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Los orientales

14 abril, 2024

Las culturas definen a las naciones, sus valores (lo que aprecian, enseñan y premian) y sus antivalores (lo que desprecian, desaconsejan y castigan) condicionan las conductas diarias de los individuos. Los países más prósperos del mundo, sustentan su desarrollo en valores como el respeto, la responsabilidad individual, libertad o la excelencia.

«Los uruguayos son mediocres. Es una característica nacional. No lo son fatalmente, lo son por cultivo, se educan para ser mediocres.» sentencia inmisericorde y frontal Rodolfo Fattoruso.

Que la mediocridad, el conformismo, la «falta de vértigo», el «jugar al empate» (parafraseándolo) sean los valores que determinan los comportamientos de una sociedad, es un problema muy serio, un freno de fuerza ciclópea. Lamentablemente, es difícil no darle al menos algo de razón a Fattoruso. Bastan como prueba una capital sucia y abandonada, problemas en toda la República que tienen décadas, un sistema político que busca «flotar», reformas «placebo», la generalizada preferencia por la estabilidad (y muchas veces mediocridad) de un empleo público, una Academia que no cuestiona en serio, una sociedad, en fin, que muchas veces prefiere la hipocresía del «no hagan olas» a exponer las diferencias de fondo y gestionar el conflicto como fuente de crecimiento. Esa quizás, sea la «uruguayez» que denuncia Fattoruso. Sin embargo, hay mucho más.

Debajo de la suciedad, los grafitis y el olor a orines, están los mármoles y bronces de antaño. Entre la basura están los grandes edificios. Las anchas avenidas de abandonada jardinería muestran aún su grandeza. Hay vestigios por todos lados de un país atrevido, ávido de grandeza, la «Suiza de América». Late, en algún lugar, un pueblo que se lanzó a la conquista de las Misiones Orientales, que se enfrentó a un imperio. Hubo un país que bullía, que en algún momento tuvo más extranjeros que nacionales: españoles, italianos, piamonteses, suizos, rusos, alemanes, ingleses, judíos, armenios, desembarcaron de a miles en una tierra que los recibía sin preguntar demasiado y sin dar más que lo único que realmente importa: la oportunidad. Ahí, en los libros está, que hubo un tiempo en el que al oriente del río Uruguay se emprendía desenfrenadamente, que ningún proyecto parecía imposible ni ningún debate un tabú.

Era la Libertad como valor la que sostenía dicho empuje. En el siglo XIX, los dos partidos fundacionales se enfrentaron encarnizadamente. Por increíble que parezca, en la distancia queda claro que ambos luchaban por la Libertad, dos libertades diferentes, una urbana e internacional, la otra rural y federal, pero libertades al fin.
¿Quiénes eran esas personas, los que defendieron Paysandú a muerte, los «ingobernables» de Latorre, los de tectónicas reformas y debates, los José Pedro Varela, Domingo Arena, Carlos Vaz Ferreira, José Enrique Rodó, Pedro Figari, Carlos Real de Azúa, Juan Zorrilla de San Martín y hasta José Batlle y Ordoñez con su «país modelo» y su colegiado? Eran los Orientales.

En algún momento de la primera mitad del siglo XX, la tierra indómita y vivaz fue cediendo a la burocracia y la esclerosis. Nació y se expandió la «uruguayez» que Fattoruso denuncia. Empleados (públicos y privados), empresarios, políticos, académicos, todos tocados por la «leve ondulación» de la penillanura. Mientras que los «orientales» eran símbolo de rebeldía y movimiento, el «uruguayo» es sinónimo de moderación y conservadurismo.

Orientales siguió habiendo, que no tuvieron miedo de quemar las naves una y otra vez, de cuestionar lo incuestionable, inconformes vitalicios, pero quedaron en minoría y el «freno» fue más grande que el «impulso» (diría Real de Azúa).

A empujones, la República Oriental siguió a la vanguardia del «vecindario» sudamericano (comparación conformista), pero la parálisis la fue dejando rezagada con respecto a los países del primer mundo con los que alguna vez se codeó, e incluso fue ampliamente rebasada por otros antes más atrasados.

Las culturas definen las naciones, los valores que la sustentan, marcan las conductas diarias de sus habitantes. Sin ambición, sin intrepidez, sin la valentía que se requiere para «agarrar el toro por las guampas», difícilmente una sociedad podrá cuestionarse a sí misma y deshacerse de las coyundas que la frenan.

El Uruguay no necesita ir demasiado lejos a buscar esos valores, los tiene en su propia historia, con sobrada prueba de éxito. Ahí están los grandes edificios y avenidas, la historia de un pueblo que se atrevía y que quizás, si se anima, vuelva a resplandecer y liderar. Alcanza con volver a ser Orientales.

 

 

Nota: Gracias a @lcsm1966 en «X» por la inspiración.