Hoy vivimos rodeados de agendas.
Está la Agenda 2030, que promete arreglar el planeta para dentro de cinco minutos pero siempre empieza el lunes que viene. Está la agenda política, que cambia según la encuesta del día. Y después está mi agenda personal, donde anoto cosas realmente importantes: los días y horarios en que tengo que tomar las pastillas. A cierta edad, el pastillero ya parece una farmacia de barrio.
Pero hay una agenda de la que casi nadie habla: la agenda vegetariana.
El vegetarianismo, como movimiento moderno, empezó a ganar fuerza en los años 60 y 70. Fue la época de la contracultura hippie, el “haz el amor y no la guerra”, las comunas, el regreso a la naturaleza, el rechazo al consumo industrial y el nacimiento del ambientalismo moderno. En ese caldo cultural, dejar de comer carne empezó a verse como un gesto ético, saludable y casi espiritual.
En realidad la idea venía de mucho antes.
La primera Sociedad Vegetariana se fundó en Inglaterra en 1847. Filósofos como Pitágoras, siglos antes, ya promovían dietas sin carne por motivos morales. Pero durante mucho tiempo eso fue una rareza de filósofos, místicos o excéntricos.
La expansión masiva vino mucho después.
Y ahí es donde aparece el detalle interesante.
Porque mientras la gente soñaba con un mundo más puro, más verde y más amable con los animales, algunos señores muy bien alimentados empezaron a mirar números. Población mundial, producción de alimentos, recursos disponibles. En 1900 había 1.600 millones de personas en el planeta. Hoy somos más de 8.000 millones. Y alimentar a todo ese zoológico humano con proteína animal no es exactamente barato.
Criar ganado consume mucha tierra, agua y granos. Para producir un kilo de carne vacuna pueden necesitarse hasta 15.000 litros de agua y varios kilos de alimento vegetal. Es decir: si todos comen carne como un asado dominical permanente, el planeta empieza a crujir como parrilla vieja.
Entonces apareció una solución elegante: convencer a una parte de la población de que comer plantas no solo es necesario, sino moralmente superior.
Y funcionó bastante bien.
De golpe, millones de personas abrazaron la nueva ética alimentaria. Comer carne empezó a mirarse con sospecha. Aparecieron campañas contra la crueldad animal, documentales dramáticos, hamburguesas vegetales que intentan parecer carne pero que curiosamente cuestan el doble.
Mientras tanto, en algún lugar del mundo, un señor muy poderoso levantaba una copa de vino frente a un bife perfectamente marmolado y pensaba: “Excelente campaña, muchachos”.
Porque si una parte considerable de la humanidad se dedica a comer hojas, semillas y tofu, la presión sobre la proteína animal baja. Y las parrillas siguen funcionando… al menos para ellos.
Pero ni siquiera eso alcanza cuando la población mundial sigue creciendo como si el planeta fuera infinito.
Entonces empiezan a aparecer otras discusiones: control demográfico, planificación familiar, aborto legal, sustentabilidad, reducción del consumo. Todas presentadas como decisiones individuales, derechos, avances sociales o necesidades ambientales.
Lo cual puede ser cierto.
O también puede ser, visto con un poco de cinismo, una coincidencia bastante conveniente para quienes prefieren un planeta con menos gente compitiendo por los recursos.
Al final, la historia humana tiene un patrón bastante repetido: las grandes ideas siempre vienen envueltas en nobles principios, discursos altruistas y buenas intenciones.
Y casi siempre, en algún lugar detrás del telón, hay alguien contando cuántos bifes quedan en la parrilla.
Mientras tanto, nosotros seguimos con nuestras propias agendas.
La mía, por ejemplo, dice que a las 10:30 me toca la pastilla para la presión.
Porque uno podrá discutir conspiraciones globales, filosofías alimentarias y agendas planetarias… pero si se olvida la pastilla, el que se queda sin recursos primero es el corazón.
Y ese sí que no tiene reemplazo vegetariano.
