La «affectio societatis» ante el riesgo de «la influencia directriz»

Por Graziano Pascale

Aunque el concepto de «affectio societatis», que alude a la voluntad de asociarse de varias personas físicas o jurídicas para un fin determinado, es propio del mundo del Derecho Civil, bien puede trasladarse al campo de la política, especialmente cuando su debilidad -como parece estar ocurriendo en la Coalición Republicana- puede poner en riesgo alcanzar los objetivos propuestos.

En estos últimos días, esa colaboración voluntaria, activa, interesada y a menudo entre iguales, como suele definirse la «affectio societatis», ha sido puesta en tela de juicio a raíz de diversos desencuentros entre miembros de la Coalición gobernante, en medio de los preparativos para la campaña electoral del próximo año, con miras a las elecciones internas de junio y a las elecciones nacionales del mes de octubre.

Descartada por los dirigentes la idea de dar forma a la Coalición Republicana bajo un lema común que cobije a todos sus integrantes, lo que puede esperarse para el próximo año es una lucha encarnizada de todos contra todos, que se hará mucho más evidente en octubre, cuando cada partido ya tenga resuelta su candidatura presidencial en junio, algo que tampoco parece augurar  grandes sorpresas.

La Coalición Republicana tiene un componente que apunta a una subespecie de «affectio societatis», toda vez que sus miembros son -a diferencia de lo que sucede en las asociaciones civiles o comerciales- rivales y socios al mismo tiempo. Esto es, están llamados simultáneamente a cooperar y competir entre sí mismos, si es que aspiran a cristalizar los objetivos comunes y también los propios. Pero, a semejanza de las otras entidades asociativas, la Coalición gobernante también tiene mayorías y minorías internas, que pueden llevar a situaciones indeseadas, como vetos o abusos de posición dominante, por efecto del juego de esas mayorías y minorías, que buscan satisfacer sus propios intereses, a veces en desmedro del interés general de la propia sociedad.

El riesgo que se corre -que en poco tiempo puede llegar a ser certeza- es el de la aparición de lo que en la historia uruguaya se conoció como «la influencia directriz». La expresión alude a una frase incorporada en un mensaje del presidente Julio Herrera y Obes (1890-1894) dirigido al Parlamento durante el último año de su mandato, en el que justificaba la participación del gobierno en la designación del candidato a sucederlo.

«Es indudable que el gobierno tiene y tendrá siempre, y es necesario y conveniente que la tenga, una poderosa y legítima influencia  en la designación de los candidatos del partido gobernante», decía el mensaje en el que buscaba imponer la candidatura de Juan Idiarte Borda por el Partido Colorado, que finalmente prosperó.

Con el respaldo de un partido mayoritario, como fue el caso del Partido Colorado durante gran parte de la historia nacional, esa práctica no encontraba mayores escollos. Así como Herrera y Obes pudo promover a Idiarte Borda, Batlle y Ordoñez también pudo en los albores del siglo XX imponer a Claudio Williman y a Feliciano Viera en la Presidencia del país.

La «inlfuencia directriz» se mantuvo a lo largo del siglo XX y también del XXI, al influjo de liderazgos políticos poderosos, pero en la mayoría de los casos la suerte les fue esquiva a quienes buscaban imponer a sus delfines. Hay que remontarse -en tiempos democráticos- al liderazgo de Jorge Pacheco Areco para encontrar el último líder político que pudo imponer a su sucesor, en este caso Juan María Bordaberry. Fracasaron luego en ese intento los presidentes Julio María Sanguinetti, que en su primera presidencia no pudo imponer a Enrique Tarigo y en la segunda tampoco lo logró con Luis Hierro López; Luis Lacalle Herrera, que no logró que fuera sucedido por Juan Andrés Ramírez (derrotado también en la interna por Alberto Volonté); Tabaré Vázquez, que no logró llevar a la presidencia a Danilo Astori; y José Mujica, que tempranamente vio abortar la gran maniobra que apuntaba a dejar en la línea sucesoria a Raúl Sendic.

La Coalición Republicana vive una situación diferente, ya que ninguno de los partidos que la integran tiene fuerza electoral suficiente para alcanzar la presidencia si no es en alianza con los otros partidos. Sin embargo, el proceso electoral que está a punto de comenzar – si no es que ya ha comenzado- trae al presente el concepto de la «influencia directriz», ya que quien encabeza la intención de voto en el Partido nacional es el Secretario de la Presidencia, Álvaro Delgado, que cuenta con el apoyo decisivo de la lista 404, la misma que cimentó la carrera política del presidente Lacalle Pou.

Las tensiones vividas en los últimos tiempos dentro de la Coalición, aumentadas recientemente por episodios que ocuparon la primera plana de la prensa,  coloca un manto de duda sobre la capacidad del presidente Lacalle Pou para pilotear el proceso sucesorio, especialmente fuera de su propio partido, cuando él no es el candidato.