En la política uruguaya, el rezago es un lujo que nadie puede permitirse: al de atrás lo muerde el perro. El Frente Amplio, fracturado por décadas de tensiones entre moderados y radicales, enfrenta una crisis de liderazgo tras la muerte de José Mujica, mientras su incapacidad para construir un centro electoral lo deja vulnerable frente a un electorado cada vez más exigente. Por su parte, la Coalición Republicana, atrapada en una retórica de oposición, pierde la oportunidad de captar a los votantes progresistas que buscan una alternativa. Esta columna analiza cómo la falta de estrategia en ambos bandos amenaza con dejarlos a merced del fracaso, en un país donde el poder no solo se gana con votos, sino con visión y puentes hacia el futuro.
Tiempo atrás…
Para analizar el presente debemos irnos al pasado. A finales de los años 90, la renuncia de Liber Seregni, fundador y líder del Frente Amplio, a la presidencia del FA marcó un punto de inflexión en la política uruguaya. Su salida no fue solo un cambio de liderazgo, sino el primer disparo en una guerra interna entre moderados y radicales dentro de la izquierda. El centro, ese árbitro que podría haber mediado entre las facciones, fue ignorado, dejando al FA expuesto a una polarización que ha definido su
trayectoria desde entonces. En 2004, la fractura se hizo aún más evidente cuando la propuesta de colocar a Seregni a encabezar las listas al Senado fue rechazada por sectores como la lista 609 del Movimiento de Participación Popular (MPP) y el 26 de marzo. Este rechazo no fue un simple desacuerdo táctico, sino un mensaje claro: la izquierda moderada, capaz de atraer a votantes indecisos, no era bienvenida. En 2004, con Vázquez y Nin Novoa, el FA llegaba al gobierno nacional, dando paso a un eterno tira y afloja.
Algo que “ataron con alambre” la campaña presidencial de Mujica / Astori en 2009 dejando de lado la denominación Encuentro Progresista – Frente Amplio – Nueva Mayoría, por un sencillo Frente Amplio, combinando una retórica de izquierda clásica con el tono moderado de Astori. Algo que repitieron con éxito por última vez con la fórmula Vázquez Sendic, aunque el final de la gestión tuvo otro tono.
Las muertes de Tabaré Vázquez (2020), Danilo Astori (2023) y José Mujica (2025) han profundizado la crisis de liderazgo en el Frente Amplio (FA), marcando el fin de una generación que consolidó 15 años de gobiernos progresistas. La ausencia de estas figuras, que combinaban carisma, moderación y visión estratégica, ha exacerbado las tensiones internas entre sectores moderados y radicales, dejando al FA sin un centro electoral claro y con
dificultades para generar nuevos líderes capaces de unificar la coalición y reconquistar a los votantes indecisos, esenciales para su competitividad en el escenario político uruguayo.
En 2024, la alianza de Mario Bergara, teóricamente Seregnista, con el MPP consolidó esta deriva. Al abandonar cualquier pretensión de representar un centro electoral, el FA se convirtió en un barco sin timón, navegando hacia una tormenta de polarización. Para empeorar son parte del gobierno nacional nuevamente, lo que aumenta la intensidad de los mordiscos al no tener a Mujica como moderador
Volver al centro sin alejarse de la izquierda
Tras la muerte de José Mujica el Frente Amplio se ha convertido en un campo de batalla donde Yamandú Orsi, con su indefinición estratégica, y Carolina Cosse, con su habitual histrionismo, compiten por demostrar quién encarna la izquierda más pura, alienando a los votantes moderados que buscan alternativas. Lejos de llenar el vacío dejado por un líder carismático, ambos parecen enfrascados más pendientes de mirarse al espejo que de trazar un camino claro hacia el futuro, dejando al FA vulnerable ante un electorado que exige visión y cohesión.
En un intento por recuperar el centro electoral, el Frente Amplio (FA) ha dado un giro audaz al incorporar a Carolina Ache, exsubsecretaria del Ministerio de Relaciones Exteriores durante el gobierno de la Coalición Republicana, y Beatriz Argimón, la primera mujer electa vicepresidenta de Uruguay, como embajadoras. Ambas figuras, maltratadas políticamente en sus gestiones anteriores, representan un guiño al electorado moderado, pero este movimiento huele más a desesperación que a una estrategia sólida. El FA busca desdibujar la línea divisoria con la Coalición, pero el gesto carece de profundidad sin un plan claro para construir alianzas duraderas.
La reflexión es ineludible: el FA necesita más que gestos simbólicos. Alianzas estratégicas con sectores del centro-derecha podrían ser su tabla de salvación para reconquistar el poder en 2029, pero el orgullo ideológico actúa como un ancla que lo mantiene atado a sus extremos.
¿Y la Coalición?
La Coalición Republicana se regodea en una cruzada anti-FA que, aunque efectiva para movilizar algunos votantes, ignora una oportunidad crucial: dentro de su propio espectro existen votantes progresistas huérfanos, desencantados por la polarización del FA y la falta de una alternativa moderada. Esta miopía estratégica condena a la CR a una narrativa reactiva, incapaz de capitalizar el descontento de un electorado que anhela propuestas innovadoras y un liderazgo que trascienda el simple rechazo al adversario. En un contexto donde el centro electoral es el fiel de la balanza, la CR desaprovecha la chance de ampliar su base y consolidar su proyecto político.
El Partido Colorado, con su rica tradición liberal, podría ser el faro que guíe a la CR hacia una alternativa moderna, combinando su legado de apertura social con políticas innovadoras que apelen a los votantes progresistas. Sin embargo, los colorados parecen aferrados al statu quo, reacios a revitalizar su estructura y militancia. En 2024, según datos de la Corte Electoral, apenas alcanzaron el 16% de los votos, lo que significa un potencial dormido o el final de una agrupación histórica. Para evitar lo segundo el Partido Colorado debe asumir el riesgo de liderar una renovación dentro de la CR, la coalición seguirá atrapada en una dinámica de oposición estéril, corriendo el riesgo de que, en esta carrera política, el perro del fracaso no haga distinciones y los muerda por quedarse atrás.
En esta carrera, el perro no ladra, muerde. El FA debe superar su orgullo ideológico y la CR, su miopía estratégica, para no quedarse atrás. Quien no corra con inteligencia, tejiendo alianzas y proponiendo un proyecto inclusivo, no espere piedad en un escenario donde los votantes, cada vez más exigentes, decidirán quién lidera y quién paga el precio de la derrota.
Al de atrás lo va a morder el perro.
