Estamos viviendo una época donde el que no corre, vuela, y el que no vuela, se anexa un pedazo de campo ajeno. Primero fue Rusia con Ucrania, que parece que necesita un poquito más de tierra para plantar remolachas para el borsch. Después los ingleses, que tienen unas islas allá en el sur que les quedan a trasmano de todo, pero ahí siguen, firmes como rulo de estatua, cuidando pingüinos a miles de kilómetros de Londres. Y ahora cae el Donald con que quiere comprar Groenlandia y si no se la venden, invadir, como quien va a la feria y pide dos kilos de mandarinas.
Viendo ese panorama, acá en la frontera decidimos que no nos podemos quedar de brazos cruzados. Los riverenses ya tomamos una decisión: vamos a invadir Tacuarembó.
Hagamos memoria técnica porque la historia no miente. En 1884 nos echaron de casa. Éramos parte de Tacuarembó y, de un plumazo, el general Máximo Santos nos escindió para que cuidáramos la frontera con Brasil porque el contrabando era un relajo. Nos mandaron a la guerra sin fusil. Pero ahora, 140 años después, la tortilla se dio vuelta. Ahora queremos volver, pero a la inversa: Rivera anexará a Tacuarembó. ¿Por qué? Por lo mismo que Trump quiere el hielo de Groenlandia: espacio vital.
¿Qué ganamos con esta movida?
• Expansión del «Duty Free»: Imaginate, un Free Shop gigante desde la calle Sarandí hasta el centro de Paso de los Toros. ¡Un paraíso del whisky barato y perfumes importados sin fin!
• Logística del «Bagayo»: Con todo ese territorio extra, las rutas del contrabando se vuelven autopistas. Podríamos traer sábanas de Santana do Livramento y venderlas en el interior de Tacuarembó como si fuera producción nacional, pero con ese olorcito a suavizante brasileño que tanto nos gusta.
• Gardel no sólo será uruguayo, será también Riverense:Y déjense de embromar, de una vez por todas, con que era francés o argentino. Como prueba sonora agarramos una IA de esas que crea música y lo ponemos a don Carlos haciendo un dúo con Martinho da Vila en perfecto portuñol y que vayan a cantarle a Gardel.
Si Trump cree que puede comprar una isla llena de hielo y osos polares, nosotros podemos perfectamente convencer a los hermanos tacuaremboenses de que la anexión es lo mejor que les puede pasar. Les vamos a ofrecer un «plan canje»: ellos nos dan el territorio y nosotros les enseñamos a hablar ese portuñol fluido que te abre todas las puertas (y todas las valijas en la aduana).
«No es una invasión, es una ‘fusión corporativa territorial con beneficios arancelarios'», diría Trump si hubiera nacido en Vichadero.
Al final del día, uno se pone a pensar y se da cuenta de que el mundo es un manicomio de fronteras. Rusia quiere Ucrania para sentirse más grande; Inglaterra guarda las Malvinas para tener donde estacionar barcos lejos de casa; y Trump quiere Groenlandia para ver si encuentra petróleo bajo el hielo para pagarse el peluquín.
Es una enfermiza necesidad humana la de querer lo que está al lado. Es como ese vecino que te va corriendo el tejido un centímetro cada año hasta que un día te das cuenta de que su parrillero está en tu living. Nosotros, al menos, somos sinceros: no queremos «seguridad nacional» ni «recursos naturales estratégicos». Queremos que Tacuarembó sea Rivera para que el contrabando sea más cómodo y para que, por fin, el país entero entienda que el mejor refuerzo de mortadela se come con pan brasileño.
Claro que en el fondo hay algo triste en todo esto. Esa pulsión humana de agrandar el territorio cuando el alma ya no se expande. Como si sumar kilómetros cuadrados pudiera tapar el vacío existencial que dejan las ideas gastadas, los liderazgos pobres y la incapacidad de convivir sin querer marcar propiedad. Rusia, Inglaterra, Trump mirando a Groenlandia como quien mira una vidriera… En este delirio de expansión, no vacilamos en incinerar el destino de naciones enteras como combustible para el ego, empujando a la especie hacia un invierno definitivo con tal de no reconocer que, en el centro de nuestra existencia, solo habita el vacío.
Así que sí, viva la unificación, aunque sea imaginaria. Viva el delirio fronterizo inofensivo. Y que no nos agarre la aduana, que bastante control tenemos ya con la conciencia.
