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El frenteamplismo y el kirchnerismo, gemelos rioplatenses

1 agosto, 2023
El parecido entre los dos países vecinos y hermanos y su supuesto progresismo conducido por sus burocracias disfrazadas de humildes se acercan hasta el miedo

Escribe: Dardo Gasparré

 

Cualquiera que analice sin apasionamiento ni fanatismo futbolero el comportamiento de los dos movimientos con patente de populares en ambas márgenes del Plata puede llegar sin demasiadas posibilidades de error a las mismas conclusiones del título.

Habrá que salir al cruce de la primera refutación que merecerá este aserto: “el Frente es un movimiento ideológico, mientras que el peronismo no”, será el primer contraataque. No confundir las excusas con la práctica. Ambos sostienen la defensa de los pobres, los desprotegidos, los “laburantes”, el pueblo, las víctimas de la vida, los olvidados. Y ambos sostienen que la solución a esas situaciones es siempre la confiscación de algún bien, algún derecho o alguna libertad de un sector de la sociedad para repartirle al otro. Y ambos han fallado y fallarán en eso también.

Basta escuchar los dichos de Lula o leer los proyectos-país de los líderes regionales para comprender que la única ideología que defienden es la de la Patria Grande – si se le puede llamar ideología a una concepción sin pies ni cabeza. Se podría también recordar la genial argumentación de Hayek que en su Camino de Servidumbre unificaba el accionar de la demagogia, hoy llamada populismo en su versión directa y abreviada, sin importar ni sus diferencias de principios ni sus alegatos.

Toda planificación central se vuelve una dictadura

Hayek sostuvo, como se sabe, que cualquier doctrina de Planificación Central – que es lo que intentan promover tan mal estos partidos o movimientos, termina siempre en una dictadura que obliga a la sociedad a actuar como deciden los iluminados que se arrogan el poder de dirigirlas.

Y justamente ese concepto del poder por el poder mismo y la desesperada necesidad de mantenerlo o recuperarlo a cualquier costa, es el primer gen del ADN que comparten estos gemelos, a veces siameses cuando defienden lo indefendible, como a Maduro, Chávez, Castro, et al.

Ambos (y sus primos no lejanos en tantos otros países, continentes y uniones) han convencido a una gran masa de población de que sus males, miedos, inseguridades, destinos y la consecuencia de sus actos, sus errores omisiones son culpa de un sector de la sociedad que debe pagarles y compensarles por todo ello.

No sólo han convencido a esa masa de tal cosa, sino que también les han hecho creer que ellos, los políticos, sus burócratas, sus partidos, siglas o ideologías aplicadas son capaces de reparar el daño y el mal que se les ha hecho y hasta redimirlos y recompensarlos retroactivamente.

Modificar la constitución cada vez que se pueda

Para evitar obstáculos, como llamó alguna vez Cristina Kirchner a los procesos electorales, nada mejor que modificar la constitución cada vez que sea posible, de modo de transformar en garantía todos los deseos y poluciones nocturnas de sus adictos (en el sentido más amplio del término) y de paso para garantizar la necesaria impunidad de la cleptocracia de la nueva oligarquía de la burocracia.

Allí se encuadran las famosas frases “quien me tiene que juzgar es el pueblo”, o “que me juzgue la historia”, que se han escuchado a tantos y que tienen el propósito de eliminar los controles por oposición de poderes que conforman el principio de republicanismo esencial a cualquier democracia en serio. Quien tenga alguna duda sobre esta afirmación puede estudiar los proyectos de constitución de Chile y otros primos donde directamente se excluye a la Justicia como tercer poder, y hasta se impide el accionar de la poca prensa independiente que resta.

En el caso de Uruguay no son tan evidentes ni alevosos estos hechos porque la Justicia nunca ha juzgado a los políticos por sus actos de corrupción, como se puede ver en la historia reciente, salvo por hechos menores de cotilleo de barrio, o por el uso de tarjetas de crédito del estado para la compra de calzoncillos, por ejemplo. El proyecto de constitución de Chile, rechazado por el voto popular, seguramente reputado de reaccionario, eliminaba la jurisdicción de la Justicia sobre la política y se creaba un tribunal político para juzgar a los políticos. Quien quiera oír que oiga. Las decisiones políticas no son justiciables, dicen. La corrupción tampoco.

La acción sindical como arma

Otra característica melliza es la acción sindical. O el sindicalismo todo. Más descaradamente ricos los sindicalistas del vecino, cierto. Pero ambos manejando grandes recursos de sus cuotas sindicales obligatorias o con algún formato compulsivo y otras prebendas.

Juran ser apartidarios, pero curiosamente, siempre están del mismo lado. Siempre “ganan la calle” hacen piquetes defendiendo cualquier causa, huelgas, tomas, paros, cortan las calles, siempre en el momento más molesto para los usuarios y para los gobiernos que no respondan a la generosidad del gasto. La estructura porcentual del gasto estatal y las “conquistas sociales” que han venido sembrando en el tiempo son iguales y ruinosas.

También siempre, siempre, bajo el pretexto de defender a los trabajadores destruyen toda posibilidad de crear más empleo privado, alejan la inversión y destruyen a las medianas y pequeñas empresas, bastión mismo del emprendimiento y la libertad. Es lo que ahora dice el peronismo en Argentina: “no permitiremos hacer ninguna reforma”. No muy distinto a lo que dice y hace el sindicalismo uruguayo, o tantas otras turbas con apodos diversos en Francia, Chile, o cualquier país que quiera aplicar políticas racionales.

La democracia no tiene ningún valor para ellos

Por supuesto, la democracia y sus resultados electorales no tienen ningún valor para ellos, siempre dispuestos a defender sus conquistas por encima de lo que piense la sociedad, obviamente. Eso los lleva a proponer usar fondos que suponen infinitos para pagar aún a los que no trabajan y nunca trabajaron, como cuando intentan transformar el sistema jubilatorio en un sistema de subsidios o de dádivas, o cuando aplican de modo indirecto la Renta Universal, o cuando piden algún tipo de jubilación sin trabajar que pague el resto de la sociedad. Hasta Marx se asquearía frente a semejante negación de la plusvalía.

En Argentina hay sindicatos de piqueteros, que nunca trabajaron, que cobran millones de planes; en Uruguay las cifras no son tan espectaculares, pero en ambos casos se oponen desembozadamente a las decisiones de la mayoría, porque la democracia no es válida para ellos en esos casos. Una característica común que impedirá todo crecimiento, toda inversión seria y toda apertura comercial.

Como ocurre en tantos países, ambos movimientos autodenominados progresistas, pero que apenas llegan a populistas, odian la democracia. O mejor, la aman cuando ganan, porque la transforman en una dictadura de las mayorías, pero la desoyen, desprecian y desobedecen cuando pierden en las urnas.

Usan entonces todos los recursos para oponérsele. Justamente, desde la huelga o el paro grosero y grotesco, hasta la mentira, la oposición obstructiva y saboteadora y por supuesto, la fuerza de su sindicalismo cómplice, que jura no alinearse con ningún partido. Entonces recurren a otro concepto: la dialéctica, el relato, la redefinición y negación de palabras. Allí inventan la democracia directa o de masas. Que ha sido descalificada por todos los teóricos de la verdadera democracia. Que pasa por encima del voto. Que siempre semeja a una “asamblea sindical” de voto a mano alzada o a mano armada, de decisiones precarias y sin análisis.

En ese entorno, donde votan unos pocos, vigilados por capataces de las ideas, se fabrican teorías, decisiones, oposiciones y se basan los postulados, las propuestas, las luchas populares callejeras, precariedades que son formatos de dictadura que intentan legitimarse apoderándose de definiciones y rediseñando principios. No se advierte diferencia alguna en el comportamiento de ambos movimientos que se autollaman populares, como si la otra parte de la sociedad no fuera pueblo.

¿Termina aquí la clonación? No, ni lejos. A veces se confunden los parecidos porque Argentina ha sido precoz en su estupidez. Ha avanzado más rápido en el plan “platita”, que generó una inflación terminal que es nada más que la consecuencia monetaria de la promesa de gloria y redención inmanente y central. Nada de méritos, nada de títulos o diplomas, que por último se compran o falsifican – o simplemente se alegan o usurpan.

Nada de riesgos, ni de responsabilidades, ni esfuerzo, ni ahorro, que es el odiado capitalismo en su primera fase. El resultado sólo puede ser uno: endeudamiento, default, inflación, default interno, desempleo, despojo, confiscaciones, impuestos, más gastos, más deuda, más impuestos, menos inversión, menos empleo, más gasto y subsidios, más despojo, menos país, a veces con velocidades diferentes.

Uruguay parece distinto simplemente porque ha logrado cinco años de punto muerto y porque su inflación luce baja comparada con Argentina, pero no es tal. El país es cada vez más caro en cualquier moneda y eso es malísimo. La inflación se indexa a perpetuidad. Garantía de eternización. Si se le agrega que el Frente Amplio propugna mayor gasto cuantas veces puede, como hizo en la pandemia y ahora con un sistema de seguridad social inviable y ruinoso pero cuyos beneficios y generosidad promete aumentar irreflexivamente, el futuro es peor.

Sólo pueden crecer la deuda, hasta que el sistema mundial descubra el exceso, la emisión, hasta que la inflación suba más, o los impuestos, como también el FA promete que hará, en especial los que son contra el capital o contra la formación de capital, lo que garantiza no sólo la desinversión y la fuga de consumidores altos, sino la necesidad de más y nuevos impuestos. La confiscación. Lo que ya está haciendo Argentina con sus tasas progresivas sobre el impuesto al patrimonio, o su impuesto solidario sobre la riqueza, que prometió sería por única vez.

El odio al campo, a las actividades agropecuarias, al capital, a la ganancia, a la riqueza y a la actividad privada en favor del monopolio estatal. Extraordinarias similitudes, como lo es la declamación de que se espera fomentar y desarrollar los emprendimientos de tecnología y online mientras simultáneamente se amenaza con más impuestos al capital y tenencias universales y con derogar las exenciones, una barbaridad jurídica que causa con su solo enunciado un grave daño e implica una traición a quienes se radicaron. Más paralelos imposible.

También se asemejan en su retorno a los 70 para buscar culpables que ya han muerto y perdonar asesinos ahora héroes o subsidiados. Un folklore carísimo y perverso.

Se suele decir, empezando por esta columna, que Argentina no tiene solución vislumbrable en un futuro cercano, por ejemplo 7 o más años. Eso quiere copiar del kirchnerismo el Frente Amplio. Porque, ¿qué es lo que hace o promete hacer distinto? ¿Y por qué los resultados serían distintos? Sólo un poco más lentos, con suerte.

Hay muchas similitudes más, a las que los lectores pueden agregar las de su preferencia. La división deliberada de la sociedad al hacer aparecer a la riqueza o la simple utilidad como culpable de la pobreza, para justificar el saqueo impositivo, por caso.

O el enfrentamiento de lenguaje, preferencia sexual, razas, y cualquier otra excusa que tienda a fraccionar, o a tajear a las sociedades, ya suficientemente divididas por la prédica de que “hay que sacarle al rico para darle al pobre”, como si el patrimonio privado perteneciera al Estado. ¿Cuál vendría a ser la diferencia entre los dos movimientos confiscadores y revanchistas, si ambos piensan y se conducen igual en ese aspecto, por encima de todos los derechos?

Queda para el final el salvaje atentado contra la educación popular, la mayor esperanza de libertad del ser humano. En una suma de todo lo antedicho, ambas teologías de cada lado del río se han ocupado de deformar, negar, sabotear la educación. El paso más importante hacia la servidumbre y el vasallaje. La ignorancia es el mayor enemigo de la democracia y la dignidad. Esa arma común hermana indisolublemente al Frente Amplio con Unidos por la Patria.

FA-UP. El destino común rioplatense.