La bandera no se baja

Estoy convencido de que la mejor educación de Uruguay es la educación pública. Debe ser porque soy hijo de la educación pública uruguaya, criado en Durazno, una ciudad que llevo con orgullo a donde voy. Mi madre, empleada doméstica, y mi padre, policía retirado, me enseñaron con su esfuerzo diario el valor del trabajo y el respeto por lo que nos identifica como uruguayos. Desde el CAIF hasta el IPA, pasando por la escuela, la UTU y el liceo, la educación pública me formó, no solo con conocimientos, sino con valores que hoy veo cuestionados por propuestas como la de las Asambleas Técnico Docentes (ATD) que buscan eliminar los actos protocolares en las escuelas.

Eliminar la obligatoriedad de actos patrios, como el porte de banderas, la jura al pabellón o la entonación de la Marcha a Mi Bandera, no es solo un ataque a nuestras tradiciones, sino un golpe a la raíz de lo que nos identifica como uruguayos. Los símbolos patrios no son mera formalidad ni moda pasajera; son la reafirmación de quiénes somos como nación. Decir que estos rituales son “violencia institucional” porque los niños no comprenden del todo su simbolismo es un argumento que subestima la capacidad de los chicos y desvaloriza el sentido de comunidad que estos actos fomentan ¿No es en la escuela donde aprendemos a querer y respetar lo que nos une? ¿No es allí donde entendemos que el pabellón es un símbolo de nuestra historia, nuestros valores y nuestras luchas?

Cuando yo era niño ser abanderado era un honor, un reconocimiento al compromiso, no un acto de opresión. Algo que por suerte sigue en pie.

Las ATD tienen un fundamento legal y un propósito noble: ser un espacio para que los docentes planteen problemas reales de la educación. Y problemas hay, claro que sí. Como hijo de la educación pública, los he vivido: falta de materiales, docentes desbordados, etc. Pero, ¿la eliminación de los actos patrios es una prioridad? ¿No deberíamos estar discutiendo cómo mejorar las condiciones de las escuelas, cómo apoyar a los docentes, cómo garantizar que cada niño tenga acceso a una educación de calidad? Me duele pensar que un espacio creado para abordar estas urgencias se use para proponer algo que, lejos de fortalecer, desdibuja nuestra identidad.

Entiendo que el mundo cambia y que algunos rituales pueden parecer anticuados para ciertos docentes. Pero calificar de “violencia” el acto de cantar “no reclamo más honor que morir por mi bandera” es desconocer el valor simbólico de esas palabras. No se trata de fomentar la muerte, sino de enseñar compromiso, lealtad y amor por lo nuestro. Si los niños no comprenden del todo el significado, es nuestra tarea como educadores –y yo aspiro a ser uno– explicarles, no eliminar lo que les da identidad. La patria no es un concepto abstracto que oprime; es el suelo que pisamos, la historia que nos trajo hasta aquí, la comunidad que nos sostiene.

¿Qué mensaje les damos a los niños si les quitamos eso? ¿Que da lo mismo honrar o no lo que nos une? ¿Que el esfuerzo no merece ser reconocido?

Las ATD tienen una responsabilidad enorme. Son un espacio para debatir cómo mejorar la educación, no para desmantelar lo que nos hace uruguayos. Como hijo de la educación pública, me duele ver que se prioricen propuestas que dividen en lugar de fortalecer lo que nos une. Hoy estoy cursando formación docente en IPA, por fuera de lo laboral, espero, con vocación y compromiso, devolverle a la sociedad lo que mis docentes me dieron: no solo conocimientos, sino también el orgullo de ser uruguayo, de llevar la bandera en el corazón y de trabajar por un país mejor. 

La patria no es violencia; la patria es nuestra casa común. Nuestras banderas del cuadro de honor no son pedazos de tela; son el símbolo de un Uruguay que nos cobija a todos, desde el trabajador humilde hasta el más pudiente de los uruguayos. Las ATD tienen una oportunidad única para fortalecer la educación pública, pero atacar los símbolos patrios no es el camino. Deben poner foco en los verdaderos problemas, trabajar por soluciones reales y dejar la bandera en alto, como siempre estuvo, ondeando por todos nosotros.

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