Dicen que la mentira tiene patas cortas. Mentira. Primera y más flagrante mentira del texto ¿qué mejor forma de empezar? La mentira tiene patas largas, kilométricas, olímpicas. La mentira corre maratones y llega fresca a la meta mientras la verdad sigue atándose los cordones.
¿Querés pruebas? Mirá la política. Ahí están, los mismos de siempre, inamovibles, atornillados a sus cargos con una dedicación que jamás le dedicaron a nada útil. Pasan los gobiernos, cambian los colores de las banderas partidarias, se renuevan los eslóganes, y ellos siguen. Ministerios, secretarías, direcciones, entes con nombres que nadie entiende: ahí están, rotando entre sí como en un carrusel eterno, saludando con la mano mientras dan la vuelta. De vez en cuando aparece uno nuevo, con cara de indignado y discurso de revolucionario, se va abriendo camino con humildad calculada, llega, y en seis meses ya tiene el mismo brillo aceitado en los ojos que los otros. El sistema no los optimiza, los corrompe.
¿Llegan todos mintiendo? Probablemente no. Algunos llegan creyendo genuinamente en lo que dicen, lo cual es casi más preocupante: significa que además de mentirosos podríamos estar eligiendo idiotas fáciles de convencer. ¿La mayoría miente? ¡SI!. ¿Querés el ejemplo más perfecto, más cristalino, más obscenamente descarado de la mentira en estado puro? Pues ahí tenés las campañas electorales.
Cualquiera. De este, de los otros, de los de más allá. Porque hay que aclararlo, con cierto dolor: la mentira no es patrimonio exclusivo de unos. Todos mienten. Los tuyos también. Los míos también. Los que uno vota con esperanza renovada cada cuatro años también. Prometen, no cumplen, y encima tienen la audacia de usar sus propias promesas incumplidas como argumento para justificar por qué no las cumplieron. Es una obra de arte del cinismo.
Y acá viene la parte incómoda. La parte donde uno quisiera seguir apuntando el dedo hacia afuera y no puede del todo. ¿De quién es la culpa?
De ellos, claro, por mentir con esa desfachatez olímpica. Pero también nuestra, mía, tuya, de todos, por seguir creyendo. Una y otra vez. Con una fe tan ciega que haría llorar de envidia a cualquier institución religiosa. Sabemos que lo que prometen es imposible. Sabemos que ya lo prometieron antes. Sabemos que no cumplieron. Y votamos igual, con una mezcla de inocencia, esperanza y lo que técnicamente se llama estupidez, aunque uno prefiere decir «optimismo» para no herirse el ego.
Somos cómplices. Activos, voluntarios, reincidentes. El día que dejemos de creerles, que les retiremos el voto, el aplauso y el beneficio de la duda, la joda se termina. Porque en última instancia, como dice el refrán, la culpa no es del chancho sino de quien le rasca el lomo. Y nosotros lo acariciamos, lo bañamos, le ponemos moñito y lo llevamos a concurso.
Lo más triste, y preocupante, es que “buscamos” la mentira. Si un candidato se plantara en un estrado y dijera: “Voy a subir impuestos y a crear otros, voy a recortar beneficios, voy a poner de ministros y directores a gente que no está para nada preparada, pero son mis amigos; voy a hacer muy poco, o nada, para combatir los males que afectan a nuestra sociedad, y lo que recaude con la excusa de ayudar a los más necesitados lo voy a usar para crear nuevos ministerios, oficinas y comisiones, para acomodar a compañeros…”, en definitiva, si dijera la verdad ¡nadie lo votaría!, entonces viene y nos miente a cada de perro. Y le creemos, aún sabiendo que nos está mintiendo…
El problema real, el que nadie quiere mirar de frente, es que no aprendemos nunca. Tropezamos con la misma piedra con una constancia admirable, casi profesional. Nos mienten, lo sabemos, lo señalamos, lo comentamos… y aun así volvemos a caer, como si la memoria nos durara lo mismo que una promesa electoral. No es ambición lo que nos define, es una especie de torpeza persistente, una incapacidad crónica para atar dos hechos simples: lo que dijeron y lo que hicieron. Y mientras sigamos confundiendo esperanza con negación, nos van a seguir pasando por arriba con la misma facilidad de siempre.
La mentira tiene patas largas. Y nosotros somos sus patas.
