Lo que el ciclismo sabe y el poder ignora

Rutas de América empieza como empieza casi todo en Uruguay: con una contrarreloj. Cada uno solo, contra el reloj, tratando de no gastar más de lo necesario… y aparentando que tiene plan.

No es casualidad. En este país hasta el ciclismo entiende que el que se apura demasiado después paga en la etapa reina. En política, en cambio, el que se apura muchas veces liga micrófono y después vemos cómo sigue la cosa.

La carrera arranca en el interior, cruza departamentos, sube repechos, baja embalada y termina, según el año, el ánimo y el trazado, donde toque terminar. A veces en el Velódromo, a veces en cualquier otro lado. Como las discusiones políticas: todos juran saber adónde van, pero el recorrido siempre se acomoda sobre la marcha, aunque después digan que estaba todo previsto.

Mientras tanto, los ciclistas hacen lo que saben hacer: pedalear en pelotón, cuidarse del viento, esperar el momento justo para atacar. Una metáfora tan obvia que sorprende que todavía no tenga comisión permanente, con secretaría y comunicado incluido.

Porque la política uruguaya también es una carrera por etapas. Hay quienes se guardan para el Salto del Penitente, esa cuesta que separa a los que entrenaron de los que hablaron mucho, y hay quienes prefieren mostrarse temprano, ganar la crono y vestir la malla líder aunque después no haya piernas para bancarla… ni relato que la sostenga. La diferencia es que en Rutas el que ataca demasiado pronto se funde; en política, el que ataca demasiado pronto suele conseguir minutos en televisión, que para algunos es casi lo mismo que ganar una etapa.

El pelotón multicolor, nunca mejor dicho, avanza compacto. Nadie quiere quedar cortado. Los que se descuelgan saben que volver es bravo, sobre todo cuando el viento pega de costado y obliga a alinearse. En ciclismo eso se llama abanico. En política se llama disciplina partidaria, que viene a ser parecido pero con menos casco y más comunicado.

Después está la etapa reina. Siempre hay una. Un repecho largo donde se ven las costuras. En la bicicleta, el que no entrenó sufre; en el Parlamento, el que no leyó el proyecto también, aunque después vote igual y mire para el costado, como si el repecho fuera culpa del trazado.

Y sin embargo, pese a la dureza del recorrido, siempre hay un final con foto, declaraciones y análisis. Nadie se acuerda demasiado de quién trabajó más en el llano. Lo que queda es el sprint, el gesto para la cámara y la frase prolija que dice que esto recién empieza, que lo importante es el proceso, siempre el proceso.

La carrera tiene algo admirable: es honesta. Si no pedaleás, no avanzás. Si te quedás sin piernas, te quedás. No hay decreto que te empuje ni conferencia de prensa que te devuelva al pelotón. En política, en cambio, uno puede ir último en la general y aun así explicar que la estrategia está funcionando, que el viento vino cruzado y que la remontada está en curso.

Rutas de América tiene, además, una belleza cruel: el viento es para todos. La subida no distingue colores. El asfalto no pregunta ideología. La física es bastante imparcial. Algo que, si se aplicara en otros ámbitos, nos daría más de un dolor de cabeza institucional, y alguna renuncia preventiva.

Pero lo más uruguayo de todo no es la competencia. Es que cada año, pase lo que pase, alguien diga que fue una carrera histórica y alguien más, mate en mano, explique que en realidad no cambió gran cosa. Porque acá el verdadero deporte nacional no es pedalear. Es explicar por qué no se ganó.

Y así seguimos, mirando cómo el pelotón avanza por la ruta, convencidos de que, si estuviéramos arriba de la bici, elegiríamos mejor el momento para atacar, administraríamos mejor el esfuerzo y leeríamos mejor el viento. Hasta que llega la primera subida y entendemos algo bastante básico: pedalear es mucho más difícil que opinar desde un cómodo sillón.

Hasta la próxima, si es que hay…

 

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