Entre el laburo, las cuentas y el quilombo que es este país, lo último que precisaba era que el Gordo Tito se convenciera de que era un pejerrey. Pero así estamos, con el «therianismo» este que parece que se contagia por el aire.
Viste cómo es la movida ahora. Uno te dice «me siento perro», la otra «me siento vaca», aquel se cree una lagartija y la vecina del fondo jura que es una araña de tapera. De todo eso con lo único que me identifico es con el «me siento»… en el cordón de la vereda a mirar tanta estupidez junta, porque la verdad que no me da el alma para procesarlo.
Pero lo de Tito fue otro nivel.
El tipo estaba obsesionado. Se pasaba el día en la piscina inflable tratando de no parpadear y me decía: «Caalf, vos no entendés, el asfalto me quema la esencia, yo pertenezco al cardumen». Yo lo miraba y pensaba «este se dio la cabeza contra el marco de la puerta», pero bueno, cada loco con su tema, ¿no?
La cosa es que el domingo pasado fuimos hasta el río. El tipo se mandó un clavado medio rústico y me dijo que no lo esperara para el mate, que se iba a «conectar». Pasaron cinco minutos, diez, quince… y el tipo no salía.
Te juro por mi vieja que en un momento me dio una envidia sana. Pensé: «¡Hijo de mil, el tipo tenía razón! ¡Realmente puede vivir bajo el agua!». Me sentí un nabo por haber dudado de su metamorfosis. Pensé que ahí abajo estaba él, feliz, esquivando anzuelos y disfrutando de la frescura, libre de los impuestos y del calor de porquería que hacía.
Recién un par de horas después, cuando vi que el «pejerrey» apareció flotando panza arriba cerca de unos juncos, me cayó la ficha del error de cálculo. Resulta que para ser pejerrey no alcanza con las ganas, también necesitás branquias, detalle que el universo se olvidó de darle al pobre Tito.
Al final, la primera muerte por therianismo en Uruguay fue así: un exceso de fe y una falta total de oxígeno.
Ahora cuando escucho a alguno decir que se siente un bicho raro, lo miro de reojo y rezo para que no se le ocurra que es un cóndor y se tire del balcón.
