El sesgo cómodo
Hay un encuadre dominante que reduce el caso a una fórmula simple: violencia masculina contra mujeres. La ecuación es clara, reconocible y moralmente tranquilizadora. Un hombre poderoso abusa. El sistema patriarcal lo protege. La estructura explica el crimen.
Es una narrativa eficaz. Ordena el caos. Da sentido. Identifica culpables estructurales.
Pero el problema es que, en su comodidad, simplifica. Y cuando simplifica, distorsiona.
Porque este caso no fue el acto aislado de un varón depredador actuando en soledad. Fue una estructura. Y en esa estructura hubo una mujer con poder propio, con iniciativa, con agencia y con participación activa en la captación y —según testimonios judiciales— en conductas sexuales con menores.
Hubo redes sociales de élite que incluían hombres y mujeres que frecuentaban esos espacios.
Hubo silencios compartidos.
Hubo normalización colectiva.
Hubo víctimas niñas y también víctimas varones.
Sin embargo, el foco mundial sigue concentrado casi exclusivamente en él.
Se construye el monstruo masculino como figura totalizante. Ella queda en el margen, rebajada a “cómplice”, como si la captación sistemática de menores fuera una función secundaria.
¿Es más fácil condenar al hombre que encaja en el arquetipo del agresor sexual que admitir que una mujer pudo ejercer el mismo grado de perversión y dominio?
¿Es más cómodo sostener una narrativa lineal que enfrentarse a una red mixta donde el poder, la impunidad y la corrupción moral no respondían a un único sexo?
La simplificación ideológica tiene un costo: invisibiliza variables que incomodan. Y cuando las variables se invisibilizan, el análisis deja de ser honesto.
Porque si la meta es comprender el fenómeno en toda su dimensión humana, no alcanza con repetir el guion que confirma lo que ya creemos.
Hay que mirar también lo que no encaja.
El sesgo ideológico feminista
Lo verdaderamente inquietante no es solo que existiera un hombre capaz de explotar sexualmente a menores durante años. Lo verdaderamente inquietante es que, cuando una mujer participa activamente en esa maquinaria, el relato público la desdibuja.
No se la nombra con la misma contundencia.
No se la simboliza como encarnación del mal.
No se la convierte en emblema estructural.
Y cuando aparecen víctimas masculinas, el silencio es aún más denso.
El resultado es un análisis selectivo: el mal tiene sexo cuando conviene que lo tenga, y pierde sexo cuando incomoda la teoría.
Pero la explotación sexual organizada no responde a consignas ideológicas. Responde a poder, oportunidad, impunidad y corrupción moral. Y esos factores no son patrimonio exclusivo de un género.
Si de verdad queremos comprender estos fenómenos —y prevenirlos— debemos abandonar la comodidad de los marcos cerrados. No para diluir responsabilidades, sino para ampliarlas.
Porque cuando el análisis se acomoda al guion previo, deja fuera a quienes no encajan en él.
Y en los delitos sexuales, dejar fuera a alguien —sea víctima o perpetrador— es repetir, en otra escala, la misma negación que permitió que todo ocurriera.
Con esta mirada reduccionista no se puede profundizar en el análisis complejo que este tipo de delitos amerita
La mujer que no debe ser monstruo
Existe una resistencia cultural profunda a conceptualizar a la mujer como agresora sexual autónoma. Cuando participa en delitos de esta magnitud, el imaginario social tiende a proteger una idea implícita: la feminidad como incompatible con la predación.
Pero el reclutamiento sistemático de menores para su explotación no es una conducta secundaria. Es estructural. Sin captación, no hay red.
Negar la agencia femenina no es igualdad. Es paternalismo.
Las víctimas que no encajan
Lo que más incomoda del caso
Lo verdaderamente inquietante no es solo que existiera un hombre capaz de sostener durante años una red de abuso. Lo verdaderamente inquietante es que esa red funcionó como un ecosistema: con participación mixta, en un entorno de élite donde hombres y mujeres se codeaban, callaban y normalizaban.
Y hay una dimensión que incomoda todavía más: la posibilidad —que los relatos públicos minimizan— de que no se tratara únicamente de “él y su cómplice”, sino de una estructura donde también circularon mujeres adultas como parte del circuito de demanda, validación y encubrimiento. Mujeres que, al menos en algunos escenarios, no fueron meras espectadoras sociales sino participantes activas del clima de impunidad que hacía posible el abuso. Cuando esto se borra del relato, el fenómeno se vuelve artificialmente simple: un monstruo masculino y un mundo pasivo alrededor.
Reducir todo a una categoría única puede ser políticamente eficaz. Pero intelectualmente es pobre.
Si queremos comprender el mal —y prevenirlo— debemos abandonar los marcos que solo confirman lo que ya creemos. No para diluir responsabilidades, sino para ampliarlas.
Porque cuando el análisis se acomoda al guion previo, siempre deja a alguien afuera. Y en delitos sexuales, dejar a alguien afuera —sea perpetrador, facilitador o víctima— es repetir la misma ceguera que permitió que todo ocurriera.
En esta historia no solo hubo depredadores: hubo cómplices, hubo facilitadores y hubo demanda. Y la demanda también tiene rostro femenino.
El costo del marco ideológico
El problema no es solo el delito. El problema es el marco desde el cual decidimos interpretarlo.
Cuando una ideología se transforma en filtro obligatorio de lectura, deja de ser una herramienta analítica y pasa a ser un sistema de selección. No observa la realidad para comprenderla: la clasifica para confirmarse.
El feminismo hegemónico contemporáneo ha construido una matriz explicativa poderosa y expansiva: violencia masculina contra mujeres como eje estructural de interpretación. Ese marco puede describir parte de la realidad. El problema aparece cuando se convierte en explicación única.
Porque cuando una teoría decide de antemano quién puede ser víctima legítima y quién encarna el arquetipo del agresor, todo lo que desborda esa estructura se vuelve incómodo.
Y lo incómodo se minimiza.
Se minimiza la agencia femenina en delitos sexuales organizados.
Se minimiza la existencia de víctimas masculinas.
Se minimiza la participación de mujeres en redes de demanda o encubrimiento.
Se minimiza la complejidad de las dinámicas de poder que no responden exclusivamente al eje sexo-género.
En nombre de la visibilización, se produce invisibilización selectiva.
Y ese es el punto crítico: cuando el análisis parte de una conclusión previa, los hechos se acomodan al relato. La realidad deja de ser el punto de partida y pasa a ser el material que se ajusta a una narrativa.
El resultado no es solo empobrecimiento teórico. Es desprotección práctica.
Porque si solo vemos violencia donde el guion la anticipa, dejamos zonas enteras sin examinar. Si solo reconocemos víctimas que encajan en la categoría correcta, otras quedan simbólicamente huérfanas. Si solo atribuimos agencia predatoria a un sexo, ignoramos riesgos reales.
La ideología, cuando se vuelve cerrada, no amplía la mirada: la estrecha.
Y en delitos sexuales organizados, mirar menos nunca es una buena estrategia.
El poder que abusa no pregunta por consignas. La vulnerabilidad no tiene sexo exclusivo. La corrupción moral no distingue entre identidades políticas.
Si la comprensión queda atrapada en un marco rígido, no estamos protegiendo mejor. Estamos entendiendo peor.
Y cuando entendemos peor, prevenimos peor.
Ese es el verdadero costo del reduccionismo.
Es inquietante comprobar que, aun hoy, el sesgo feminista invade la interpretación de estos casos y condiciona lo que se ve —y lo que se decide no ver.
