La cárcel de los buenos sentimientos

Hay estudios científicos que descubren una vacuna. Otros encuentran un planeta. Algunos logran descifrar el genoma humano.

Y después está el estudio publicado por El Observador junto con investigadores de la Universidad de la República (https://www.elobservador.com.uy/nacional/estudio-revela-que-los-uruguayos-reclaman-mas-castigo-al-delito-pero-ponen-un-limite-la-mano-dura-n6052698), que acaba de demostrar algo muchísimo más extraordinario: el uruguayo es capaz de sostener dos ideas aparentemente incompatibles sin que se le recaliente el cerebro.

No es un dato menor. Si la física cuántica tiene el gato de Schrödinger, nosotros tenemos al ciudadano de Montevideo, Salto o Tacuarembó, que consigue convivir con dos impulsos distintos al mismo tiempo sin experimentar el menor cortocircuito intelectual. Confieso que, cuando empecé a leer el estudio, pensé que había algún error metodológico. Después seguí leyendo. Y terminé sospechando que el error metodológico era yo.

El estudio muestra que los uruguayos quieren penas más severas para los delincuentes, reclaman mayor firmeza frente al delito y sienten un profundo rechazo cuando un criminal reincide. Hasta ahí parece la radiografía de una sociedad que perdió definitivamente la paciencia.

Sin embargo, apenas uno avanza unas páginas aparecen los matices: esa misma ciudadanía rechaza la humillación de los presos, sigue creyendo que la rehabilitación es importante y pone límites muy claros a cualquier forma de crueldad. Lejos de parecerme una contradicción, esa posición me resultó perfectamente razonable.

El problema apareció cuando empecé a pensar en todo lo que esperamos que una sola política pública sea capaz de hacer. Porque el estudio, en el fondo, no habla solamente de cárceles. Habla de nosotros.

Habla de una costumbre muy uruguaya: esperar que una misma decisión produzca todos los beneficios imaginables sin generar ninguno de sus costos inevitables. Queremos seguridad, rehabilitación, respeto por los derechos humanos, menos reincidencia, tranquilidad para las víctimas y cárceles que no parezcan hoteles. Todo al mismo tiempo.

Es una aspiración noble. También es bastante exigente para un edificio con rejas.

Y cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que esa forma de razonar aparece en casi todos los debates públicos. Queremos bajar los impuestos sin reducir ningún gasto. Queremos un Estado más eficiente, pero sin cerrar ninguna oficina. Queremos mejores salarios, más inversión, menos déficit y tarifas más bajas, preferentemente antes de fin de mes. Nos entusiasma el resultado, pero desconfiamos profundamente del camino necesario para alcanzarlo.

Es como pedirle a un destornillador que también funcione como martillo, llave francesa y abrelatas. Tarde o temprano uno termina golpeándose un dedo.

Se lo comenté a mi madre.

Mi madre pertenece a esa generación que cree que cualquier discusión filosófica termina resolviéndose con una mezcla de buenos modales, sentido común y caldo de pollo. Escuchó pacientemente toda mi explicación sobre la encuesta, esperó que terminara y me miró con esa expresión que utilizan las madres cuando sospechan que el hijo acaba de complicar innecesariamente algo muy sencillo.

-No entiendo dónde ves el problema.

-En que queremos muchas cosas al mismo tiempo.

-¿Y?

-Que a veces esas cosas tiran para lados distintos.

-No necesariamente.

Mi madre apoyó el mate sobre la mesa y adoptó ese tono de maestra de cuarto año que utiliza cuando siente que en el fondo, alguna limitación debo tener.

-Una persona puede querer que un delincuente reciba una pena severa y, al mismo tiempo, creer que no debe ser humillado. Una cosa no contradice la otra. Se llama educación.

Tiene razón.

De hecho, esa es probablemente la parte más sensata de toda la discusión.

El problema empieza un paso después. Porque no nos conformamos con pedir una pena justa y un trato digno. Esperamos que la cárcel castigue, rehabilite, disuada, proteja a la sociedad, tranquilice a las víctimas y convierta al delincuente en un ciudadano ejemplar. Todo con el mismo presupuesto, el mismo edificio y las mismas personas.

Ahí fue cuando apareció mi primo Carlos.

Carlos no leyó el estudio como un ciudadano.

Lo leyó como un gerente de proyectos.

Esperó que terminara de contarle las conclusiones, tomó un sorbo de mate y anunció que el sistema penitenciario uruguayo estaba mal diseñado.

-¿Y cuál sería tu solución?

-Hay que construir cárceles cinco estrellas.

Confieso que no era la respuesta que esperaba.

-¿Cinco estrellas?

-Sí. Biblioteca, gimnasio, talleres, psicólogo, cancha de fútbol y pileta climatizada.

-¿Y el castigo?

Carlos me miró con una mezcla de paciencia y lástima.

-El castigo está en los detalles.

-¿Qué detalles?

-Las almohadas.

-¿Las almohadas?

-Durísimas. Que parezcan de piedra. Y las duchas con el agua apenas tibia. Hay que lograr que nadie quiera volver, pero que ningún organismo internacional pueda quejarse.

Lo extraordinario no era la propuesta.

Era que, por un instante, sonaba completamente uruguaya.

Carlos tampoco había terminado.

-Los presos además deberían trabajar doce horas por día.

-Ahora apareció la mano dura.

-Esperá.

Me equivoqué.

-Pero con descanso intermedio, licencia reglamentaria, cobertura médica, negociación colectiva y sindicato.

-¿No es demasiado?

-No podemos combatir el delito violando derechos laborales.

Lo dijo con la misma seriedad con la que un ingeniero explica el cálculo estructural de un puente.

En ese momento entendí que Carlos tampoco estaba siendo contradictorio.

Estaba llevando hasta el absurdo esa costumbre tan nuestra de querer quedarnos con todas las ventajas y renunciar a todos los costos.

El único intelectualmente consistente de la familia terminó siendo Archibald.

Si alguien le roba un hueso, reclama cadena perpetua.

Pero si el ladrón es él, inmediatamente impulsa políticas de reinserción social.

Y si uno lo descubre escondiendo en el jardín el hueso del perro del vecino, desarrolla una teoría jurídica sorprendentemente sofisticada según la cual no existió robo porque el hueso estaba «en situación de abandono». Nunca vi un perro tener tan claro el Derecho Penal y la Teoría de la Pena.

Después mueve la cola, pone cara de víctima y espera que le rasquen la panza.

Pero estoy convencido de que conoce perfectamente la diferencia entre ser el acusado y ser el acusador. Nunca vi un perro tener tan claro el Derecho Penal y la Teoría de la Pena. Tampoco vi humanos que la tengan clara.

Porque muchos hacemos exactamente lo mismo. Si el delincuente es otro, queremos todo el peso de la ley. Si el infractor somos nosotros porque dejamos el auto cinco minutos en doble fila, entonces corresponde analizar el contexto, las circunstancias personales, la urgencia del trámite y, eventualmente, la posición del sol respecto del parabrisas.

Después de leer el estudio llegué a una conclusión que no esperaba.

No creo que los uruguayos seamos un pueblo contradictorio.

Creo que somos un pueblo extraordinariamente optimista.

Confiamos en que siempre existe una solución capaz de eliminar todos los costos y conservar todos los beneficios. Esperamos que una sola política resuelva cinco problemas distintos y no genere ninguno nuevo. Aspiramos a una cárcel que castigue sin ser duro, rehabilite sin fracasar, proteja sin deshumanizar y deje conformes tanto a la víctima como al victimario.

Es una aspiración hermosa.

También es bastante difícil.

Mi madre dice que eso demuestra que seguimos siendo una sociedad profundamente humanista.

Mi primo Carlos sostiene que demuestra que vivimos instalados en un cuarto intermedio permanente.

Yo sigo sin saber quién tiene razón.

Lo único que sé es que, si algún día hacen una encuesta preguntando si los uruguayos somos contradictorios, una amplia mayoría responderá que no. Y acto seguido pedirá una segunda pregunta. Para matizar la primera.

Hasta la próxima, si es que hay…

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