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Enfermedad holandesa, la pandemia oriental

29 noviembre, 2022

 

Las protestas crecientes de Pymes y otros exportadores de productos con cierto valor agregado sobre el tipo de cambio, o mejor, sobre la apreciación del peso, simplificada como dólar barato, obligan a esta tribuna a volver sobre un tema que abordó hace varios meses: el Dutch Disease, o enfermedad holandesa (¿neerlandesa?). Se llama así, en recuerdo de lo ocurrido en los Países Bajos hace unas décadas, cuando se descubrieron importantes yacimientos de gas, lo que trajo una inversión en dólares que, convertidos a guildens en el mercado cambiario, apreciaron de tal manera esa moneda que terminó siendo imposible exportar cualquier otro bien por el elevado precio en dólares de cualquier cosa que se produjera que no fuera ese recurso natural.

Por extensión, ese efecto se reproduce cada vez que un país es exitoso exportando materias primas, y aumenta cuanto más exitoso es. Por eso cuanto más commodities alimentarias o pulpa exporte Uruguay, como parece ser el futuro, más se apreciará el peso, lo que tiene varios efectos no queridos.  El más notorio es que el “dólar barato” así resultante impide exportar bienes de valor agregado, al encarecer los costos y sacar del mercado a ese tipo de producción. El paso siguiente es la fuerte baja del empleo privado y la desaparición de toda industria, ya pequeña.

Esa resultante casi condena a otro paso fatal, que es aumentar imparablemente los impuestos a los pocos sectores productores de materias primas alimenticias, o a los patrimonios y ahorros particulares, (el sueño frenteamplista) para repartir subsidios populares, empleos en el estado en todas sus formas, planes de ayuda, pensiones, asignaciones por hijo o por cambio de percepción de género u otras excusas para gerenciar patrimonios ajenos que tienen los políticos. Como es sabido e ignorado hasta el cansancio, ese paliativo no sirve ni alcanza ni produce ningún empleo verdadero y al tiempo termina encareciendo y reduciendo aun el negocio de la exportación agropecuaria, con lo que – como cualquiera que intente tal remedio, el país y su gente se empobrecen. No hace falta leer ningún libro de economía para comprobar este aserto. Basta hojear los libros de historia.

Como está implícito en los reclamos actuales y en el pensamiento popular simplista, la solución aparente e instantánea es que el Estado controle el tipo de cambio para evitar que el valor del dólar caiga demasiado, o suba demasiado, ya que estamos. A poco que se analice la matemática del planteo se advierte que no puede funcionar. Y no funciona. No existe un solo caso en que un país haya podido resistir una corrida interna o externa contra un tipo de cambio controlado, administrado o como se quiera llamar, sin resultados catastróficos. Tampoco existe un solo caso en que ese tipo de política no genere miles de esquemas de corrupción, prebendas, capitalismo de amigos, y otros súbitos enriquecimientos de políticos y empresarios delincuentes.

Tanto el pensamiento mágico estatista como el socialismo niegan y desprecian la evidencia empírica, y más la niegan cuanto más científica sea. Por eso es invalorable el ejemplo que ofrece Argentina, que vive de crisis terminal en crisis terminal gracias casi exclusivamente a esa idea de controlar el tipo de cambio, que viene aún desde antes de Perón, y que ciertamente no es culpa de Cristina Kirchner, como aman creer los antievidencia voluntaristas. Ese empecinamiento en tener un tipo de cambio oficial y único sólo es creído por los desprevenidos, pero es la base para la corrupción, además. De modo que pedirle a cualquier gobierno uruguayo que controle el mercado cambiario es pedirle que se suicide, y que suicide a su economía.

Las soluciones son varias, pero todas complicadas. Lo que han hecho algunos países serios es crear fondos de emergencia, como hizo Chile con la proveniencia del cobre, antes de su estupidez constitucional, o Noruega. Esto es, en síntesis, dedicar sólo una ínfima parte de los altos ingresos adicionales al gasto público, y con el resto constituir una suerte de monto adicional de reservas intocables, para casos de situaciones catastróficas, como una pandemia, o alguna debacle semejante. Eso evita tener que aumentar la oferta de dólares en el mercado cambiario hasta niveles nocivos. Algo difícil de aplicar en la plaza local, porque la política central del Frente Amplio, que concita la adhesión de la mitad de la sociedad, tiene como ÚNICA herramienta aumentar el gasto del estado y los impuestos. No existe entonces la posibilidad de consensuar la creación de un Fondo que implique lo opuesto: no aplicar a gastos corrientes cualquier ingreso, aunque los gastos sean permanentes y los ingresos siempre temporarios.

 

La otra posibilidad, odiada por igual por los empresarios prebendarios que se benefician con el proteccionismo y el trotskismo sindical que ama la teoría de “vivir con lo nuestro”, (¿o con lo vuestro?) es abrir las importaciones, lo que implica revisar impuestos como el IMESI, que obra como un recargo arancelario en muchos casos, además de las barreras aduaneras no arancelarias y el particular sistema de privilegio de importadores. Este camino crea nuevos empleos no sólo por la suba del valor del dólar, sino por el aumento de demanda y de servicios inmediato que produce. Piénsese solamente en el mercado automotor y los puestos de trabajo que aumentaría su liberación. También en este tema se requiere consenso o al menos un cierto tiempo político, del que hoy no es seguro que se disponga.

Es también posible intentar desarrollar otro tipo de mercados, como el de los entrepreneurs, ciertas plataformas y el del software sofisticado, que aumentan notablemente el empleo sin que impliquen necesariamente grandes ingresos de divisas, lo que profundizaría el problema. Para ello, habría que proteger a los nuevos protagonistas del ataque impositivo sobre su patrimonio mundial, con el que amenaza el frenteamplismo en su nueva versión neomarxista, lo que ahuyenta cualquier esperanza de radicación. Unido a ser el país más caro del mundo en dólares.

Ciertamente también serviría una combinación de todos estos caminos, que obligará a enfrentar siempre al obstáculo del apetito impositivo y a la creencia sindical de que cualquier nueva forma de empleo que se invente es enemiga de su monopolio, aun cuando vaya en favor de los trabajadores. Si no se llega a comprender y aceptar que el trabajo tiene nuevos formatos que son inexorables, no solamente se estará sumergido en el atraso, sino que se condenará al país a estar también sumergido en el atraso y la pobreza. Esto no sólo vale para Uruguay, vale para todos.

El reclamo empresario es válido, aunque la solución requiere un pensamiento superior que es imposible en la medida en que medie la ideología, el fanatismo y el egoísmo político. El dólar barato, como se llama, puede ser bueno para ganar votos, pero es el principal factor excluyente de empleo y de ciudadanos. No se irá milagrosamente.