Avioneta plaza roja

28 de mayo 1987, el inicio de la caída de la URSS

Hace exactamente 36 años un joven de 19 años aterrizaba su avioneta en la Plaza Roja de Moscú, y hacía caer el mito soviético de superioridad militar, que Putin intentó reconstruir y hoy una vez más es abofeteado en Ucrania.

Mathias Rust, por entonces un joven alemán de 19 años, había obtenido su licencia de piloto meses atrás y salió desde Alemania con destino a Islandia, en procura de sumar las horas de vuelo necesarias para mejorar la categoría de su brevet.

Sin embargo, había otra intención oculta en su vuelo. “Pensaba que podría utilizar la aeronave para construir un puente imaginario entre Oriente y Occidente y mostrar que mucha gente en Europa quería mejorar las relaciones entre nuestros mundos”, dijo tiempo después.

Con esa idea, a su retorno de Islandia y tras una escala técnica de tres días en Finlandia, volvió a iniciar vuelo, pero ya no en dirección a su país, sino hacia el espacio aéreo soviético, que en plena Guerra Fría se consideraba tenía el mayor sistema de defensa aérea del mundo. Basta recordar que cinco años antes Moscú había derribado un avión comercial de Corea del Sur extraviado en el espacio aéreo soviético. con 269 pasajeros a bordo.

No obstante, en las cinco horas que demandó el vuelo de 750 kilómetros  de Rust en su Cessna 172B pudo burlar todos los sistemas electrónicos de defensa, así como no ser advertido por los cazas de la aviación soviética.

De esta forma pudo dirigirse hacia Moscú, presuntamente siguiendo las líneas ferroviarias, adonde llegó al caer la noche, para dar tres vueltas sobre la Plaza Roja a unos diez metros del suelo ante la mirada atónita de los peatones.

Como había tanta gente pensó que era peligroso aterrizar en el empedrado y se dirigió a un puente de cuatro carriles al lado de la Catedral de San Basilio, sobre el río Moscú, y aterrizó allí, tras lo cual hizo rodar su avión hasta la plaza y salió de la cabina para saludar a la multitud que se congregara en torno a la nave.

Minutos después, apenas la policía se recuperó de la sorpresa de hallar un avión a las puertas del Kremlin, Rust fue detenido y posteriormente condenado a cuatro años de trabajos forzados por violación del espacio aéreo y de las normas de seguridad aeronáuticas, condena de la que cumpliera solo 14 meses, al ser liberado en el marco de un tratado de no proliferación firmado por Reagan y Gorbachov, como un gesto de buena voluntad del líder del Kremlin.

Consecuencias

La aventura del joven alemán tuvo consecuencias que seguramente jamás imaginó. El bochorno causado por la violación del espacio aéreo por un adolescente a bordo de una avioneta significó la remoción del Ministro de Defensa soviético y del Comandante en Jefe de la Fuerza de Defensa Aérea, ambos militares conservadores y contrarios a las reformas que intentaba instrumentar Gorbachov, glasnot y perestroika.

Asimismo, otros dos oficiales anti reformistas fueron trasladados y sustituidos por personal consustanciado con la nueva línea política, lo que en definitiva resultara clave para la consolidación de las mismas, que se pusieran a dura prueba en 1991 con el fallido golpe de Estado contra Gorbachov, donde estos cambios de conducción posibles gracias a la aventura del joven piloto alemán resultaron determinantes para el fracaso del mismo.

Por otra parte, esta fue una señal imposible de ocultar sobre las fallas del presuntamente inexpugnable imperio soviético, que se sumara a los reveses que el aparato militar rojo venía sufriendo en Afganistán y que desembocaran en su retirada final del conflicto, en 1989, con lo que la fama autoproclamada de invencible de las fuerzas de la URSS quedara solo en eso. Una fama autoproclamada.

Décadas después el actual ocupante del Kremlin ha querido reconstruir esa imagen, con un éxito relativo. Muchos han “comprado” esa idea de “el segundo ejército más poderoso del mundo”, como antes compraron la del “cuarto ejército del mundo” de Saddam Husseim, y así vaticinaban un rápido paseo triunfal hasta Kyiv de las fuerzas rusas, en los primeros días de la invasión a Ucrania.

Lamentablemente para sus anhelos de potencia mundial se encontró con otro enemigo inesperado que revela las debilidades del otrora imperio. Esta vez no fue un piloto adolescente alemán, sino un abogado, actor, guionista, productor y director de cine y televisión ucraniano, de 45 años.

Tal vez esa mayor veteranía de su adversario de hoy pueda servirle de consuelo al nuevo Zar.

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