In memoriam: Milan Kundera y el imposible olvido

por Jorge Martinez Jorge

 

“Nuestros recuerdos no se parecen, porque nuestra memoria, la pobre ¿qué puede hacer? Sólo es capaz de retener del pasado una miserable pequeña parcela sin que nadie sepa por qué precisamente ésa y no otra. Vivimos sumidos en un inmenso olvido, y no queremos saberlo. Sólo aquellos que, como Ulises, vuelven después de veinte años a su Ítaca natal, pueden ver de cerca, atónitos y deslumbrados, a la diosa de la ignorancia” M. Kundera en “La ignorancia”

 

Con el recientemente fallecido escritor checo Milan Kundera, este columnista tenía una doble deuda en su carrera de contumaz lector: la una por darme una excusa para luchar con el demonio de mis propios prejuicios, y la otra por mostrarme el valor de la defensa de la libertad individual frente a las orugas de los tanques del totalitarismo.

Mi primera deuda

 

Cuando a mediados de los años 80, en Europa hacía furor “La insoportable levedad del ser” mi realidad de lector era la de un principiante, aficionado, pero en pañales, carente de tiempo ante las urgencias de la vida de padre reciente y una situación económica precaria. No obstante, el manido boom latinoamericano había hecho lo suyo y los García Márquez y Vargas Llosa había plantado la semilla del futuro lector voraz, haciéndome salir a la búsqueda de otros horizontes literarios.

Mientras arreciaba ese furor por Kundera y su novela estrella, tuve la mala idea de leer una crítica, reproducida en un semanario montevideano, escrita por un tan célebre como malintencionado crítico, de cuyo nombre no puedo ni quiero acordarme, que se titulaba -colmo de la obviedad- La insoportable levedad de Kundera. En dicha columna el ponzoñoso escriba hacía picadillo de la novela y convertía al autor en un mero payaso de circo. Y caí presa de mis prejuicios.

Tanto me condicionó ese libelo tan efectista como artero, que recién vine a leer esa novela veinte años después, en 2015, que junto con 2014 constituirían los “años Kundera” de mis lecturas.

Pasados esos años, a la novela y su autor, ya les había bendecido el tiempo -que todo lo pone en su lugar- y al insidioso crítico lo había puesto en su lugar, es decir, el olvido.

A mí, en tanto, me había dejado la vergüenza del prejuicio, y el orgullo de haberlo superado.

 

Obligado a la disidencia

 

Mi segunda deuda con Kundera, que ya no he de pagar sino apenas amortizar que es lo que intento con este homenaje escrito, tiene relación con su coraje en la defensa de la libertad cuando los tanques soviéticos decidieron arrasar con cualquier atisbo de ella, ingresando a sangre y fuego en Praga, como ya lo había hecho en 1945, aquella vez como “libertadores” de la opresión nazi, ésta como los mismos opresores que fueron desde 1946 hasta ese año fatídico: 1968.

Justo en el año de 1968, en el que el mundo ardía por los cuatro costados al calor de los incendios revolucionarios en contra del imperialismo (yankee), del militarismo (yankee) y del capitalismo (yankee), tres pecados capitales que sí se le permitieron a la URSS, no sólo cuando arrasaron con la “Primavera de Praga” sino hasta la caída misma del Muro de Berlín.

Hasta entonces, el Kundera cuarentón era un respetado escritor, referente de la intelectualidad checa y un comunista convencido, que había abrazado al Ejército Rojo como redentor del oprobio nazi que se había apoderado de su patria, y lo seguía siendo a pesar de que año tras año, tras las más de dos décadas de “república socialista” satélite del Oso Ruso, la pesada losa del silencio impuesto y la censura omnipresente se hacía cada vez más insoportable.

En el inicio mismo de ese año bisagra (que quedaría en la memoria de los contemporáneos simplemente como el sesenta y ocho) con la elección como Primer Secretario del Partido Comunista Checoslovaco del reformista Alexandr Dubcek, se puso en marcha un proceso de reformas de corte liberal que incluían la democratización y flexibilización de la economía, el fin de la censura y reconocimiento de la libertad de expresión y de movimiento, entre otras, aun cuando el régimen siguiera siendo de Partido único, el Comunista.

Para el activista Kundera, que como la gran mayoría de sus compatriotas ondeaban en los desconocidos vientos de la libertad prometida, los tanques soviéticos fueron una prueba demasiado dura para su fe comunista. Cuando todavía intentaban asimilar qué cosa resultaría ser la libertad de pensamiento y de expresión, la vuelta a la opresión se les antojó una broma macabra, título de su primera novela.

(imagen Barron´s)

Ulises expulsado de Ítaca

 

Después de siete años de persecución y condena al silencio y ostracismo, finalmente Kundera, como Ulises, emprendió el camino del destierro -que es más que un mero exilio- desde su Ítaca natal, que ya no estaba allí, donde había nacido, para buscar una nueva patria en la Francia del iluminismo, y en su lengua.

Porque a partir de entonces, Kundera se convirtió en un autor francés, de residencia e idioma, para escarnio del régimen checo eternizado en el poder bajo la bota soviética.

Desde entonces, debió enfrentar otro exilio, el del paria intelectual capaz de traicionar la gran causa popular que todavía, embalsamada y convertida en la mujer barbuda del circo, la progresía biempensante francesa seguía defendiendo a capa y espada con la sola condición que no se le ocurriera saltar el Muro.

Por supuesto, en su derrotero de disidente del neo-stalinismo checo, debió enfrentar la calumnia y la difamación en las que los hijos y nietos putativos de Lenin se mostraron siempre como consumados maestros. Para ello contaron, cuándo no, con parte de la intelectualidad francesa, claque habitual de las tiranías de fuera de fronteras.

A pesar de todo ello, el Kundera alejado de las luminarias, se dio maña para vivir otras cuatro décadas largas durante las cuales nos regaló lo mejor de su literatura con, entre otras, El libro de la risa y el olvido, El libro de los amores ridículos, La fiesta de la insignificancia, La ignorancia, La inmortalidad, La lentitud, La vida está en otra parte, Los testamentos traicionados y, por supuesto, La insoportable levedad del ser, en las que logró plasmar su inconfundible sello, esa suerte de mixtura de la ficción con el ensayo, o cómo la primera puede ser el mejor vehículo para la reflexión sobre lo que para el hombre es su mayor misterio, el de la condición humana.

A través de esas páginas, Kundera nos enseñó bastante.

La última página del Libro del (imposible) olvido

 

A sus 94 años, habiendo visto pasar ante él los cadáveres de sus detractores, y de su mayor enemigo el comunismo, Kundera, antes de morir, habría vuelto a escribir esta frase de una de sus grandes obras, “La vida está en otra parte” que dice ““…el viejo…observaba a los jóvenes que vociferaban y entonces se le ocurrió que él era el único en la sala que tenía el privilegio de la libertad, porque cuando uno es viejo ya no tiene que prestar atención a la opinión de la pandilla, ni a la del público, ni al futuro”.

Consumada tu última broma, descansa en paz Milan, que aquí quedamos tus lectores, un poco más libres cuanto más viejos nos hacemos. Ya volveremos a encontrarnos en la Ítaca común, la del recuerdo.

 

 

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