Destrucción: La principal estrategia política uruguaya

Hay un deporte nacional que es constante, infalible e inmutable: destruir todo lo que hizo el gobierno anterior. No importa si era de derecha, de izquierda, del medio o del limbo. Si lo hizo “el otro”, entonces hay que denostarlo, achicarlo o directamente hacerlo volar por los aires. Y ojo, no hablo de crítica seria y necesaria. Hablo de ese vicio político tan criollo que consiste en meterle serrucho a cualquier logro ajeno, aunque haya funcionado, aunque estuviera en marcha, aunque el país lo necesitara. Total, el que paga la fiesta siempre es el mismo: el ciudadano.
En Uruguay esto se ve como el mate: en todos lados y a toda hora. Llega un gobierno y decide que lo anterior era un desastre, pero no un desastre común, sino un desastre “fundacional”, de esos que ameritan borrar todo y arrancar de cero. Ya conocés la cantinela. Un día te anuncian que lo que se hacía para combatir el tráfico de Velho Barreiro contrabandeada de la frontera Rivera/Livramento no sirve, a pesar de que estaba andando. Otro día te cambian los planes para aprender a nadar, justo cuando todos empezaban a entender la efectiva técnica implementada por los que estaban antes. O te frenan una obra porque la idea fue de otro color político, como si los puentes o las rutas tuvieran preferencia partidaria.

Costos del retroceso
El país no avanza porque está demasiado ocupado destruyendo lo que ya había avanzado. Es como ver a alguien correr en una cinta: deja la vida, pero no se mueve un centímetro. Y encima, sudado.
Retroceso en el crecimiento Proyectos largos, serios, de esos que requieren continuidad para funcionar… se frenan, se doblan o se tiran al tacho. Imaginate planificar infraestructura o innovación si cada cinco años viene un señor nuevo con tijera en la mano. Después nos preguntamos por qué la inversión privada mira, sonríe con nerviosismo y prefiere esperar sentada o agarra y vende todo y se va a Argentina o a Paraguay.
Pérdida de dinero Uruguay ama gastar plata en cosas que no llega a usar. Estudios, licitaciones, obras empezadas, contratos rotos, sistemas que arrancan y mueren antes de cumplir un año. Todo para que el próximo gobierno pueda decir “no era por ahí” y empezar su propio circo. Es como comprar una casa para luego tirarla abajo y decir que la próxima va a quedar divina.
Pérdida de tiempo Cada administración llega como si fuera el primer humano en pisar la Tierra. Hay que inventarlo todo de nuevo: políticas, estrategias, comisiones, comités, nombres rimbombantes. En vez de mejorar lo que está, lo desarman. El país vive en un eterno reinicio, tipo videojuego pero sin diversión.
Erosión de la Capacidad Estatal
Equipos técnicos que saben lo que hacen quedan afuera porque sus caras no combinan con el partido de turno. El conocimiento se va, los procesos se pierden, y después nos jactamos de “profesionalizar el Estado” mientras seguimos contratando por afinidad y no por capacidad. Un clásico.

La estupidez  y los intereses
El motor de esta carnicería política es tan viejo como predecible: poder, revancha y la necesidad infantil de que el otro quede como un inútil. No es gestión, no es visión país, no es futuro. Es un campeonato interno de a ver quién marca más territorio.
Intereses Propios, No del País
Si el gobierno anterior hizo algo bueno, hay que borrarlo cuanto antes. No sea cosa que la gente recuerde que funcionaba. La lógica es simple y deprimente: si el adversario aparece competente, la propia narrativa se cae como castillo de cartas mojadas.
El pensamiento crítico se convierte en pensamiento destructivo. “Todo lo anterior era basura, ahora sí empieza la civilización”. Ese discurso vende, lamentablemente. Es más fácil romper que construir, siempre lo fue.

El Poder, lo único que interesa
Y acá viene lo más jugoso, lo que explica por qué esta rueda nunca deja de girar.
Permanencia para el saqueo
El poder no suele entenderse como servicio, sino como oportunidad. La ventanilla del Estado se vuelve un cajero sin límite. Hay que aprovechar mientras dura, viste cómo es.
Despilfarro y amiguismo
La teoría es que entran los mejores. La práctica es que entran los más amigos. Cargos nuevos, sueldos grotescos, competencias difusas. Uruguay no será el país más corrupto del mundo, pero para hacer clientelismo tiene un talento notable.
Castigo al productor
Mientras el Estado se llena de agujeros, el contribuyente paga la factura. El campo, el comerciante, el laburante urbano, el emprendedor… todos pagando para sostener un aparato estatal que a veces parece diseñado exclusivamente para distorsionar la economía y sostener a militantes.

Así las cosas cada vez que un gobierno se dedica a destruir los logros del anterior, está confesando que no gobierna para el país, sino para su propio espejo. Y entre tanta vanidad, tanto ombligo, tanto cálculo de comité, quienes terminan perdiendo somos los mismos de siempre: los que vivimos acá, pagamos impuestos y tenemos la mala costumbre de esperar un país que funcione mejor que un ventilador de feria.

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