El estado no resuelve problemas porque el problema es el estado

En Uruguay, los sucesivos gobiernos han llegado a la conclusión de que un estado grande, enorme, lento e ineficiente, se arregla … ¡agrandándolo más! Hemos llegado a un punto de sofisticación tal que estamos convencidos de que la única forma de arreglar una oficina que no funciona es creando una Secretaría de Monitoreo de Oficinas que No Funcionan. Para ello se crean 20 cargos de confianza, 20 directores con 20 secretarios, 20 asesores, con sus 20 secretarios correspondientes, 20 choferes, porteros, servidores de café, limpiadores, guardias…de un solo golpe ¡200 carguitos creados!

El ingreso al Estado uruguayo es el verdadero «sueño charrúa». Olvidate del sector privado, de la innovación o de competir con el mundo; la verdadera estabilidad se alcanza con el noble arte del acomodo.

Aquí no importa si no sabés prender una computadora porque si estuviste en el estrado del candidato correcto, repartiste suficientes listas en la feria o sos el primo segundo del vecino del alcalde de tu pueblo y lo votaste, tenés un lugar asegurado. El resultado es un ejército de «expertos» cuya única competencia probada es la capacidad de cebar un mate mientras te dicen: «Se me cayó el sistema, pasate mañana».

Para financiar este zoológico de cargos de confianza y asesores con sueldos de astronauta, los gobernantes recurren a la vieja y confiable liturgia del tarifazo.

La Lógica: Si el Estado gasta de más, la culpa no es de la ineficiencia, es de la tarifa que está «desactualizada».

La Realidad: Pagamos la energía, el combustible y el IVA a precios de lujo para sostener una estructura que funciona mal y que año a año empeora.

Es una estafa piramidal elegante: te venden que el Estado es «el escudo de los pobres», pero ese escudo pesa tanto y es tan caro de mantener que termina aplastando al pobre. Un problema, el exceso de burocracia, no puede solucionar la economía; simplemente se dedica a devorarla.

Es tierno (si no fuera indignante) ver las discusiones parlamentarias. Se gritan, se acusan de «herencias malditas» y prometen austeridad franciscana. Pero cuando cruzan el umbral del poder, se produce una metamorfosis mágica: la tijera se convierte en CTRL C – CTRL V un copia y pega de las políticas de acomodo y de gastos innecesarios de los tan criticados anteriores gobernantes.

Y la pregunta que queda ahí picando es: ¿Por qué nadie se anima a achicar el Estado?

El Pánico Electoral: Saben que el empleado público es un votante cautivo. Tocar un privilegio es comprarse un boleto directo a la llanura política.

El Terror Sindical: La sola idea de racionalizar un servicio genera un paro general preventivo que te deja el país más quieto que foto de carnet.

La Comodidad del Poder: Es mucho más fácil criticar el despilfarro ajeno cuando sos oposición, que renunciar a la posibilidad de colocar a tus propios «compañeros» cuando sos gobierno.

Lo que en otros lugares llamarían falta de coraje, aquí lo rotulamos como «prudencia institucional». Somos tan prudentes que preferimos que el país se hunda lentamente por el peso de su propia burocracia antes que arriesgarse a una reforma que quite el sueño a los privilegiados del presupuesto nacional. Y al final, el ciclo se repite: el nuevo gobierno critica los vicios del anterior mientras firma las designaciones directas de sus propios amigos.

En Uruguay, lo único que crece más rápido que la inflación es la cantidad de gente viviendo del esfuerzo de los que todavía se animan a trabajar e invertir. Con este panorama, no esperamos que las cosas mejoren, es más, con que no empeoren demasiado ya está bien. El problema es que todo está empeorando tan lentamente que lo confundimos con “estabilidad”. Nada mejora. Todo se oxida de manera prolija. El estado para mantener su enorme estructura genera rigidez en la economía, crea privilegios para los (Improductivos) “compañeros” castigando al empresario y al trabajador privado, perpetuando y agudizando los problemas que dice combatir.

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