El ajuste que no es ajuste, pero ajusta y asusta.

Antes de empezar, una aclaración necesaria. Ajustar nunca es lindo. A nadie le gusta que le digan que hay que gastar menos, salvo cuando se trata del gasto de otro. Mi madre, por ejemplo, siempre estuvo a favor del ajuste… mientras fuera en la casa de los demás. En la nuestra prefería el déficit emocional sostenido.

Dicho esto, ahora sí, vamos a lo nuestro.

El Ministerio de Economía descubrió algo fascinante: si la economía crece menos de lo esperado, la plata también. Es un concepto revolucionario que ya había sido insinuado por Pitágoras, pero que recién ahora entra en fase de evaluación técnica.

El ministro Gabriel Oddone explicó que, ante este escenario complejo, no se descarta ninguna medida. No necesariamente un recorte, aclaró. Más bien un “diferir”. Que es como un recorte, pero con mejor autoestima.

No se corta. Se posterga. No se elimina. Se reprograma. No se ajusta. Se conversa.

Mi psicoanalista usa exactamente el mismo criterio. Cada vez que surge un problema importante, lo diferimos. Lo anotamos, lo rodeamos, lo miramos de lejos y lo dejamos para la próxima sesión. Llevo años con el mismo conflicto, pero muy bien administrado.

En términos prácticos, es lo mismo que cuando uno decide empezar la dieta el lunes. El problema sigue ahí, pero con agenda. Yo ya tengo comprometidos los próximos siete lunes.

El Consejo Fiscal Autónomo, que es ese organismo que tiene la mala costumbre de leer los números, fue un poco más directo: hay que recortar gastos discrecionales. O, traducido al español, dejar de gastar en cosas que no son imprescindibles. La dificultad, como siempre, es identificar cuáles son esas cosas imprescindibles. Porque en el Estado todo es imprescindible, especialmente lo que alguien decidió alguna vez que lo fuera.

El gasto creció más que la economía. Lo cual, visto en frío, es una estrategia interesante: si la realidad no acompaña, uno la compensa con presupuesto. El problema es que la realidad tiene la mala costumbre de no aceptar tarjetas. Mi madre, de hecho, tampoco acepta tarjetas. Pero acepta que le paguen todo.

Los economistas consultados coinciden en algo notable: hay que ajustar, pero con cuidado. No todos los recortes son iguales. Algunos afectan más que otros. Lo cual es cierto. Por ejemplo, recortar un gasto inútil afecta mucho más a quien lo inventó que a la economía.

Pero tampoco hay mucho margen. El gasto es rígido. No baja fácil. Está lleno de compromisos: salarios, jubilaciones, transferencias. Es decir, todo lo que la gente nota. Entonces queda el resto. Lo que nadie sabe muy bien qué es, pero que suma miles de millones. Ahí aparece la magia.

La solución que empieza a tomar forma es conocida: no gastar todo lo que se puede gastar. Un concepto audaz. Se llama “topear el gasto”. Básicamente decirle a cada ministerio: en vez de gastar 100, gastá 90. Y elegí vos qué dejar de hacer. Es una forma elegante de federalizar el problema.

Confieso que esta parte me genera cierta ansiedad. Porque cuando alguien tiene que elegir qué dejar de hacer, generalmente deja de hacer lo que uno usa. Es una especie de ley natural. Mi psicoanalista dice que eso se llama paranoia. Yo le dije que no es paranoia si efectivamente siempre me pasa a mí.

El ministro, con buen criterio, ya adelantó que algunas áreas no se tocan. La infancia, por ejemplo. Lo cual está muy bien, porque los niños suelen reaccionar mal a los ajustes fiscales. Mi madre también, pero ya es tarde para corregirla.

Mientras tanto, se discute si el ajuste debe venir por el gasto o por los ingresos. Subir impuestos parece complicado. La carga ya es alta, la economía crece poco y el humor social no está para innovaciones creativas en materia tributaria. Así que todo indica que el ajuste será por el gasto. Es decir, por lo que ya está.

En el fondo, la discusión es filosófica: ¿qué tamaño de Estado queremos? Una pregunta profunda, que suele responderse con otra: ¿y si por ahora no cambiamos nada y vemos cómo evoluciona?

Porque si algo caracteriza al Estado es su capacidad de adaptación. Siempre encuentra la forma de seguir funcionando igual, pero con menos recursos. O con más. O con los mismos. En realidad, eso es lo de menos.

Lo importante es el proceso.

Mi psicoanalista insiste mucho con eso. El proceso es lo importante. El camino. El recorrido. El tiempo. Yo le pago por sesión, así que a él le conviene muchísimo que el proceso sea largo.

Y el proceso, como sabemos, es lo importante.

Hasta la próxima, si es que hay… tal vez el Sr. Director decida diferirme.

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