Argentina no se puede permitir que Milei fracase

Cuando no quedan más opciones ni más experimentos, el único camino que resta es la seriedad fiscal e institucional

 

Los problemas que encuentra a partir de ayer Javier Milei son todos graves, y son los mismos que encontraría quienquiera hubiera sido elegido presidente, con prescindencia de su ideología y de sus convicciones.

Del mismo modo, las posibles soluciones son las mismas que intentaría cualquier presidente en sus cabales frente a la situación desoladora que deja el populismo kirchnerista-socialista. Massa, que fracasó en todo lo que hizo, fue exitoso, sin embargo, en escamotear, posponer, frenar los efectos del descalabro que hizo su movimiento, y muy en especial los efectos de su descabellado dispendio para tratar de ganar las elecciones a fuerza de “platita”, único mecanismo de campaña que conoce el peronismo.

Cuando Milei sostiene que es esperable una inflación adicional que caerá inexorablemente sobre la cabeza de los argentinos, no se está refiriendo al efecto de ninguna de sus posibles medidas. Simplemente está diagnosticando usando uno de los principios centrales de la economía clásica: la emisión sin respaldo de un crecimiento de la economía se transforma directamente en pérdida del valor de la moneda, o sea en inflación.

Al quedarse sin dólares los efectos inflacionarios de la emisión son imparables

La emisión kirchnerista desenfrenada y creciente todavía no ha terminado de hacer pleno impacto en el consumidor; primero porque ese proceso toma entre 6 meses y un año, lo que además fue retardado por las medidas intervencionistas, arbitrarias y confiscatorias tomadas por ese gobierno. Es posible evitar ese efecto con un tipo de cambio administrado, es decir con un control cambiario, pero para eso hay que tener dólares para vender a un precio de regalo. Al quedarse sin dólares los efectos de la emisión son imparables.

Esa situación se agrava con las Leliqs, que obligan a emitir más pesos para pagar sus intereses con los que se intenta evitar que esos pesos se vuelquen al consumo o a la compra de dólares, (paralelos), lo que provocaría una explosión hiperinflacionaria. Es cierto que todo eso ocurre en pesos, pero no en dólares, pero los argentinos no cobran sus sueldos en dólares.

Hay varias teorías sobre este punto. Una dice que si se hace el ajuste fiscal como corresponde las Leliqs se vuelven irrelevantes. Es cierto. Pero esta teoría no toma en cuenta el efecto tiempo. El ajuste fiscal no se hará en dos meses, ni sus efectos serán neutros. Ni se bajará la inflación en dos meses. Y por aquel detallecito de la acción humana, que definiera von Mises, nadie sabe cómo se comportará el mercado y cuáles serán sus reacciones y los efectos de las mismas. Sería algo imprudente creer eso.

Lo último que haría falta sería una corrida bancaria

Otra teoría dice que si se bajase la tasa de interés que se paga por las Leliqs a un tercio del actual valor, se reduciría la necesidad de emitir para pagarlo, obvio, pero también eso significa ser capaz de predecir lo que hará el público o los bancos, o los tenedores de plazo fijo ante semejante eventualidad. Ni cuáles serían los efectos en los bancos, por ejemplo. Ni contemplan la posibilidad de una corrida bancaria, que sería lo último que hace falta.

Está claro que si no hubiese déficit no haría falta emitir ni tener Leliqs, ni sufrir una inflación que obligase a esterilizar fondos pagando una tasa desopilante. Pero eso, suponiendo que se pudiese lograr, ocurriría después, en algún momento futuro, con suerte. ¿Y en el mientras tanto?

Por eso el nuevo gobierno intentó una solución que está lejos de ser la ideal, ni justa, ni ética, que consistía en transformar las Leliqs en pesos – y va de suyo que también los plazos fijos de los ahorristas e inversores – en deuda en dólares, que supuestamente se conseguiría de algún modo en el mercado internacional, aunque fuera como colateral de la obligación interna. Eso eliminaría la urgencia de renovar las letras de liquidez y los plazos fijos mes a mes, con la consiguiente emisión sin respaldo para pagar los intereses.

Frenada la necesidad de emitir – coherente con la promesa del gobierno de no hacerlo y de no gastar lo que no se recauda – se podría pensar en levantar los cepos con algún formato, haciendo así crecer la torta de la economía, una forma de frenar la inflación, lo que ocurre al aumentar la oferta interna. Y esa disciplina y ese crecimiento permitirían reinsertarse en el mercado de deuda y sobre todo aspirar a nuevas inversiones.

A esta idea se unía todo el plan de limpiar el estado de parásitos, corrupción, dispendio, elefantiasis, crecimiento ficticio e ineficiente del gasto público, déficit de seudoempresas del estado y demás.

Todo hace suponer que no se han conseguido los dólares para arreglar las Leliqs

Todo hace suponer que esos mecanismos de crédito para respaldar las Leliqs con una garantía del mercado internacional en dólares no se han conseguido. O sea que, como era previsible, Argentina no tiene crédito externo de ninguna naturaleza ni formato. Seguramente esa circunstancia está obligando a revisar de apuro algunas de las medidas, y eso tiene que ver con la postergación en la presentación del plan integral.

También está teniendo sus efectos las dificultades en conseguir los consensos legislativos para aprobar las leyes indispensables para los cambios, que muy difícilmente puedan ser obtenidos de entrada, tanto por la cantidad de inexpertos que ocupan posiciones clave en el equipo mileísta, como por la decisión de resistencia y hasta rebelión del kirchnerismo y de cada uno de sus beneficiarios, que ve esfumarse su fuente de negocios.

Ya se ha dicho aquí que algunos de esos consensos se conseguirán sentándose sobre la caja y comprando apoyos políticos, pero eso no ocurrirá instantáneamente, ni siquiera existe la expertise dentro del gobierno para hacer ese muñequeo rápida y eficazmente. Con lo que esas aprobaciones pueden ocurrir, pero no necesariamente ahora, urgentemente, mañana mismo.

El peligro de quedarse sin herramientas para contener la hiperinflación

Cuando el presidente plantea la inminencia de una hiperinflación con todos sus efectos negativos, también está diciendo que existen mecanismos que permitirían paliar esos efectos, pero se requieren todas las herramientas que la falta de posibilidad de conseguir préstamos de transición y consenso legislativo está negando, con lo que se queda sin mecanismos para esa difícil e imprescindible tarea en este momento crucial del comienzo del cambio.

Con lo cual es posible que se estén revisando viejas ideas. Un plan bonex remozado, por caso. Las Leliqs pueden transformarse en un encaje obligatorio no remunerado, por ejemplo, denominado en dólares libres devueltos a cuatro o cinco años, con el estado como deudor. Eso incluiría los pases, o sea las ex Leliqs, que los bancos no han renovado y que mantienen en una suerte de depósito de 24 horas administrado por el Banco Central.

Esos bonos internos podrían tener un componente de interés en dólares pagaderos después del segundo año, y hasta alguna compensación atada al PBI. E inclusive se puede otorgar la opción, si alguien no quiere tomar esa alternativa, de cobrar un interés nominal en pesos sobre las Leliqs o los pases, que serían tratados igual que un encaje obligatorio. Suena arbitrario y en contra de todas las libertades (que el kirchnerismo supo eliminar) pero, ¿habría otro camino?

El sufrimiento de quienes la prestaron a un quebrado

Los plazos fijos, contracara parcial de las Leliqs, podrían tener un tratamiento similar, con algún mínimo no imponible que evitase expoliar al ahorrista desesperado que trató de defender sus últimos recursos de la pulverización emisionaria. Debe recordarse que ese tipo de ahorrista no es el componente principal de esos créditos. También debe recordarse que tanto los bancos como los placistas le prestaron a un evidente quebrado.

¿Es esta una buena solución? No. ¿Hay otra? ¡Cuánto pagaría el nuevo gobierno porque se la aportasen!

Por supuesto que se pueden ensayar otros caminos, pero todos ellos obligan a depender de lo que decidan los mercados, no de lo que decidan los expertos ni los gobernantes. Tal vez la generación de confianza, que es el elemento que se agita como un gatillo para la redención, no se pueda producir tan rápidamente como para que haga efecto instantáneo.

Las alternativas son peores

Otros caminos implican fogonear todavía más la hiperinflación residual, o atrasar la liberación del tipo de cambio y de las retenciones, que son los únicos instrumentos que permiten soñar con un futuro de mayor inversión, mayor producción, mayor ingreso de dólares y mayor empleo, o postergar la baja impositiva, o aumentar la carga,  algo todavía peor.

“No hay plata”, el apotegma de la nueva administración, quiere decir “no hay pesos” pero también “no hay dólares”.  Es un criterio irrenunciable, debe serlo. Tampoco hay más crédito. Quizás las medidas de fondo del gobierno se conozcan hoy. Quizás sea mejor confrontarlas un poco más con la realidad antes de anunciarlas. La hora de la verdad llegó para todos.

La tarea que se la ha encomendado al flamante gobierno es la de administrar la crisis. Nada de lo que haga por un tiempo será agradable, ni popular, ni lo que cada uno sueña.  Sin estas etapas tan duras no hay futuro. Que las fuerzas del cielo lo acompañen, lo protejan y lo iluminen.

Argentina no se puede permitir que Milei fracase. Uruguay y la región tampoco. Habrá que tener ese concepto como visión.