El hombre que bailaba (Adaptación libre de un viejo chiste)

Un empresario, de esos que alguna vez salieron en la portada de las revistas con sonrisa de “soy el rey del mundo”, había visto cómo su imperio se desmoronaba ladrillo por ladrillo. Los negocios, que antes florecían como si el dinero creciera en macetas de oficina, empezaron a ir mal. Luego peor. Y después catastróficamente mal.

En cuestión de meses quedó en la ruina. Perdió propiedades, prestigio, socios… y, lo que es peor, perdió a su familia, a la que había descuidado durante años por entregarse de lleno al trabajo. “Un esfuerzo más y ya descanso”, se repetía siempre. Pero ese descanso nunca llegó… y cuando quiso mirar atrás, ya no había nadie esperándolo.

De un momento a otro se encontró sin nada. Ni dinero, ni empresa, ni familia. Solo él, su traje caro ahora inútil y una oficina en un piso alto de un edificio lujoso que ya no le pertenecía, pero que todavía podía usar por unos días más. Se sentía acabado. Terminado. Derrotado. Incapaz de encontrar fuerzas para seguir con la vida.

Apoyado en el ventanal, con la ciudad extendida allá abajo como un tablero indiferente, pensaba en lo absurdo de todo. “¿Para qué seguir?”, se preguntaba. El silencio era espeso, casi dramático.

Y entonces lo vio.

Allá abajo, en la acera, había un tipo bailando.
No era un bailarín profesional. No había música. No había público. No había escenario. Solo él, girando y meneándose con una energía casi contagiosa. El empresario entrecerró los ojos. El hombre no tenía brazos. Y su ropa, si a eso se le podía llamar ropa, evidenciaba que vivía en la calle. Un pordiosero, sin hogar, sin extremidades superiores… y, sin embargo, rebosante de felicidad.

El contraste fue tan brutal que le cayó como un golpe en el pecho.
“¿Cómo es posible?”, pensó. “Yo, que lo tuve todo y lo perdí, estoy aquí arriba listo para rendirme. Y ese hombre, que aparentemente no tiene nada, al que la vida castigó quitándole los brazos, baila como si hubiera ganado la lotería”.
Algo hizo clic.

Recapacitó. Se dijo: “Si ese tipo, que no tiene nada en la vida, que vive en la calle y además enfrenta una dificultad tan enorme, puede bailar feliz… yo, que si bien lo perdí todo, aún tengo cosas con las que salir a flote, tengo que seguir viviendo”.
Y fue como si alguien hubiera encendido la luz en un cuarto oscuro. En cuestión de segundos pasó de la penumbra existencial al optimismo desbordado. Se secó las lágrimas, se acomodó la corbata, porque el drama puede ser profundo, pero el estilo jamás se pierde, y bajó rápidamente hasta la calle.

Cruzó la avenida casi sin mirar, impulsado por esa nueva bandera de entusiasmo que ondeaba en su pecho. Se acercó al hombre, que seguía en su extraño pero vital baile, y le dijo con voz emocionada:
-¡Señor! Usted no lo sabe, pero me ha salvado la vida. Su actitud, su alegría, su manera de enfrentar la adversidad… me ha hecho verlo todo diferente.
El mendigo lo escuchaba pacientemente, asintiendo con la cabeza mientras continuaba su peculiar meneo. De vez en cuando hacía un giro más enérgico, como si subrayara el discurso del empresario.

-He entendido, continuó el ahora renovado amante de la vida, que no importa lo que uno pierda. Siempre hay razones para levantarse, para sonreír, para… bailar.
El hombre volvió a asentir, con una mueca difícil de interpretar.
Entonces el empresario, conmovido hasta la médula, le preguntó:
-Pero dígame, buen hombre… a pesar de no tener casa, de vivir en la calle y de no tener brazos… ¿qué clase de optimismo y alegría de vivir lo lleva a bailar así?
El hombre lo miró, hizo una pausa, dejó de girar por un segundo y respondió con total naturalidad:
-Es que no estoy bailando.
El empresario parpadeó.
-¿Cómo que no?
-Es que me pica el culo… ¡y no tengo una maldita forma de rascarme!

Otros Artículos de Caalf:

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]