Inteligencia en estudio

Me enteré de que Uruguay está evaluando crear una agencia de inteligencia al estilo CIA y lo primero que pensé fue: ojalá nadie se entere. Sería un buen comienzo.

La idea, según explican, es dar un salto cualitativo. Pasar de coordinar información a producirla, analizarla y, si todo sale bien, hacer algo con ella. Una especie de CIA con mate, pero sin apuro.

La Secretaría de Inteligencia Estratégica de Estado, que hasta ahora se dedica a ordenar lo que otros generan, entendió que quizá había llegado el momento de involucrarse un poco más. No solo mirar, sino participar. No solo procesar, sino intervenir. Es un cambio importante. Casi conceptual.

El plan es ambicioso. En 2026 se analizarán alternativas, se evaluará su viabilidad, se estudiarán modelos internacionales y eventualmente se diseñará una propuesta que luego será considerada por el Poder Ejecutivo y probablemente por alguna instancia adicional que permita seguir evaluando lo evaluado. Si sigue el mismo ritmo que el plan de seguridad del Ministerio del Interior, es posible que la inteligencia llegue en diferido, ya para el próximo gobierno, con la tranquilidad de que no habrá sorpresas.

Mi psicoanalista dice que yo también tengo esa tendencia. Antes de tomar una decisión, la estudio, la analizo, la proceso, la reviso y finalmente la dejo para después. Él lo llama evitación. Yo lo llamo inteligencia estratégica.

La aspiración es que la nueva agencia tenga capacidades operativas. Es decir, que no solo piense, sino que actúe. Algo más cercano a la CIA, a la inteligencia brasileña o a la colombiana. Organismos que, además de producir informes, hacen cosas. A veces incluso antes de redactarlas. Con la diferencia de que la CIA actúa afuera. Y nosotros, por ahora, lo más parecido que tenemos para operar en el exterior es una buena agencia de viajes.

Lo cual abre una duda razonable: ¿estamos preparados para tener una agencia que actúe o vamos a seguir especializándonos en observar con profundidad lo que ya pasó?

Porque hoy el sistema funciona así: distintos organismos generan información, alguien la reúne, alguien la analiza, alguien la sintetiza y finalmente alguien la eleva. Es un circuito completo, prolijo y, sobre todo, muy compatible con la idea de que las cosas importantes ya ocurrieron.

Uno de los problemas es el presupuesto. La inteligencia uruguaya tiene pocos recursos, pocos autos y dificultades hasta para acceder a información básica. Es difícil anticiparse a amenazas complejas cuando no está claro si llega el Wi-Fi.

El otro problema es la coordinación. Muchas agencias, muchos actores, muchas sensibilidades. Compartir información requiere confianza. Y en Uruguay, donde todos se conocen, la confianza es un bien escaso y cuidadosamente administrado.

La nueva agencia vendría a resolver eso. Más recursos, más integración, más capacidad de acción. Todo lo que hoy falta, pero mejor organizado.

Mi madre, por ejemplo, cuando algo no le funciona, no lo mejora: compra otro. Tiene tres tostadoras. Ninguna anda bien, pero juntas generan una sensación de respaldo institucional.

Confieso que todo esto me genera cierta inquietud. No por la inteligencia en sí, sino por el momento del cambio. Porque pasar de analizar a actuar implica decidir. Y decidir, en Uruguay, es una actividad que siempre viene precedida de un período razonable de reflexión, que a veces se extiende hasta que la realidad resuelve por nosotros.

Mi psicoanalista insiste en que eso es resistencia. Yo le digo que es prudencia. Él me responde que la prudencia, en exceso, es otra forma de parálisis. Yo le respondo que prefiero paralizarme con método.

En cualquier caso, el proyecto ya está en marcha. Se están estudiando modelos, evaluando opciones, identificando caminos posibles. Todo dentro de un marco técnico, estratégico y cuidadosamente preliminar.

Lo cual, hay que reconocerlo, es un excelente punto de partida para una agencia de inteligencia.

Porque en el fondo, la pregunta no es si Uruguay puede tener una CIA.

La pregunta es si puede tenerla antes de terminar de analizar si conviene tenerla.

Mi madre, cuando escuchó todo esto, me dijo: “Está bien que estudien. Pero que no lo piensen tanto, que después no hacen nada”.

Y mi psicoanalista, que también opina de política, me dijo: “Lo importante es el proceso”.

Yo le pago por sesión, así que a él le conviene muchísimo que el proceso sea largo.

Porque decidir puede fallar, pero postergar siempre funciona.

Hasta la próxima, si es que hay… tal vez ya estén leyendo esto antes que yo.

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