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Necrosur

13 diciembre, 2022

 

Ese mismo título usó esta columna en 2015 para referirse al sepulcro de esperanzas en que se ha convertido el monopolio prebendario que se conoce como Mercosur. Creado en los albores de la apertura y libertad comercial de lo que luego se llamaría globalización económica, su propósito declamado era integrarse al mundo, competir desde un mayor tamaño regional, transformarse en la palanca de desarrollo de valor agregado industrial y de todo tipo, aumentar las oportunidades, el bienestar y el empleo (privado), reclamar un lugar en el mundo.

Terminó en un sistema proteccionista, coto de caza de pocas industrias, como la automotriz, que encontraron el mecanismo para explotar a los consumidores regionales, cobrándoles el doble o más de lo que valen sus productos. O pariendo el Parlasur, un seudoórgano político supranacional, costosísimo e inútil, felizmente. En increíble paradoja, nació queriendo ser una imitación de la Unión Europea, que en ese momento (Comunidad Económica) parecía que sería un verdadero mercado común, y efectivamente terminó imitándola, pero en su apuesta al fracaso y al encarecimiento, en su accionar quasidictatorial que muchos europeos sintetizan como “El gobierno de la burocracia de Bruselas”, parlamento europeo incluido, y en otro monopolio fatal que está empobreciendo y también sometiendo al servilismo a sus miembros y a los ciudadanos. Además de matarlos de frío y pronto de hambre con sus políticas energéticas impositivas, su pretensión de salvar al mundo y su apoyo terminal a Ucrania.

El Mercosur tiene sus connotaciones propias. Al estar de acuerdo Brasil y Argentina casi no hubo alternativas de opción para Uruguay y Paraguay, uno por su enorme dependencia exportadora, el otro por su fragilidad institucional y su dudosa seriedad. Por sobre el acuerdo flameó siempre la nefasta política de la CEPAL de 1950, capitaneada por Raúl Prebisch, que no sólo equivocó a Perón, sino que implantó para siempre en los fecundos cerebros locales la teoría del “vivir con lo nuestro”, base de la pobreza de estos pueblos.

Los gobiernos uruguayos comprendieron hace tiempo que el presente tamaño de su población no es sustentable sin agregar valor de algún modo, lo que requiere imprescindiblemente venderle al mundo alguna producción industrial, tecnológica o emprendedora, además de sus frágiles ventas de commodities. El mismísimo Tabaré Vázquez chocó contra el Frente Amplio y su ahora propietario el Pit-Cnt cuando lo forzaron a desperdiciar la última oportunidad de firmar un tratado en serio de libre comercio con EEUU, de los que hoy ya no firma más porque se ha tornado empecinadamente rooseveltiano y keynesiano (y también suicida).

El otro tratado permitido por EEUU, representado por el preacuerdo de compromiso con la UE, jamás avanzará ni un milímetro. Porque Europa es enemigo de los países agrícola-ganaderos y cualquier tratado implicará sacrificar los privilegios de ese sector, que Francia, por ejemplo, defiende a toda costa y cualquier costo (sic). Con lo que las opciones reales de Uruguay se concentran en China y Asia en general.

Y aquí se encuentra con cuatros enemigos:

el propio Estados Unidos, que con la excusa de la seguridad ha sincerado su proteccionismo contra ciertos países y tuerce el brazo de quienquiera haga trato con ellos. Una esclavitud comercial solapada que penaliza a los países en desarrollo y a los que no les ofrece ni una sola alternativa a cambio, salvo la prohibición.

La industria brasileña que categóricamente es monopólica y no permitirá ninguna importación que ponga en riesgo su mercado cautivo regional, que además cuenta ahora con su aliado-empleado Lula.

El kirchnerismo argentino, que fue capaz de bloquear muchos años una ruta internacional de acceso o el dragado de un metro más del puerto, la primera por simple revancha contra quienes no querían oblar la coima respectiva, y que ahora usa la ignorancia de Alberto Fernández como arma para hacer olvidar convenientemente que la famosa decisión 32/00 que impide los acuerdos individuales no estaba en el Mercosur inicial.

Los socios en espera, miembros todos de la Patria grande, que necesitan el proteccionismo y aislacionismo empobrecedor y la miseria para prosperar políticamente y justificarse en sus confiscaciones, que garantizan que no permitirán ningún atisbo de libre comercio. O sea, ningún atisbo de crecimiento.

Por eso la sugerencia de algunos analistas de negociar primero internamente con el monopolio regional antes de avanzar en el Tratado Transpacífico es pueril, desconocedora de la realidad y hasta peligrosa. Sería sólo desgastarse y perder el tiempo. Uruguay es cautivo del Mercosur. Lo que ocurre en la UE tras el Brexit es también un castigo ejemplarizante para quien quiera sacar los pies del plato de las burocracias supranacionales. Al menor intento de tratar de competir su primera ministra fue eyectada, poniendo al Reino en manos de un gobierno que se sometió a Europa, y que en ese sometimiento perdió toda oportunidad.

Queda luego un obstáculo mucho mayor. Interno. El Frente Amplio en manos del Pit-Cnt, cuyos únicos objetivos son redistribuir el ahorro ajeno, que siempre deja réditos de todo tipo, e impedir cualquier competencia. Con el fraseo, la excusa o la dilación que fuera, el objetivo principal es sabotear el crecimiento del sector privado, incluyendo el empleo, saquear los patrimonios privados con impuestos confiscatorios y repartirlos como limosnas entre mendigos estatales cautivos. No se miran en el espejo argentino, que hizo lo mismo y presenció la mayor desinversión y pérdida de empleo real de toda su historia. O se miran, pero no interesa, porque lo importante es no darle un triunfo a este gobierno, lo importante es mantener el feudalismo del reparto.

Además, el problema de cualquier tratado de libre comercio es que tienen la mala costumbre de ser recíprocos, o sea que obligan a sacrificar privilegios, a que un auto o una computadora o un remedio valgan la mitad, a que el tipo de cambio no aprecie tanto el peso que el resultado sea un desempleo masivo y una desaparición de las Pyme, como inexorablemente ocurrirá si no se produce esa apertura. Privilegios de empresarios prebendarios y de sindicalistas, finalmente socios en esa cruzada de vivir con lo nuestro, que se hace siempre en nombre de proteger el empleo y termina siempre en mayor pobreza y mayor desempleo, en Uruguay y en cualquier parte. Por supuesto que la evidencia empírica no cuenta, porque cuando se sufran los resultados de este proteccionismo, ya se habrá perdido la libertad y la capacidad de elegir.

Sin embargo, un gobierno que se preocupe en serio por el futuro debe insistir en lograr estos acuerdos de libre comercio, porque no hay otra alternativa disponible. Lo que parece un promisorio negocio, por ahora, como son las commodities alimenticias y la idea de ordeñar a los productores, ahorristas y consumidores para repartir graciosamente sus ingresos o tenencias entre el resto de la sociedad, dura muy poco y termina en la ruina. Perdón. En la igualdad del cero, siempre dictatorial.