Saltar al contenido

El infinito en un libro

18 abril, 2024

A propósito de “El infinito en un junco”, Adaptación gráfica, de Irene Vallejo y Tyto Alba

«Nuestros recuerdos no se parecen, porque nuestra memoria, la pobre, ¿qué puede hacer? Sólo es capaz de retener del pasado una miserable pequeña parcela sin que nadie sepa por qué precisamente ésa y no otra. Vivimos sumidos en un inmenso olvido, y no queremos saberlo. Sólo aquellos que, como Ulises, vuelven después de veinte años a su Ítaca natal pueden ver de cerca, atónitos y deslumbrados, a la diosa de la ignorancia » Milan Kundera (La ignorancia)

 

Para los lectores abejas, los que como ellas somos obreros de la gran e interminable colmena que es el mundo de la letra escrita, de lo que con ellas se construye, la palabra y la idea, los recuerdos y los sentimientos, los dolores y las denuncias, el mundo todo, y que tras ellas vamos -llevados por el aroma que despide el polen de los libros-, el encuentro con Irene Vallejo ha sido como presentarnos ante la Abeja Reina.

En el libro de libros que ella ha escrito –en estado de gracia, debió hacerlo- Vallejo es nuestro Ulises que ha salido al mundo de la Historia, la larga historia del ser humano parlante que un día se convirtió en ser letrado, para volver a esta Ítaca nuestra con sus alforjas llenas, a decirnos que, como dejó escrito Hanna Arendt, es el pasado que nos reclama para explicar el presente.

La lectura de «El infinito en un junco», un diario de sensaciones

 

Esta columna no es, ni pretende serlo, una crítica, ni siquiera una reseña, sino un diario de sensaciones de un lector curtido en miles de batallas, tras la cita con tan singular obra, la de “El infinito en un junco” en versión gráfica, capaz de suscitar un cúmulo de ellas. Sensitivas, visuales, olfativas.

Un libro para leer, sí claro, pero también para ver-mirar-observar la magnífica estética de las ilustraciones de Alba, y también para sentirlo en la yema de los dedos, palpando los latidos que nos llegan con las resonancias de tiempos, idiomas y ecos, al mismo tiempo, extraños y conocidos, lejanos y queribles. Porque es, ante todo, una obra polifónica que mezcla historia y filosofía, ciencia y mística, humor y dolor, y, sobre todo, ternura, mucha ternura.

Es que, tal parece que la ternura haya sido el principal ingrediente de este fascinante plato, a la que se le agregó color, sabor y la musicalidad que brota de las voces, tan lejanas, recuperadas por la magia de aquellos papiros surgidos de los primigenios juncos del Nilo.

Cuando contenido y continente se dan la mano

Soberbiamente editado por el sello Debate del Grupo Penguin Random House, en tapa dura, tiene la estética de aquellas viejas enciclopedias para niños (especie de Mi libro encantado a colores) donde destaca el trazo de Tyto Alba en las ilustraciones, con un tono que remite a las acuarelas y donde los detalles son la esencia de un trabajo que se acopla, con la justeza de un guante, al tono sepia de los mini relatos que, como en los viejos tebeos, encadenan las historias.

Al columnista, lector reciente y cautivado por el rescate de Vallejo de la esencia humana de la historia, no le cuesta nada imaginársela un poco hija suya -como ese padre de la página 148 que, en una librería de viejo de Madrid “podía pasarse horas, en lo que él llamaba curiosear u olfatear, pero más bien se parecía a estar cavando en una mina”-, tanto como al niño que fui no le habría costado pensar que esa joven mujer de dulce mirada, que le relata la historia del mundo, podría ser su madre.

Imagino, también sin mucho esfuerzo, que este Infinito gráfico es el objeto -precioso objeto- ideal para una tarde invernal, una sobremesa extendida frente a la chimenea encendida, donde padres o abuelos -al hilo de sus historias y sus imágenes- recuperen su papel del viejo de la tribu introduciendo a los más chicos en el eterno y nunca acabado camino que lleva desde la ignorancia al saber. Porque Vallejo, con su milenario papiro viene a rescatarnos de ese inmenso olvido en el que, al decir de Kundera, vivimos en nuestra pequeña parcela de memoria.

Precioso objeto, además, para que quede allí, en el estante más visible de la biblioteca, para que usted mismo, estimado lector, cuando pase por allí, se detenga y vuelva a disfrutar, como lo he hecho yo, de cada una de sus páginas. Una experiencia sensorial, irrepetible.