Ilusiones básicas para confundir masas.

¿Aprendemos a pensar?

Se aprende a pensar.
 La ilusión más cara de nuestra época.

Decimos que los cursos, las universidades y la inteligencia artificial enseñan a pensar. La biología humana dice otra cosa. Y la diferencia no es menor.

En las últimas semanas, X se ha llenado de artículos que celebran la inteligencia artificial como la gran revolución del pensamiento humano. “Ahora todos podemos pensar mejor”, dicen. “La IA nos entrena el criterio.” Las notas se comparten miles de veces. Suenan razonables. Y descansan sobre un supuesto que la biología del conocer lleva décadas refutando. Ese supuesto tiene muchas formas. Una de ellas es esta: “los cursos de pensamiento crítico enseñan a pensar”. Otra, más reciente: “la inteligencia artificial nos ayuda a pensar mejor”. Ambas descansan sobre el mismo supuesto implícito, heredado de siglos de cultura occidental: que el pensamiento es una habilidad técnica que se transmite de quien sabe a quien no sabe. Como aprender a manejar. Como seguir una receta.

El problema es que ese supuesto es, biológicamente y humanamente hablando, falso. Y entender por qué no es un asunto académico: tiene consecuencias muy concretas para la educación, para las organizaciones y para lo que está pasando hoy con la inteligencia artificial. Uno de los grandes problemas de la actualidad es que no se tienen claros conceptos básicos.

El modelo que todos usamos sin saberlo

Cuando decimos que “se aprende a pensar”, estamos operando desde el modelo de la instrucción: alguien transmite información → el otro la recibe → el otro cambia. Es el modelo del computador. Ingresa un dato, se procesa, sale un resultado diferente. Es un modelo intuitivo, elegante y completamente equivocado para describir cómo funciona un ser vivo. No somos computadores ni funcionamos algorítmicamente.

La biología del conocer lleva décadas demostrando que el cerebro no es un procesador de información. Lo que nos ocurre cuando recibimos una explicación, una clase o un prompt de IA no es una instrucción que el cerebro ejecuta: es una perturbación. Y lo que hacemos con esa perturbación no lo determina el contenido de lo que recibimos, sino la estructura de quien lo recibe: su historia, sus experiencias acumuladas, la arquitectura neuronal construida a lo largo de toda una vida de interacciones.

La información no cambia la conducta porque la conducta no es resultado del procesamiento de información.

Si esto fuera incorrecto, el mundo funcionaría diferente. Las personas que reciben más información tomarían mejores decisiones. Los médicos, que conocen perfectamente los riesgos del tabaco, no fumarían. Los ingenieros, que saben calcular distancias de frenado, no excederían la velocidad. Los financistas, formados en gestión de riesgo, no harían inversiones temerarias. Y sin embargo, ocurre todo eso. No porque sean poco inteligentes, sino porque la conducta no emerge de la información recibida. Emerge del acoplamiento estructural entre el organismo y su medio y esto no tiene nada que ver con la Universidad.

¿Entonces qué cambia a las personas?

Si la instrucción no transforma, ¿Qué sí transforma? La respuesta está en la misma biología: el cambio real requiere síntesis de proteínas y modificación estructural del sistema nervioso. Lo que llamamos aprender de verdad no es acumular datos en la memoria de trabajo: es que la experiencia vivida deja una huella física en el cerebro, lo que la ciencia llama un engrama. Y ese proceso no ocurre escuchando una clase o leyendo un artículo. Ocurre en la experiencia real, repetida, con consecuencias concretas, en convivencia con otros.

El cachorro de león no aprende a cazar porque la madre le explica la teoría de la caza. Aprende porque convive con ella mientras caza, y en esa convivencia su sistema nervioso se transforma. El mismo principio aplica al ser humano: la formación real no es instrucción, es convivencia. Y la convivencia no se descarga, no se automatiza, no se escala con una herramienta. Si quieren comprobarlo por sí mismos observen cómo resuelve un pájaro su vuelo en distintas circunstancias y cómo aprende a ir por determinados lugares y no por otros.

Para recordar: la diferencia entre instrucción y convivencia no es pedagógica, es biológica. Si usted cree que el mecanismo es la instrucción, diseña cursos y manuales. Si entiende que el mecanismo es la convivencia, diseña flujos relacionales, es allí donde se juega el verdadero partido de la vida y la convivencia.

La ilusión que la IA está amplificando

Nunca antes fue tan fácil obtener una respuesta elaborada, un análisis estructurado, una síntesis de un tema complejo. La inteligencia artificial puede hacer todo eso en segundos, y lo hace bien. El problema no es la herramienta. El problema es la confusión entre recibir un producto del pensamiento ajeno y desarrollar pensamiento propio.

Cuando alguien le pide a una IA que argumente a favor o en contra de algo, que resuma un problema, que genere opciones de decisión, esa persona está obteniendo información elaborada. Pero esa elaboración no pasó por su sistema nervioso. No dejó engrama. No modificó ninguna estructura. La persona sabe más en ese momento, pero no piensa diferente. Y en la próxima situación compleja, necesitará volver a preguntarle a la máquina, porque el proceso que debería haber ocurrido en su propio sistema nervioso fue reemplazado, no potenciado.

Esto es lo que se ha llamado, con precisión, ilusión de conocimiento: la sensación de saber sin haber pasado por el proceso que convierte la información en comprensión real.

La gente está teniendo ilusión de conocimiento a través de una máquina y no está pasando por el proceso de incorporar cosas nuevas.

¿Qué hacer con esto?

Lo primero es separar dos cosas que se están confundiendo. La tecnología puede ampliar de manera extraordinaria lo que las personas hacen: procesar volúmenes de información, automatizar tareas repetitivas, explorar escenarios. Todo eso es real y valioso. Pero la tecnología no puede reemplazar el proceso biológico por el cual un ser humano incorpora algo nuevo a su estructura, lo hace suyo, lo integra con su historia y lo convierte en capacidad de acción real. Es por ello que tenemos mucha información es poquísimo entendimiento. Tal vez esta era se llame la era del reaprendizaje o era del entendimiento. ¿Sabían que lo más difícil es desaprender? Para ello se requiere humildad y hacerse preguntas.

Ese proceso requiere tiempo, fricción, equivocación, convivencia con personas que piensan distinto, consecuencias reales de las propias decisiones y hoy en día todos detrás de un computador ese proceso está enlentecido. Este proceso requiere, experiencia. Y la experiencia no se puede subcontratar.

Lo segundo es revisar qué estamos diseñando cuando diseñamos educación o formación. Si creemos que el pensamiento se enseña con contenidos, seguiremos produciendo personas que saben mucho y piensan igual. Si entendemos que el pensamiento se desarrolla en la convivencia, empezaremos a diseñar entornos donde ocurra algo diferente.

La pregunta que nadie hace en los programas de formación, en los diseños curriculares, en las estrategias de aprendizaje organizacional, es la más importante: ¿qué tipo de convivencia estamos creando? No qué información estamos transmitiendo. No qué herramienta estamos usando. Qué flujo de interacciones reales, con consecuencias reales, está disponible para que las personas transformen su estructura.

Aprender a pensar no es imposible. Es la vía que creemos que funciona la que es una ilusión. No viene de afuera hacia adentro de la información al cerebro, del curso al pensador, del prompt al criterio. Viene de la experiencia vivida a la estructura transformada, de la convivencia real a la conducta cambiada. Esa distinción no es menor. Cambia todo lo que diseñamos cuando queremos que las personas piensen diferente.

 

 

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