A la busca del D-s perdido

 Por Jorge Martínez Jorge 

“El relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos de relativizan y con ello se abre la puerta al totalitarismo” Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI

Los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos fáciles. Los tiempos fáciles crean hombres débiles, los hombres débiles crean tiempos difíciles.” Proverbio oriental, citado por G.M.Hopf en su obra “Those who remain”

 

Tiempo de vísperas

Estamos a las puertas de lo que, para nuestra civilización judeocristiana occidental, es uno de los hechos de mayor simbolismo y significado de su cultura, la Navidad, con independencia incluso de la confesión religiosa a la que se pertenezca y aún en ausencia de ella.

Es, sigue siendo a pesar de los tiempos de relativismo moral que vivimos -al que alude la cita del papa Benedicto- el único reducto, reservorio ético y moral de humanidad que nos queda, capaz todavía de hacer que, por unas horas, los combatientes pongan sus armas en descanso y puedan compartir un trozo de pan, un vino y un deseo de paz.

Ese deseo de paz que anida en todo ser humano por su sola condición, incluso cuando los insondables designios de la vida, el destino, ese ser supremo al que solemos hacer responsable de nuestros actos, le haya llevado a tomar las armas y, con ellas, tomar también vidas ajenas.

 

 Desde el shabbat del 7 de octubre, en que el mundo ha vuelto a girar en torno a la inhóspita tierra que va desde el Mediterráneo al Jordán, los textos en español, provenientes de autores judíos incluyen la fórmula “D.s” o “D-s” para designar a ese elusivo ser supremo -al que tanto invocamos, al que tan poco respetamos, al que con tanta facilidad olvidamos- como fórmula de respeto del segundo mandamiento “no tomarás el nombre de Dios en vano”.

El columnista, desde la fragilidad de su menguante ateísmo a su poco convincente agnosticismo, procurará expresar lo que es un sentimiento y a la vez una búsqueda, con el mayor respeto por todas las sensibilidades, incluso desde lo simbólico. Así, entonces, D-s será así expresado.

 

A la búsqueda de mi D-s, o la paz que es su expresión

 

El título de la nota, que se me hace de las más difíciles de plasmar en un texto coherente, es una obvia alusión a la cumbre literaria del genial Michel Proust. Cuando mediada su corta vida, apenas medio siglo, un Proust joven pero prematuramente enfermo, decide enclaustrarse durante su década y media final para escribir su definitiva obra, iba a la búsqueda del tiempo perdido, pero también, porque es otra manera de decirlo, iba a la busca del D-s que todo ser humano, en algún momento, desea, y necesita, encontrar.

D-s y tiempo, son, en esas circunstancias, dos caras de una misma moneda.

 

El largo camino en la búsqueda de la fe

 

El lector que por casualidad haya visitado la columna con anterioridad, casi con seguridad se habrá tropezado con alguna referencia del escriba a la figura de Ayaan Hirsi Ali, mujer negra, somalí, musulmana, víctima de ablación por parte de su abuela, hija de un líder político-militar opositor al dictador Siad Barre, que escapó de Alemania -a donde viajaba en tránsito hacia Canadá para contraer un matrimonio concertado por su padre con un primo desconocido- para asilarse en Países Bajos.   

Fue allí, en la Holanda epítome del multiculturalismo europeo, cuya cara más visible fue la acogida de inmigrantes musulmanes durante décadas, donde Ayaan encontró la libertad y oportunidades para hacer su propia vida forjándose una carrera académica de excelencia licenciándose en Ciencias Políticas, trabajando como traductora de alguno de los 6 idiomas que domina, y accediendo a una banca como diputada del Congreso neerlandés.

Apostasía y condena

Sin embargo, su sino habría de cambiar abruptamente el día que hizo público uno de los mayores delitos religiosos que un musulmán puede cometer contra el Islam: la apostasía, es decir, el hecho de abjurar de la fe. Como es sabido, el islamismo condena al apóstata a la muerte allí donde se encuentre -en aplicación de la Ley Sharía, la única reconocida por él- y autoriza y recompensa con un lugar de privilegio en su particular paraíso, a los fieles que cumplan con ese mandato.

Cuando esto sucede, Hirsi se ha hecho famosa también por ser la guionista de un Cortometraje, filmado por su compañero, el cineasta holandés Theo Van Gogh, titulado “Submission”, que es el significado literal de la palabra musulmán, sumisión a Al-lah, considerado por los islamistas blasfemo hasta la provocación.

A resultas de su difusión, llega la consabida fatwa -vuelta costumbre a partir de la que emitiera Jomeini contra Salman Rushdie dos décadas antes por sus “Versos Satánicos”- que, poco tiempo después, es llevada a cabo por un inmigrante marroquí que asesina bárbaramente a Van Gogh por apuñalamiento, dejándole el puñal clavado en el pecho con una carta dirigida a la apóstata Hirsi Ali con las intenciones de él o de cualquier otro soldado de Al-lah respecto suyo. La muerte a plazos.

Es entonces que decide trasladarse a EE. UU. donde se relaciona con un think thank conservador vinculado al Partido Republicano, retoma su actividad como conferenciante y escritora, y crea su propia Fundación AHA dedicada a trabajar en la protección de mujeres y niñas perseguidas por el islamismo, en especial en las bárbaras prácticas de mutilación sexual que los muslims se creen con derecho de importar a sus sociedades de acogida.

En un proceso de búsqueda permanente de las respuestas esenciales que todo ser humano necesita, tras las lecturas de Bertrand Russell fundamentalmente, se declara atea, considerando cierta la idea de Russell en cuanto a que toda religión se funda en el miedo.

Sin embargo, tras casi dos décadas en las que defendió estas ideas, el pasado mes de noviembre publicó una carta, titulada “Por qué yo soy ahora cristiana” en la cual explica la razón de ser de su nueva fe en este párrafo: “La respuesta de que «¡Dios está muerto!» parece insuficiente. También lo es el intento de encontrar consuelo en “el orden internacional liberal basado en reglas”. Creo que la única respuesta creíble reside en nuestro deseo de defender el legado de la tradición judeocristiana. Ese legado consiste en un elaborado conjunto de ideas e instituciones diseñadas para salvaguardar la vida, la libertad y la dignidad humanas, desde el Estado nacional y el estado de derecho hasta las instituciones de ciencia, salud y aprendizaje”

Algo similar le había sucedido hace unos años atrás al escritor, periodista y ensayista francés Emmanuel Carrère, nacido y educado en la fe cristiana, pero que, como la enorme mayoría de sus coetáneos -me incluyo- derivó hacia un agnosticismo militante. Tras una vida signada por sus problemas con el alcohol y sus recurrentes abismos depresivos, emprendió el mismo camino de Hirsi Ali, en la búsqueda de una renovada fe, la que le llevó a la escritura de su novela-ensayo “El Reino”, obra imprescindible para aquellos que surcamos corrientes siempre cambiantes.

 

La prueba ácida del repliegue civilizatorio: el 7-O

 

 Ante cada nueva prueba de descarrío de lo que, en el colmo de la autocomplacencia, solemos llamar nuestro “mundo civilizado”, se nos cae alguna más de las pocas certezas que heredamos de la Ilustración y que, ingenuos nosotros, creímos columnas indestructibles.

 

El aldabonazo que significó para la civilización occidental judeocristiana la proclama de Nietzsche de la “muerte de Dios”, como oportunidad para sacudirse largos siglos de oscurantismo religioso, edificando en su lugar un sistema de valores donde la razón imperara sobre la religión asimilada a la superstición, se revela hoy como un auténtico fracaso, generador de otras -quizás peores, por más falsas- supersticiones.

Cierto es que, tras el horror de las grandes guerras, los genocidios y las armas de destrucción masiva, el mundo quiso darse instrumentos donde predominaran aquellos valores por encima de los recurrentes pujos de violencia descontrolada. Tan cierto como que, tras casi un siglo de esos tan elogiables como fútiles experimentos, han fracasado de manera rotunda e inapelable. Y han fracasado en todas sus dimensiones, tanto en lo que se relaciona con evitar nuevos conflictos y matanzas, como la de extender ese contrato a toda la humanidad que, huelga decirlo, no es el Occidente.

 

 Si D-s ha muerto, ¿ha muerto la idea de D-s?

 

Si D-s como explicación última del ser humano había muerto, y los Mandamientos bíblicos como valores comunes a esa raíz judeocristiana de Occidente estaban puestos en tela de juicio a diario, ello era razón para que, medio siglo después de Nietzsche, otro alemán -Oswald Spengler- proclamara el ocaso de Occidente, destino que había acompañado a todas las civilizaciones precedentes, la del nacimiento, el desarrollo y, al final, el ocaso y la muerte.

Pocos años después, el horror de la Shoá, el no menor del Gulag soviético, la “Revolución Cultural” maoísta y la bomba atómica estadounidense, hizo imaginar a una generación en un tiempo donde todo sería amor y paz.

Si el círculo infernal que marca un cambio de época con el Pogromo del 7-O en Israel comienza en 1948 con el establecimiento del Estado judío y las sucesivas guerras desatadas contra su existencia, o ello sucede a partir de la adopción del terrorismo -simbólicamente situado en el Septiembre Negro de la OLP en Munich 1972- como nueva modalidad de guerra, poco importa.

 

Biblia, Corán, Tanaj: tres lecturas sobre un mismo Dios

«Los demonios se conciben en la antesala de la percepción del fracaso propio» Roberto Blatt en «Biblia, Corán, Tanaj»

 

En todo caso, intentando una casi imposible abstracción del horror que invoca ese día de barbarie desatada, es que la peor de las muertes producidas fue la de la esperanza, tenue esperanza sostenida hasta entonces de que algún día esos pueblos lograrían convivir en paz.

Sin embargo, la búsqueda de la fe parece ser también la de la esperanza, una que hay que reconstruir cada día, aún cuando la porfiada razón insista en mirarnos con desdén.

Una esperanza, por favor

Necesitamos, como nunca, una esperanza.

Una esperanza para creer que toda la parafernalia de Agencias internacionales y ayudas de todo tipo, servirán algún día para que todos, tirios y troyanos, apuesten a la vida y no a la muerte.

Una esperanza de que, al fin, haya nuevos liderazgos que rompan con el pasado y con la violencia como método, y sean capaces de apelar a lo mejor que las Tres Escrituras sagradas, Biblia, Corán y Toráh, enseñan a sus seguidores.

Esperanza que, rompiendo con ese círculo maldito que se muerde la cola siglo tras siglo, los hombres tengan la sabiduría de evitar la vuelta de los demonios, esos que Blatt dice que se conciben en la antesala de la percepción del fracaso propio.

 

Esa es mi búsqueda, mi esperanza, mi apuesta.

La esperanza que estos tiempos difíciles creen hombres -y mujeres- fuertes que sean capaces de crear tiempos mejores.