Mi tristeza navideña y los abrazos que enderezan el alma

Se acerca la Nochebuena y, la melancolía de siempre, aparece confianzuda como quien se reencuentra con un viejo amigo, pero lo hace cantando cumbias y pidiendo silla extra. La dejo entrar, porque aprendí que diciembre es como ese vecino que aparece con una historia rara bajo el brazo: a veces molesta, pero siempre deja algo bueno.

Antes, cada diciembre me encontraba recordando Vichadero como si la infancia hubiese sido un drama de novela turca. Pero ahora, cuando miro para atrás, todo ese pasado se me aparece con la gracia de una obra de teatro mal ensayada, donde nos pasaban cosas tremendas pero igual seguíamos corriendo, riendo o comiendo fideos recalentados en la cena de navidad, medio tristes, pero honestos.

La calle de tierra hacia nuestra casa parecía interminable, sí, pero hoy la recuerdo como un tobogán que nos llevaba directito al caos familiar. Mis padres y mis hermanos estaban ahí, cada uno con una expresión digna de cuadro renacentista versión “estamos fundidos pero igual seguimos”.

Un diciembre de aquellos mi hermano menor, flamantes siete años y cero criterio, protagonizó la primera escena navideña legendaria de nuestra vida. El viento de una tormenta que empezaba y que lo agarró en la calle mientras volvía de hacer un mandado, lo levantó como si fuera propaganda turística de un tornado y lo hizo volar varios metros como un Superman improvisado y sin control; volvió a casa convencido de que Papá Noel había intentado secuestrarlo por haberse portado mal. Un gurí temblando, el pelo parado para todos lados, y nosotros tratando de no reír. Esa imagen quedó en mí como una chispa que me hace reír cada vez que lo recuerdo, como si me estuvieran contando un chiste nuevo.

Mientras tanto, las casas vecinas brillaban como si compitieran por un premio internacional de luces y aromas. Asado por acá, música por allá, gente feliz por todos lados. Nosotros del otro lado, con los fideos recalentados que lanzaban al aire un vapor que no se atrevía a subir de manera juguetona. Antes lo recordaba con una punzada; hoy lo veo como el menú degustación del esfuerzo: “Fideos Edición Navidad, recalentados con cariño y un toque de resignación gourmet”.

Pero una vez hubo un milagro navideño. Cuatro días después de un 25, aparecieron unas motitos a fricción en una ventana. Papá Noel venía tarde, según mi madre, porque seguramente se había perdido o porque, para qué negarlo, la ausencia de un árbol de navidad en casa, lo terminó desorientando y dejó la cosas en cualquier lado. Esa pequeña mentira piadosa fue un puente improvisado, hecho con alambre emocional, pero que nos alcanzó para sentir que también nos tocaba algo de la magia del mundo. Hoy lo recuerdo como cuando te llega el delivery atrasado, pero viene con un postrecito de regalo.

Crecí. La Navidad, en cambio, quedó atrapada en esa versión pasada, como un cassette que uno guarda aunque ya no tenga dónde reproducirlo. Y sí, hubo años bravos, como esa Navidad en la que mi padre se fue unos días antes. Aquello fue duro, claro, pero el tiempo se encargó de convertir el dolor en una especie de amigo silencioso que hoy camina atrás mío, sin estorbar.
Porque la Navidad, al final, es un nudo simpático donde se mezclan la vida, lo que falta, lo que duele y lo que alegra. Es ese revoltijo emocional que uno arregla con paciencia, humor y un chorrito de esperanza. Ya entendí que no todas las infancias se parecen a un cuento, pero algunas, vistas desde lejos, terminan siendo mejores historias que los cuentos mismos.

Y por eso, en estas fiestas, te deseo algo bien sencillo pero poderoso: que encuentres un momento de luz, aunque sea mínimo, como esa primera chispa que prende el fuego del asado. Que quien tenga mesa llena disfrute a lo grande. Que quien tenga poquito lo comparta con orgullo. Y que nadie se quede sin ese abrazo que te llena de paz sin hablar demasiado.

Yo sigo con mis grietas, claro, pero ya aprendí a convivir con ellas como quien convive con un perro viejo: gruñe a veces, pero acompaña. Y cada vez que abrazo a mi familia, algo dentro mío se vuelve a acomodar con la suavidad de un adorno que por fin encuentra su lugar en el árbol.

Ojalá que vos también encuentres esos abrazos que te dejan el corazón derechito y listo para brindar. Y si vienen acompañados de fideos recalentados o de una motito a fricción tardía, no importa, igual es válido. Porque esas cosas, cuando mirás atrás, son las que te marcan en la vida.

Ahora diciembre trae su combo completo: el aroma del asado propio, la memoria de dos motitos rojas de lata, el recuerdo del hermano volador y la certeza de que la vida sigue cambiando sin pedir permiso. Cuando armo el árbol, siento al niño que fui, observándome con los ojos inundados de lágrimas de tristeza desde alguna esquina polvorienta de aquella calle. Antes me incomodaba. Ahora no. Hoy le digo “vení”, lo abrazo con ternura, como queriendo enderezarle el alma, y le susurro suavemente al oído: “Tranquilo, gurí, tranquilo. Todo valió la pena”.

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