El Cristinocentrismo, la verdadera condena argentina

«Cuando la Reina Cristina se ve cuestionada y señalada por un mero vasallo (Luciani), recurre a un arsenal de ese calibre. Su defensa consiste en acusar de lo que se le acusa, de desarrollar un relato donde todos son corruptos y por tanto no tiene importancia si ella lo es. La verdad es la mentira, dice Cris. Y con ello, lleva la discusión al terreno exclusivamente político, con prescindencia de dónde haya o no verdad, al terreno de las creencias -y por tanto, subjetivo- y por fin, la lleva al pasado, allí donde los peronistas fijaron residencia permanente.»

 

“…tienen todo el pasado por delante…” Jorge Luis Borges, refiriéndose a los Peronistas.

 

Desde hace una década y media, la Argentina sufre de un agudo “cristinocentrismo” que tiene, sobre la nación, sus instituciones, su vida política, económica, espiritual y de todo orden, varios efectos. Uno de ellos, el más notorio y pernicioso, que todas y cada una de las cosas que allí pasan o dejan de pasar, se producen o evitan, se ganan o pierden, tienen que ver, directa o indirectamente con Cristina.

Así como en un país musulmán, Alá y Mahoma son omnipresentes en la realidad y el discurso diario, en la República Peronista ese dudoso privilegio lo tiene Cristina, Cris, CFK, la Jefa o como gustéis llamarla. Tanto así, que ha desplazado del imaginario colectivo al mismísimo Perón, y oh sacrilegio, hasta a Santa Evita.

Cristina siendo Cristina

Ella es ella con sus discursos autoreferenciales y narcisistas hasta lo inimaginable, con sus silencios -las más de las veces más contundentes que su verborrea-, sus desplantes , dedazos y revoleo de ministros. Todo un repertorio de gestos y crípticos mensajes, que la Corte se apresura a decodificar, a ser posible rápido y bien, porque de ello depende la subsistencia del decodificador. Pregúntenle a Parrilli cómo es.

Un cristinocentrismo que admitió que designara a un ex hombre de confianza, ex acusador de magnicidios y ex traidor, como presidente electo bajo su férula de Vice, para ser ratificado por su tropa mediante un tuit. Inédito. Todavía más que la tropa lo festejara como una genialidad propia de la mano de Dios maradoniana.

Ese enfermizo cristinocentrismo que, pasada la elección, no le dio un día de paz a su muñeco de feria. Perdón Alberto. Se lo ganó.

El mismo cristinocentrismo que tiene al país de rehén de sus múltiples causas judiciales, al punto de forzar al límite al Consejo de la Magistratura, y poner en agenda un delirante proyecto de ampliación de la Corte Suprema para convertirla en una suerte de Comité de Empresa.

La justicia, ¿a mí?

Y ahora, con la culminación ayer de más de setenta horas de alegatos de los Fiscales Luciani y Mola y el pedido de Condena por considerársela “Jefa de una Asociación ilícita”, se esperaba la respuesta de la imputada, muy en su estilo, mediático e histriónico, en plan víctima de los grandes poderes fácticos, consorciados todos desde siempre para cerrarle el paso en su sagrada misión de salvación del pueblo argentino de sus auténticos verdugos.

¿Qué podría esperarse de una populista, egocéntrica hasta la exasperación, encerrada en su desprecio por las absurdas limitaciones formales al único poder reconocido por ella, que es el de la calle y la pancarta?

Lo que hizo. Así visto, no defraudó a nadie. Hora y media o más, a puro Cristina. Hora y media de embarrar la cancha, con Néstor abrazado a Magnetto, para asombro de propios y extraños. Ahora, del bancario Baez convertido en hiper estanciero, nada. De José Lopez, solo nos enteramos que hacía negocios con Caputo, en su propia Presidencia, pero, boluda como es, nada supo.

Desde su Despacho del Senado, para que quedara claro que quien hablaba era la Vicepresidente. Desde el principio, símbolos y gestos propios de la liturgia peronista, mostró que se trataba de un furibundo ataque a todos sus enemigos -reales o imaginarios- exclusivamente político. Estrictamente político. Un alegato en clave político partidario, de víctima y victimarios, como si ella fuera la Ucrania salvajemente invadida por “el Partido Judicial”, los “medios hegemónicos”, el “macrismo empresarial”. Los privilegiados de siempre atacando a quien representa al pueblo argentino, la única santificada por el voto de los descamisados de Perón.

La eximia ajedrecista apuesta su última ficha a la victimización. Quiere ser Lula pero sin prisión. Quiere ser Evo, pero sin exilio.

Y luego la apelación a la “militancia”, donde a los sargentos y capitanes se les disciplina mediante “espontáneos” comunicados de apoyo, y a los soldados se les arrea con la épica de un enemigo que está en la vereda de enfrente. “Con la marcha”, les gritaba, desacatada, desde el balcón muy a lo Evita.

¿Y la verdad?

Desde hace años, leo y estudio, reflexiono y pienso, acerca de los procesos políticos y sociales, en especial sus liderazgos y sus ideologías, de diferentes actores mundiales, en especial a partir del parteaguas que significó el desmembramiento de la Unión Soviética.

La Federación Rusa edificada por Boris Yeltsin, a partir de la llegada al poder del enigmático Vladimir Putin, ofrecía un proceso fascinante porque se mostraba, una vez más como a principios del Siglo XX con el Bolchevismo, un laboratorio donde se ensayaban nuevas -viejas, en realidad muy viejas- ideas, lideradas por un personaje que era (y lo sigue siendo, huelga decirlo, aún hoy que es el centro del mundo) un gran signo de interrogación.

A partir de la notoria aproximación del kirchnerismo cristinista con Rusia, y más especialmente de Cristina con Putin, resultaba válido preguntarse qué podía haber en común en sujetos tan diferentes.

Yo creo que, sin exagerar, las claves de los dos hechos políticos sucedidos entre ayer y hoy, la acusación fiscal con pedido de condena, y la consecuente arremetida mediática de la acusada, tiene mucho que ver con lo que constituye en discurso y la ideología que impregna el accionar ruso.

Aunque por estas orillas nombres como Ilyin, Dugin, Projánov, Gumiliov o Surkov no nos digan nada, es de ellos de donde provienen las ideas que han marcado la política en Europa, EEUU y por extensión, en el mundo entero, durante los últimos casi veinte años. Ideas que tienen que ver con, por ejemplo, la relatividad de la verdad (la verdad es una subjetividad, sostienen), el poder y la legitimidad de las leyes. Un corpus ideológico que permite sostener hoy lo negro y mañana lo blanco, de indudable tono orwelliano. De allí nació el concepto de las “fake-news”, de la “ingeniería política”, las “democracias gestionadas” y toda una serie de eufemismos que esconden su raíz totalitaria.

Cuando la Reina Cristina se ve cuestionada y señalada por un mero vasallo (Luciani), recurre a un arsenal de ese calibre. Su defensa consiste en acusar de lo que se le acusa, de desarrollar un relato donde todos son corruptos y por tanto no tiene importancia si ella lo es. La verdad es la mentira, dice Cris. Y con ello, lleva la discusión al terreno exclusivamente político, con prescindencia de dónde haya o no verdad, al terreno de las creencias -y por tanto, subjetivo- y por fin, la lleva al pasado, allí donde los peronistas fijaron residencia permanente.

¿Y después?

El expediente judicial, tres toneladas de pruebas, se reduce ahora a ver quién pone más gente en la calle o la plaza, cuáles bombos suenan más y quién es capaz de tirar la piedra más grande y más lejos. Hora de recurrir a la épica y cerrar filas.

Entonces, ¿en qué quedará todo este sainete?

Si de prever el futuro se trata, tarea imposible si las hay, el camino de aproximación es precisamente, la lectura del pasado.

Allí, los peronistas nos tienen un escenario que asoma como el más probable: el proceso Menem.

Un ex Presidente, condenado, que se refugia “in aeternum” en sus también eternos fueros de Senador de su Provincia.

De última, lo que los argentinos debieran entender es que, una más que improbable cárcel, no cambia nada.

Lo que importa

Lo que importa es que la Historia no sólo no la absuelva, sino que la condene irrefutablemente. Y que la condene la sociedad, haciendo que la verdadera cárcel sea la social. Y que la pérdida sea, lo que más le duele a los poderosos: la de los privilegios. No más Tangos expresos a El Calafate. No más helicópteros. Que pague en desprecio lo que la Ley no podrá cobrar en prisión y muy probablemente, tampoco en dinero.

Si acaso, que los argentinos, a precio de oro, aprendan la lección y renueven un pacto con la verdad, con el respeto por la res pública y un definitivo rompimiento con ese pasado borgeano que les condena.Si de todo esto, la Argentina rompe con el enfermizo Cristinocentrismo para que el centro pase a ser la Constitución, las Instituciones y la Ley para todos, los Luciani de la vida que hacen a una República, habrán cumplido.

Si así fuere, no habrá sido en vano.