El carnicero, el avión prestado y el virus con garra charrúa

Esta semana Alberto Samid estuvo internado en el Hospital Cantegril de Punta del Este con una infección urinaria que derivó en un virus en sangre de origen desconocido. Una situación delicada. Nada que el sistema sanitario uruguayo, reconocido regionalmente y con indicadores que varios países contemplan con envidia, no supiera manejar. Pero Samid tenía otra opinión. Como sobre casi todo.

La familia pidió un avión sanitario. No a una empresa de traslados, no a su prepaga. Al gobernador Kicillof y a los intendentes peronistas. Por X. Porque cuando uno está grave en el exterior, lo primero que hace es interpelar a la conducción del peronismo bonaerense. Son los que más rápido responden.

Nadie le dio pelota. Finalmente apareció el avión, llegó a Buenos Aires, lo atendieron en el Sanatorio Mitre, y se recuperó. Final feliz. O casi.

Porque una vez a salvo, Samid tomó la palabra. Dijo que si se quedaba en Uruguay estaría en un cajón, acusó a los médicos de ser cubanos que no entienden nada, y recomendó a todos los argentinos que ante cualquier problema de salud en Uruguay salgan corriendo hacia Buenos Aires. Hacia el país con el mejor sistema de salud de la región. El mismo que tiene el 50 por ciento de su población bajo la línea de pobreza, una inflación que recién ahora baja de tres dígitos y una clase media que descubrió que ahorrar en pesos es una forma sofisticada de perder dinero. Pero los médicos, ah, los médicos son imbatibles. Claro que si uno pregunta en cualquier guardia de Buenos Aires va a encontrar médicos que hacen dos turnos para llegar a un sueldo que no les alcanza para el alquiler, insumos que faltan y equipos que se reparan con voluntad y cinta adhesiva. Pero eso es un detalle. Lo importante es la narrativa.

Los dichos de Samid suenan exactamente a lo que diría un operador turístico argentino desesperado. «Vengan a Argentina, acá los médicos son mejores, la atención es superior, el peso está fuerte, y lo contagiamos de lo que quiera.» Le faltó mencionar las cataratas del Iguazú y el tango. Si alguien en la Secretaría de Turismo toma nota, Samid tiene futuro como embajador de marca. Sin cobrar un peso, porque el presupuesto no alcanza, pero con mucha vocación.

Uruguay tiene uno de los sistemas sanitarios más sólidos de América Latina. Números que no necesitan ser defendidos ante nadie. Salvo ante los propios uruguayos, que por una característica casi constitucional estamos siempre descontentos y convencidos de que todo podría estar mejor. Lo cual es cierto. Pero es nuestro privilegio decirlo, no el de alguien que se fue en avión sanitario a las 48 horas de llegar.

Es un clásico de temporada, tan puntual como el chivito y la feria artesanal de Gorlero. El argentino que usa las playas, los restaurantes, las clínicas, la moneda que no se evapora, y en algún momento concluye que todo eso es inferior. Viene todos los años. Con o sin fiebre.

En definitiva, Samid se recuperó. Los médicos hicieron su trabajo, el sistema funcionó, y el paciente se fue a contarle a Argentina lo mal que lo habían atendido. En un país donde la mitad de la gente no llega a fin de mes, los médicos son del mismo palo, y si tampoco llegan a fin de mes es porque son argentinos, igual que todos, y eso une más que cualquier sistema sanitario.

Salvo por los médicos de acá, que siguen en Punta del Este, atendiendo gente, sin Twitter, y sin que nadie les pida explicaciones.

Hasta la próxima, si es que hay…

 

 

 

 

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