere una manzana” Rosa Montero (El Rey transparente)

 

Un sistema político bipartidista que se fracciona y coaliciona

Hasta la década de los 60, el país se había movido en un bipartidismo más o menos clásico, con una presencia de la izquierda, marginal en lo electoral aunque influyente en lo político.

Esa realidad cambia, tras casi una década donde la guerrilla de inspiración castrista, pretendió «tomar el cielo por asalto» como lo definiera Hebert Gatto. Es en 1971, cuando cristaliza la vieja aspiración del Partido Comunista de Arismendi, del frente popular como instrumento de la «acumulación de fuerzas». Allí nace el Frente Amplio como expresión electoral única de la izquierda, agrupando al Partido Comunista, Socialista, Demócrata Cristiano y escindidos del Partido Nacional y Colorado. Ello venía a culminar un proceso iniciado en 1935 con el VII Congreso de la Komintern soviética, en donde se pasó del “clasismo” al “interclasismo” y así, a considerar a los partidos y sectores no marxistas como potenciales aliados, dando pie a lo que se llamó la “teoría de los Frentes Populares”.

Similar proceso seguiría el sindicalismo con la unificación en torno a la CNT. En esas tres décadas largas, se constituyeron diversos Frentes Populares (Chile, España, Costa Rica, Francia) y todos, antes o después, fracasaron con total éxito.

Sin embargo, en Uruguay esa expresión tardía, si bien aún lejos del poder, parecía acallar en nombre de la “unidad progresista” los demonios siempre activos del internismo fratricida.

Relación Fuerza Política vs Movimiento Sindical

Si bien la relación entre fuerza política y movimiento sindical, a través de los años, fluctuó entre amigos con derechos y amantes más o menos estables, no fue sino hasta la Dictadura y la proscripción de los primeros y disolución de los segundos, que los llevó a una extensa y apasionada relación de concubinato.

La salida de la dictadura constituyó un gran reto para la joven coalición. Aceptar el Pacto del Club Naval e ir a elecciones con proscripciones, era un sapo que solo el inmenso prestigio de Seregni podía conseguir tragar. El Frente político decidía y el Frente sindical acompañaba.

En el 89 vuelve a enfrentarse a la cruz de los caminos, con la llegada a sus puertas de un convidado de piedra: los Tupamaros pidiendo entrar. Vuelve a ser la política la que decide, a pesar de Seregni, y los tupas consiguen un paraguas electoral usado, pero como nuevo y barato.

En su imparable ascenso hacia el Gobierno, que el Ballotage de 1999 solo pudo posponer por un período, debió adoptar dolorosas decisiones y rupturas, a pesar de los cuales, hasta el acceso al poder en 2005, siguió siendo la política la decisora y el sindicalismo su necesario brazo en “el campo popular”.

Desde 2005 y durante los tres períodos de gobierno, imperceptiblemente el papel del brazo sindical comenzó a mutar, en paralelo al inevitable proceso de aburguesamiento y corrupción de las estructuras y cuadros políticos del Frente Amplio.

La Toma de la Bastilla frentista

Bastó la derrota electoral de 2019 para que todos los demonios se despertaran, y mientras en la superficie la postergada autocrítica política se votaba con los pies, la ausencia de liderazgo se constituía en un gran agujero negro. Menos de 2 semanas después de asumido el nuevo gobierno “de derecha”, estalla la Pandemia. A partir de entonces, la confusión del Frente Amplio semejó al púgil contra las cuerdas, a punto de caer, que no acierta a sostenerse en pie. Es allí, que asoma un hasta entonces actor secundario con pretensiones de estrellato: el pitceeneté. Y detrás de él, un especialista en el camaleonismo, el PCU que decide mudarse, o por lo menos compartir casa, hacia la calle Jackson. ¿Quién no recuerda el Cacerolazo de Pereira?

Para peor, el gobierno coalicionista, lejos de amilanarse, cobra impulso y logra aprobar el buque insignia del proceso electoral exitoso, la LUC. No sólo logra aprobarla, sino que casi un 30% de su articulado sale con los votos del FA. Menudo problema.

Es entonces cuando el PCU & PITCNT decide dar el Golpe de Estado: conmina al brazo político a juntar firmas para voltear la Ley. Luego de mucho forcejeo e intentos de escurrir el bulto, debieron entregar las ropas y derrotada la política, se impuso la corporación. La única posibilidad de recuperar el control, era que las firmas no se consiguieran. Pero no fue así. El pitceeneté demostró músculo, y si no gracias, a pesar del efeá, consiguió firmas y Referéndum.

Tras cuernos, palos

¿Buscaba el PCU a través del pitceeneté voltear la Ley? Sí, puede ser que sí. Pero como objetivo secundario. El primero era lo que consiguió: relegar al FA a brazo político de una fuerza cuyo centro de gravedad se había modificado. Aún perdiendo, como sucedió, para el sindicalismo fue todo ganancia.

El definitivo Golpe lo constituyó el asalto a la Presidencia del Frente Amplio.

Desde entonces vivimos en un país donde el Gobierno lo detenta una Coalición de cinco Partidos Políticos, que debe lidiar con una oposición corporativa, que funciona bajo la lógica sindical, sistemática y confrontativa, que no conoce de sutilezas ni construcciones y para la cual el conflicto es su principal arma y argumento. El «cuanto peor mejor» con carta de ciudadanía.

Vuelta al viejo papel sesentista.

Así las cosas, atrasamos los uruguayos y estamos, a la fuerza, todos sindicalizados.