Durante los últimos años se ha instalado con fuerza una frase que parece haber adquirido el estatus de verdad incuestionable: “las mujeres y los niños no mienten”. Repetida en ámbitos políticos, jurídicos, mediáticos y sociales, ha terminado funcionando más como un axioma que como una afirmación susceptible de ser contrastada empíricamente.
Sin embargo, desde la psicología del testimonio, la psicología cognitiva, la psiquiatría, la criminología y las ciencias forenses, esa afirmación carece de sustento científico.
La evidencia acumulada durante décadas converge en una conclusión clara: no existe ningún grupo humano cuya pertenencia por sexo o edad constituya un indicador de veracidad. La credibilidad de un testimonio no puede inferirse a partir de quién habla, sino de cómo fue obtenido, cuál es su calidad, su consistencia y su grado de corroboración con el resto de la evidencia.
Este principio constituye uno de los pilares de la evaluación forense moderna.
Credibilidad
La investigación científica ha demostrado que la memoria humana no es una reproducción literal de los acontecimientos. Desde los trabajos clásicos de Frederic Bartlett hasta las investigaciones de Elizabeth Loftus sobre memoria y sugestión, sabemos que recordar implica reconstruir la experiencia. En ese proceso intervienen expectativas, emociones, información posterior a los hechos, influencia social, preguntas sugestivas, sesgos cognitivos y múltiples variables contextuales.
Por esa razón, la psicología contemporánea ha abandonado hace décadas la idea de que la sinceridad subjetiva garantiza la exactitud objetiva de un relato.
Una persona puede estar absolutamente convencida de que recuerda correctamente un hecho y, aun así, estar recordándolo de manera parcial, distorsionada o contaminada.
En el caso de los niños, la evidencia es especialmente abundante. Las investigaciones muestran que pueden proporcionar testimonios de gran calidad cuando las entrevistas se realizan mediante protocolos validados científicamente, como las entrevistas forenses estructuradas. Pero esas mismas investigaciones también demuestran que los niños presentan una mayor vulnerabilidad a la sugestión, a la repetición de preguntas, a la presión de figuras de autoridad, a la contaminación de la memoria y a la incorporación involuntaria de información externa cuando las entrevistas son inadecuadas.
Precisamente por ello existen protocolos internacionales específicos para entrevistar a niños. Si los niños fueran incapaces de mentir, confundirse o ser influenciados, dichos protocolos simplemente no serían necesarios.
Del mismo modo, afirmar que las mujeres constituyen un grupo intrínsecamente veraz carece de cualquier fundamento empírico. La psicología no reconoce diferencias que permitan concluir que el sexo determina la credibilidad de un testimonio. Las mujeres, al igual que los hombres, pueden decir la verdad, mentir deliberadamente, equivocarse, interpretar erróneamente una situación, reconstruir recuerdos de manera imperfecta o verse influidas por múltiples procesos psicológicos perfectamente documentados.
Las ciencias del comportamiento estudian procesos humanos, no categorías morales.
Por eso, en psicología forense nunca se evalúa la credibilidad a partir de atributos personales como el sexo, la edad, la profesión o la posición social. Se analizan variables objetivas: la riqueza narrativa, la consistencia interna, la estabilidad del relato, la compatibilidad con la evidencia independiente, el contexto de obtención del testimonio, la posible contaminación de la memoria y la presencia o ausencia de indicadores empíricamente validados.
La ciencia no pregunta quién habla.
Pregunta cómo se obtuvo ese relato y qué evidencia permite sostenerlo.
Esta diferencia no es menor. Constituye la frontera entre el conocimiento científico y el pensamiento dogmático.
Transformar una categoría social en un criterio automático de credibilidad implica abandonar el método científico para sustituirlo por un prejuicio, aunque ese prejuicio se presente con una finalidad aparentemente noble.
La historia demuestra que los absolutos casi nunca sobreviven al análisis científico.
“No todos los hombres mienten” es una afirmación falsa.
“Todas las mujeres dicen la verdad” también lo es.
“Los niños nunca mienten” igualmente carece de respaldo empírico.
Las ciencias forenses no trabajan con consignas ni con identidades; trabajan con hipótesis, probabilidades, metodología y evidencia.
La función de la justicia tampoco consiste en creer o descreer según la identidad de quien declara.
Su función consiste en investigar.
Porque cuando los eslóganes sustituyen al método, la búsqueda de la verdad deja de depender de la evidencia y comienza a depender de la pertenencia a un determinado grupo. Y ese es, precisamente, el momento en que la justicia deja de ser ciencia para convertirse en ideología.
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