La interpelación hortícola

Después de doce horas de debate económico, el Senado concluyó que existe un rumbo hortícola claro y consistente.

Hay algo fascinante en las interpelaciones parlamentarias.

Uno supone que son instancias donde una parte formula preguntas y la otra las responde.

Después observa una durante doce horas y comprende que funcionan de otra manera.

Son más parecidas a una reunión de vecinos donde uno habla del ascensor, otro de las humedades, un tercero del perro del 402 y todos vuelven a sus casas convencidos de haber discutido el mismo tema.

La interpelación al ministro Gabriel Oddone fue un ejemplo extraordinario.

La oposición llegó preocupada por el déficit, el gasto público, la inversión, la competitividad y el crecimiento económico.

El oficialismo llegó con empleo, inflación, salarios, jubilaciones e ingresos de los hogares.

Hasta ahí parecía una discusión económica.

El problema fue que nadie abandonó jamás el tema que había traído desde su casa.

Cuando la oposición hablaba de inversión, el gobierno respondía empleo.

Cuando la oposición insistía con el gasto, el gobierno mostraba inflación.

Cuando se hablaba de competitividad, aparecían los salarios.

Y cuando se mencionaba el déficit, alguien exhibía exportaciones.

No era exactamente un debate.

Era una colección de exposiciones simultáneas.

Al principio pensé que era un problema de comunicación.

Después entendí que estaba interpretando mal la situación.

Aquello no era una discusión económica.

Era una discusión hortícola.

La oposición hablaba de zapallos.

El oficialismo respondía sobre zanahorias.

Y los nabos asentían con gravedad institucional.

Doce horas.

Doce horas de zapallos, zanahorias y nabos.

La economía apareció de manera ocasional, como esos familiares que llegan tarde a los casamientos.

Mi psicoanalista sostiene que las personas escuchan para comprender.

Yo tenía mis dudas.

Ahora tengo certezas.

Las personas escuchan exclusivamente para detectar una pausa que les permita volver a hablar.

Por eso la política moderna ha desarrollado una técnica brillante.

  • Si le preguntan por la inversión, responda empleo.
  • Si le preguntan por el gasto, responda inflación.
  • Si le preguntan por el déficit, responda salarios.
  • Y si la situación se pone realmente incómoda, mencione el contexto internacional.

El contexto internacional es el comodín perfecto.

Sirve para todo.

Si las cosas salen bien, es mérito de una gestión responsable en un contexto internacional complejo.

Si salen mal, es culpa del contexto internacional complejo.

Es una herramienta tan versátil que debería formar parte de la canasta básica.

Lo más impresionante de la interpelación fue su desenlace.

Después de doce horas de cifras, gráficos, diagnósticos, advertencias y pronósticos, cada sector seguía pensando exactamente lo mismo que pensaba antes de sentarse.

La oposición continuaba preocupada.

El oficialismo continuaba satisfecho.

Nadie había cambiado de opinión.

Nadie había cedido un centímetro.

Nadie parecía especialmente sorprendido por eso.

Y entonces llegó la votación final.

El Senado concluyó que existe un rumbo económico claro y consistente.

Lo cual tiene una belleza institucional difícil de igualar.

Imaginen una final del Campeonato Uruguayo que terminara con el siguiente comunicado:

«Tras un profundo análisis del encuentro, Nacional sigue creyendo que debía ganar y Peñarol sigue creyendo que debía ganar».

Técnicamente es una conclusión.

Pero uno sospecha que no era necesario jugar noventa minutos para descubrirla.

Quizás esa sea la verdadera función de las interpelaciones.

No convencer.

No persuadir.

No resolver desacuerdos.

Simplemente certificar que cada uno mantiene intactas las convicciones con las que llegó.

Una especie de escribanía republicana.

Se entra con una opinión.

Se sale con la misma opinión, pero ahora encuadernada, foliada y acompañada de una versión taquigráfica.

Mientras tanto, los zapallos siguen hablando de zapallos.

Las zanahorias siguen respondiendo sobre zanahorias.

Y los nabos siguen convencidos de que el problema son los otros.

Lo único inquietante es que, después de doce horas observando la sesión, uno empieza a sospechar que las verduras no estaban en las bancas.

Estaban mirando la transmisión.

Hasta la próxima, si es que hay…

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