El tsunami que Uruguay no ve venir

La insistencia y la tozudez en ciertas prácticas y obsesiones del wokismo socialista local obligan a repetir conceptos, no para cambiar esos vicios, sino para que no se equivoquen los principistas

 

Cuando el gobierno de la Coalición – empujado por una calificadora acomodaticia y con poco conocimiento de la realidad económica y menos política – decidió emprender la reforma de la seguridad social, esta columna sostuvo tres premisas.

La primera fue que el problema del sistema de seguridad social oriental, así como está concebido, era insoluble. No sólo por la cómoda, bochófila y generosa edad de jubilación, sino por el dispendio no actuarial de la tasa de reemplazo, o sea de los montos jubilatorios garantizados e inamovibles.

La mezcla informe entre el sistema intergeneracional de aportes  con un sistema intrageneracional de solidaridad, como pensiones, seguros, enfermedad, desempleo, salud, y demás, garantiza que no habrá ningún mecanismo que no termine siendo pagado por los jubilados aportantes, o peor, por toda la comunidad.

La segunda fue que aún las economías que se suponen socialistas de países ricos, como Suecia, tuvieron que cambiar su sistema de jubilaciones y sacarlo de manos del estado luego de quebrar toda la economía en 1993.

La tercera premisa fue que no sólo no se trataba de una política de estado, por la descontada oposición de una fuerza política que representaba la mitad del país, sino porque tan pronto se sancionase una reforma el comunismo dentro del Frente Amplio, finalmente un dependiente de ese partido, convocaría a un plebiscito de reforma constitucional, lo que no sólo tornaría inútil una ley y una supuesta política de estado previstas para aplicarse dentro de dos décadas, sino que terminaría adelantando la campaña electoral de 2024 y quién sabe si no convirtiéndose en carta de triunfo electoral del Frente neomarxista.

Esos conceptos fueron repetidos en varias oportunidades, tanto cuando surgieron las críticas opositoras a la opinión de esta tribuna, como cuando los puristas explicaron lo buenísimo de la reforma y lo algo exagerado de los comentarios aquí publicados.

Lo que los expertos no quisieron ver

Hay además otro hecho que muchos expertos han preferido no analizar: gran parte del déficit del sistema de seguridad social no radica en el resultado actuarial previsional en sí, sino en la cantidad de solidaridades, dádivas, subsidios y similares que se pagan con los fondos de los jubilados, y que nada tiene que ver con el sistema de retiros.

La reforma del gobierno insiste en esa mescolanza, y penaliza así a los legítimos aportantes al sistema, y a la sociedad toda que tiene que pagar la diferencia. No se pone acá en discusión la procedencia o no de esas generosidades, sino el esconder esos subsidios y beneficios dentro de un sistema que no tiene relación con el de retiro.

Como si fuera una copia de la estrategia del proceso del referéndum para la derogación de la Luc, el comunismo sindical empezó a recoger firmas para modificar la Constitución con un articulado de cambio irresponsable y demagógico del régimen de Seguridad Social. Esa copia carbónico también incluye la fingida reticencia del Frente a convalidar la patriada, reticencia que cederá en cuanto se consiga el mínimo de firmas para obligar a poner a consideración la propuesta, como ocurrió en el referéndum. (Una de las características de la izquierda es creer que el resto de la sociedad se compra el verso de sus actuaciones, hipocresías y relatos, como lo hacen sus seguidores)

La perversión del Foro de Sao Paulo

La columna, sobreponiéndose a la natural tendencia a regodearse en su acierto, lamenta profundamente haber tenido éxito en leer los pasos siguientes de la izquierda wokista con tamaña antelación, algo que no tiene demasiado mérito porque es lo que vienen haciendo los gobiernos subordinados al Foro de Sao Paulo cada vez que no le convienen las decisiones democráticas: apela a ignotos artículos o recursos constitucionales de excepción, raros formatos de asambleas o democracia directa o a acciones populistas desembozadas y siempre ruinosas.

Como se sabe, o se debería saber, el proyecto marxista (Groucho) declara la confiscación por vía constitucional de los bienes privados de las AFAP y sus aportantes, además de la abolición de las mismas y de cualquier sistema no estatal de jubilación. Será algo difícil de explicar al mundo cómo simultáneamente se cacarean las seguridades jurídicas de todo orden que ofrece Uruguay y luego se intenta incluir una cláusula como la que se menciona. Seguramente los discípulos del materialismo dialéctico encontrarán el modo.

Ya se oyen sus voces que sostienen que si se incluye una disposición en la Constitución, la misma no puede ser reputada de inconstitucional, en un primer intento de negar con ignorancia e impunidad el Derecho. Esta confiscación tendrá el mismo resultado y las mismas consecuencias que la pirateada de las AFJP por el gobierno de Cristina Kirchner, que comenzó la debacle de confianza que está estallando ahora al haber robado a los usuarios del sistema privado y quedarse con los fondos que dilapidó. Más algunos descalabros cambiarios locales propios  que creará y la piñata en que los políticos transformarán rápidamente los fondos de esas empresas.

Los jubilados más jóvenes del mundo

Por supuesto que al garantizar constitucionalmente la edad de retiro a los 60 años y un ingreso mayor al neto del salario mínimo la papeleta va en contra de la tendencia mundial de todos los signos. Detalle que nunca ha constituido un obstáculo para el estatismo regional, que ignora a los pobres que crea como Rusia ignora a sus combatientes muertos.

Y al desentenderse, en el proyecto,  del financiamiento de semejante aborto, (al que se le pueden agregar incesantemente beneficios pero nunca reducirlos) condena a cualquier gobierno futuro a tener que apelar a uno de tres recursos para financiar el carnaval previsional: deuda, inflación o nuevos y más impuestos. Que finalmente es lo mismo.  Con lo que se cumple el objetivo central de toda medida o propuesta del populismo del Frente Amplio: cobrar más impuestos a los ricos, (ahorro, capital, inversiones), que supone los culpables de la pobreza de los demás. De eso se trata siempre. De una venganza o un resentimiento. El resto es una excusa. El mismo concepto que hizo huir la inversión y a los inversores de la Argentina kirchnerista.

De paso, al incluirlo en la Constitución a la que dudosamente pertenece, el Frente es fiel a la estrategia que siguiera durante sus 15 años de gobierno: la decisión de que las medidas que toma sean inamovibles, no modificable por otros gobiernos democráticos, con lo cual se vacuna contra la democracia. Tal vez por eso este gobierno pudo modificar tan pocas cosas, ni aun las que se incluyeron en la Luc.

Tampoco parece importarle al Pit-Cnt & amigos que el contribuyente tenga que hacerse cargo de mantener a los trabajadores, rompiendo así la teoría del mismísimo Marx, simplemente porque un grupito de fanáticos ha decido odiar a un sector de la sociedad y pasarle la cuenta de sus inventos delirantes.

Pioneros en Renta Universal woke

Hay algo más grave que el aplicar un sistema irresponsable e inviable: el engendro es un largo paso al mecanismo de Renta Universal que postula la agenda 2030 del wokismo ex socialismo, que se irá consolidando a medida que aumente el desempleo, la relación jubilados/aportantes, y el desestímulo a trabajar intrínseco. La consigna del comunista Thomas Piketty que es el nuevo símbolo de la planificación central en el mundo.

Como se ha dicho en este mismo espacio, modificar la Constitución oriental es más fácil que modificar los estatutos de Peñarol. Pese a que de nuevo los principistas y especialistas se quedan tranquilos porque sostienen que se han aprobado pocos plebiscitos hasta ahora, el presente engendro es suficientemente demagógico y populista como para ser aprobado por una sociedad que ama estos regalos de Papá Noel, supuestamente sin costo, más la ayuda de salvavidas de plomo como Manini, demasiado comprometido con mantener el privilegio de su Caja previsional como para no tentarse, luego de su campaña demagógica en defensa de los morosos.

Es de suponer que esos mismos expertos tampoco temen que el efecto arrastre de este vademécum populista que se plebiscita influya en el resultado electoral de octubre. Quizás por eso el gobierno no ha defendido seriamente su reforma, ni ha presentado sus argumentos en contra de todas las aberraciones contenidas en la papeleta del plebiscito. Por eso es posible que descarte la opción constitucional de presentar un proyecto alternativo al de la izquierda-unida y con ello la oportunidad de debatir ante la ciudadanía y consolidar una verdadera política de estado sobre un tema central.

Este plebiscito aprobado y un simultáneo triunfo del Frente se parecería demasiado a los cuatro años de gobierno de Kirchner – Fernández, y también a sus efectos.

No se preocupe. La columna seguramente está equivocada, o al menos ruega fervientemente equivocarse, como siempre.