El caro dólar barato

Una discusión que omite que el tipo de cambio es la resultante de todos los errores que el estado comete y el efecto de todas sus decisiones, buenas y malas

 

Como tantas veces en la historia – y en tantos países – cunden las quejas contra el dólar barato o dólar atrasado, como se le quiera llamar.  Y también hay quienes sostienen que el valor de hoy de la divisa es el adecuado porque se trata del resultado de la oferta y demanda en un mercado libre, o sea sin la deliberada intervención del estado para regularlo en cualquier sentido. En esa línea argumental, sostienen que si el dólar tiene que subir o bajar, lo determinará el mercado. (Que de paso está regulado)

Habrá que aclarar algunos puntos para entendernos mejor.  La primera observación es que el hecho de que alguien se queje porque el dólar está barato, o alerte sobre los efectos negativos que ello conlleva, no significa necesariamente que se esté pidiendo una intervención del estado en el mercado para corregir su precio. Para ponerlo de un modo simple, se puede lamentar una sequía, puntualizar sus consecuencias o sufrir y quejarse de sus efectos, sin que ello implique que se espera que el gobierno haga llover.

De manera que cuando se intenta rebatir las quejas sobre el tipo de cambio no es acertado ni suficiente responderlas sosteniendo que el gobierno no debe hacer nada porque esa es función del mercado. (Esta columna ha defendido durante décadas – demasiadas – la necesidad de un mercado de cambios totalmente libre si se intenta vivir en un sistema de plena libertad económica, mucho menos si se defienden principios clásicos, pero no es ese el punto)

El tipo de cambio  libre:  un alcahuete

Un mercado libre de cambios, además de permitir que se dé con plenitud e independencia el juego de oferta y demanda, base de la economía ortodoxa, tiene también la virtud de mostrar casi instantáneamente los errores y los efectos de las decisiones de los factores, y sobre todo, los errores y efectos de la acción del estado. Y casi todas las acciones del estado tienen influencia directa en el valor de la moneda.

La primera es el proteccionismo. La aplicación de recargos a la importación y/o trabas aduaneras – que casi siempre se trata de justificar en nombre de “cuidar la producción y el empleo nacional” – en definitiva son un impuesto que, además de ser pagado por el consumidor, como si fuera un IVA, tiene consecuencias negativas múltiples. Una de ellas es empujar forzada y artificialmente hacia la suba el valor del peso. Impuestos internos como el IMESI, cuando se aplican sobre bienes importados, como es el caso, tienen exactamente el mismo efecto sobre el consumo y sobre el mercado cambiario.

Ese efecto se traduce en la suba de los costos en dólares de la producción con destino a la exportación – en definitiva un incremento de los precios de venta, lo que termina afectando muy especialmente el volumen de producción de bienes con valor agregado, es decir con mayor utilización de mano de obra, lo que castiga la creación de empleo y destruye parte del existente.

Los empleos tecnológicos virtuales en riesgo

No hace falta recurrir a sesudos tratados para verificar que esto ya se está produciendo, como puede atestiguar cualquier empresa de cualquier tamaño que haya cerrado, se haya ido o luche para subsistir o cualquier trabajador que haya perdido su empleo consecuentemente.

Una de las pocas fuentes nuevas de trabajo de calidad de Uruguay es la tecnología de la información, que ha permitido que muchos jóvenes capacitados puedan participar del mercado mundial de programación y actividades conexas. Sería una de las primeras en caer, porque un tipo de cambio demasiado bajo los transformará en mal pagos instantáneamente, en un mercado mundial de altísima competencia.

Esa reducción de ingresos de calidad repercute directamente sobre el consumo, justamente en el sector de bienes de mayor valor agregado, lo que agrava el problema.

Lo que genera bienestar es el intercambio, no el superávit comercial

Cuando Paul Samuelson planteó su metáfora de manteca y cañones para ejemplificar la necesidad de que cada país se concentre en producir lo que mejor haga y luego a intercambiarlo, no planteó estos efectos, ni tampoco lo que ocurriría si un país sólo importara manteca pero no pudiera vender sus cañones a nadie, ni lo relacionó con el empleo. Pero eso no quiere decir que los efectos no existieran. El intercambio, no el superávit comercial, es lo que genera bienestar.

Otro modo en que el estado influye en el tipo de cambio es cuando incurre en exceso de gastos y toma deuda externa para cubrir el déficit consecuente. Eso lo obliga a vender esos dólares que pide prestado y nuevamente, mueve a la baja el valor del dólar. Los efectos son similares. Este argumento ha sido rebatido sosteniendo que al devolver esa deuda el efecto es inverso y entonces se equilibra. Sin embargo, no se toma en cuenta la poca deuda que efectivamente se cancela, como puede apreciarse que ocurre con todos los países.

Aun cuando ello fuera cierto y se produjera un efecto en el sentido opuesto, esto ocurriría mucho después de haber causado estragos en el empleo y el crecimiento. Lo mismo pasa con las trabas a la importación, que a la larga reducen las exportaciones empujando el valor del dólar para abajo. Claro que eso sucede tardíamente y supone reconstruir la estructura productiva y social después de haberla destruido prolijamente. Resucitar a los muertos requiere milagros, metafóricamente.

La inversión extranjera de doble filo

Otra acción estatal que empuja el tipo de cambio hacia abajo es la inversión extranjera, (recordar el Dutch disease que llevó a la miseria a la entonces Holanda) cuando los montos en dólares que deben convertir a pesos porque el gasto se realiza localmente. Si bien la inversión externa es positiva, ese efecto debe tenerse en cuenta y sopesarse al medir las conveniencias de cada inversión, de paso para no incurrir en concesiones casi de rendición en pos de una inversión. (Cualquier parecido con alguna pulpera es pura coincidencia)

Noruega, considerado con ligereza un país socialista, que tiene un mercado libre de cambios, evitó la revaluación ruinosa de su corona cuando creó su colosal fondo de reserva, fruto del boom exportador de petróleo. Además de cobrar significativos impuestos y derechos de concesión a las petroleras, neutraliza el superávit de balanza de pagos y fiscal en coronas y en divisas incrementando su fondo de reserva, para lo que tiene que comprar dólares o sacarlos del sistema al invertirlos totalmente en el exterior. Eso hace que la corona noruega no se revalúe hasta lo imposible.

La utilización del tipo de cambio como “ancla cambiaria” para evitar los efectos de la emisión sobre la inflación, como hace hoy el gobierno de Milei, por caso, encarece los bienes en dólares, con los efectos negativos conocidos.

¿Superávit en la balanza de pagos o cuenta corriente equilibrada?

Se dan varias situaciones paradójicas que tienen efectos sobre el tipo de cambio. Una cuenta corriente o balanza de pagos altamente positiva puede terminar generando un tipo de cambio paralizante, por ejemplo.

Además de los efectos sobre el costo de producción, la pérdida de empleos, la inversión y la reducción del consumo de calidad, el encarecimiento del costo de vida en dólares ahuyenta la radicación de los individuos de mayor poder adquisitivo, que han movilizado en los últimos años la construcción, la educación privada, el alto consumo, el empleo con mejores salarios, la actividad bancaria, inmobiliaria y automotriz y otros bienes de alto valor agregado, del mismo modo que encarece el costo en dólares de su personal local e internacional que se emplee en la subsidiaria, lo que castiga y dificulta cualquier posible inversión.

Cuando los sectores de mayor poder adquisitivo compran menos bienes al encarecerse, lo que algunos toman como un triunfo de la redistribución, en realidad se está restando consumo de bienes de alto valor agregado, que son los que más empleo generan, con lo que el efecto cae sobre la cabeza del trabajador. Otra paradoja.

¿Alguien sabe cuál es el tipo de cambio de equilibrio?

Hay otro tema de discusión, que es el llamado precio o tipo de cambio de equilibrio de la divisa. Para eso se utilizan mediciones y cálculos basados en el pasado, no en el futuro ni en la necesidad de crecer. Nadie puede sentirse realmente capacitado para determinar “el valor de equilibrio”, no sólo por los elementos tangibles que se han enumerado, sino por los intangibles, como son la confianza, el miedo, la especulación, la tasa de interés inducida por el estado, unidos a la emisión de moneda por encima del crecimiento económico, que producen aumento o disminución de la demanda de divisas.

Aquí debe hacerse otra salvedad: cuando se habla de equilibrio, se está hablando en términos matemáticos, una herramienta que exagerada en su uso aleja la economía de su carácter de ciencia social, o de la consecuencia de la acción humana, que tanto los sociocomunistas como los keynesianos desprecian desde siempre. Sin embargo, hay muchos niveles de equilibrio, y algunos conducen a situaciones exageradas de miseria, de desempleo, de exacciones impositivas, de pobreza, de delincuencia o de dependencia, lo que hace que el concepto de equilibrio sea casi abstracto, además de relativo.

Por eso los gobiernos y las sociedades suelen cometer con el tipo de cambio los mismos errores que cometen con los precios. Omiten la suma de sus acciones que llevaron a un valor determinado y tratan de suplirla con controles a ese valor. Control de precio, control de cambios, impuestos, recargos, que empeoran la situación con el uso y el abuso.

Aunque no intente controlar el mercado cambiario, el Estado lo influye con cada decisión

Cuando los funcionarios dicen, como ha ocurrido recientemente, que el dólar baja porque también baja en el mundo están mintiendo, porque no es eso lo que está influyendo en el mercado de cambios oriental. Eso ocurriría si los precios de lo que se exporta subieran masivamente o si lo que se importa bajara de precio.

Del mismo modo que cuando algún burócrata dice que hay que acostumbrar a los uruguayos “a pensar en pesos” y anticipa medidas para lograr cambiar la voluntad de la sociedad y crear confianza, o sea la acción humana, está errando el diagnóstico y empeorando los males, además de hacer apreciar inmerecidamente el peso, aún más. La fatal arrogancia de la burocracia, que en vez de crear confianza, lanza órdenes y prohibiciones y sueña que de ese modo la conseguirá.

Aunque esto no es sólo una característica de un sector o un partido, sino que se trata de un error generalizado, como el proteccionismo de Donald Trump, de Hoover, de los Roosevelt o de Keynes. Como el error por necesidad y urgencia en que incurren muchísimas sociedades, en busca de remedios instantáneos que los llevan a reclamar medidas que empeoran su situación.

Un estado inteligente trata de equilibrar los flujos de modo que sus decisiones no terminen influyendo en el mercado cambiario distorsionándolo. Por ejemplo, muchos países preanuncian su programa anual de compra de reservas, montos y momentos. Debe tenerse presente que cuando una economía exporta bienes de bajo valor agregado, o commodities, su aporte al nivel de empleo es limitado, del mismo modo que habrá que sopesar los efectos de un sistema en que los sueldos estatales son bastante más elevados que los sueldos en el sector privado, lo que tiene múltiples efectos. Sostener que el mercado de cambios es libre, pero luego condicionarlo con decisiones que condenan a un resultado inevitable, cercena esa libertad.

 

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