Me dijo, casi sin voz: -No te vayas, por favor…
Pero los dos sabíamos.
Ella sabía que no podía quedarme.
Y yo sabía que ya no me estaba permitido hacerlo.
Entonces estiré la despedida todo lo que pude.
Hasta la punta de los dedos.
Hasta ese instante absurdo en que dos manos quieren seguir unidas aunque los brazos ya no alcanzan.
Y me fui.
Afuera, la calle seguía siendo la calle. El ruido, los autos, alguna conversación perdida que se escapaba de un bar. El viento soplaba con una prisa rara, como si tuviera urgencia por llevarme a algún lado antes de que me arrepintiera.
El perro de siempre apareció desde la vereda de enfrente.
El mismo callejero que cada tanto venía a buscar una caricia como quien pasa a saludar a un viejo amigo. Caminó hacia mí despacio, con la cabeza baja y la cola escondida entre las patas, como si entendiera algo que nadie le había explicado.
Me agaché.
Le sostuve la cabeza entre las manos.
Le rasqué detrás de las orejas, donde sabía que le gustaba.
-Adiós, querido amigo -le dije.
Y por un segundo tuve la sensación absurda de que él también se estaba despidiendo.
Me levanté y seguí caminando.
Caminé como quien no sabe a dónde va… aunque en el fondo lo supiera demasiado bien.
Ella me esperaba más adelante.
Siempre igual.
Impasible.
Serena.
Como alguien que no discute con nadie porque sabe que, tarde o temprano, todos terminan llegando.
Fui hacia ella intentando mantener la calma. Como si estuviera dando un paseo cualquiera. Como si el miedo no me estuviera mordiendo por dentro con dientes invisibles.
Ella levantó la vista.
Me vio.
Y empezó a acercarse.
Paso lento.
Seguro.
Con la tranquilidad de quien nunca llega tarde.
Cuando estuvo frente a mí, me tendió la mano.
La tomé.
Y empezamos a caminar.
Detrás quedaron las luces del hospital, que se iban apagando de a poco en mis ojos, como esas ciudades que se achican cuando el tren arranca.
Giré apenas la cabeza.
Y ahí estaba mi compañera. La de toda la vida.
Aferrada a mi mano con una fuerza desesperada, como si quisiera retener algo que ya se estaba soltando.
Lloraba.
No con gritos.
No con escándalo.
Con ese llanto manso y profundo que tienen las despedidas que ya no se pueden discutir.
En su cara estaba todo: el amor, el cansancio, la lucha inútil de tantos días… y esa aceptación silenciosa que llega cuando uno entiende que ya no queda nada por intentar.
Nos miramos una última vez.
Después ella empezó a alejarse.
Primero su rostro.
Después su figura.
Después solo una sombra entre las luces blancas del hospital.
Hasta que también las luces se fueron.
Por un instante sentí una confusión suave, como cuando uno despierta en un lugar que todavía no reconoce.
Luego llegó el silencio.
Y después ya no hubo nada más…
