En estos tiempos aparecen frases que se transforman en refugio político. Una de las más repetidas es ese ya clásico “Si tenés pruebas, denunciame”, dicho con la seguridad de quien cree tener un paraguas legal indestructible. Cada vez que alguien la lanza, intenta reducir toda sospecha a un expediente, como si la realidad se limitara a lo que un juez pueda escribir en veinte páginas.
Pero esa frase deja ver algo más hondo: una desconexión enorme con el sentido común de la gente. Casi un aire de soberbia. Un “yo solo le rindo cuentas a la Justicia”, como si la ciudadanía fuera apenas un público molesto detrás del telón, al que arreglás con cualquier actuación improvisada. Como si el voto de ese público estuviera asegurado eternamente y fuera una formalidad administrativa que el vecino de a pie, un testigo sin voz, tiene la obligación perpetua de dártelo.
La condena que sí pesa: la popular
La política no se sostiene con sellos judiciales; se sostiene con confianza. Y la confianza, acá y en cualquier lado, la entrega o la retira la gente.
Y muy seguido la Justicia llega tarde…o ni llega… En Uruguay lo hemos visto mil veces: causas que se duermen, audiencias que se suspenden, investigaciones eternas que terminan cuando ya nadie recuerda el lío original. Y otras veces, incluso, aparece un fallo absolutorio. Un juez dice “no hubo delito”, y en términos legales la historia se cierra. Pero afuera, en la calle, no cierra nada. El juicio social es inmediato. La persona común no necesita un expediente ni un abogado para decidir que alguien ya no es confiable. Le basta con escuchar un audio filtrado, ver una contradicción en televisión o sentir que le están tomando el pelo.
Y cuando el veredicto popular cae, no hay apelación que valga. Un político puede ser absuelto por un tribunal, pero condenado para siempre por la opinión pública. Pasa cada tanto: alguien que “zafa” judicialmente y, sin embargo, no junta ni dos votos para una interna porque quedó marcado. La ciudadanía juzga otra cosa: la decencia, la coherencia, la ética. Y ese juicio, aunque no tenga sello de juzgado, pesa toneladas más.
Es el exilio silencioso: el político vuelve a su barrio con el fallo bajo el brazo, pero la gente lo mira de reojo, como si hubiese sido marcado con un tatuaje en la frente. El sistema lo declaró inocente, pero la opinión pública lo jubiló sin retorno. Lo mandó al ostracismo sin trámite, al olvido sin recurso, porque la Justicia mira conductas tipificadas; la gente mira comportamientos. Y si la confianza se rompió, no hay sentencia que la pegue de nuevo.
La ilusión de estar por encima
¿De dónde nace esa actitud de superioridad? De un cóctel bastante conocido: el encanto del poder, el encierro en la burbuja política y un olvido muy conveniente del origen de su autoridad.
Porque no nos engañemos: llegan a los cargos como peregrinos de campaña, recorriendo ferias, abrazando vecinos y suplicando votos con la humildad más profesional del mundo. Prometen transparencia, honestidad, renovación. Ofrecen soluciones como si fueran caramelos en la fiesta de Halloween.
Pero apenas pisan la oficina con alfombra, algo en el chip se recalienta. Empiezan a creerse iluminados. Pasan de “servidores públicos” a “gestores de su propio pequeño reino”. Y entonces aparece el latiguillo: “Si tenés pruebas, denunciame”. Es decir: “Yo solo respondo ante la ley”.
Qué curioso que olviden que las leyes las firman para todos, ellos incluidos, y que a pesar del comportamiento de oveja que demuestran muchos electores, muchos otros (que son los menos, pero no son pocos) siguen usando y tienen muy presente «la memoria» para decidir su voto.
El error de cálculo final
Cuando un político tira ese desafío legalista, no está apelando a la justicia: está menospreciando el juicio moral de la gente. Está diciendo, sin decirlo, “mientras no me agarre un juez, estoy tranquilo”.
Pero la gente no funciona así. La gente recuerda detalles, huele incoherencias, junta piezas sueltas como si fueran figuritas del álbum del descontento. Y cuando decide que alguien ya no es confiable, lo sentencia al único olvido que realmente pesa: el de la memoria colectiva.
Porque la Justicia puede absolverte. La historia, no siempre. Y la urna, mucho menos.
El poder verdadero no está en el sillón del despacho oficial, sino en la cabina donde un ciudadano deposita su voto y, sin estridencia, te coloca donde le parece: A veces en el Parlamento. A veces en el olvido.
Como dijera Minguito: Te levantamo’ un manolito o te hacemo’ una lápida…
