Los espías llegados del hielo: una historia en capítulos (Columna II)

 

CAPÍTULO II: Guerra Fría: el gran juego de la desinformación

 

Si el primer capítulo recorrió el camino de la Cheka al KGB como máquina de terror y control interno, este segundo revela su cara más ofensiva: la proyección global a través de las “medidas activas” (aktivnye meropriyatiya).

Para la KGB, el espionaje clásico era secundario. Hasta el 85 % de sus esfuerzos, según testimonios de desertores, se concentraba en operaciones de influencia destinadas a debilitar al adversario desde dentro, sin necesidad de una confrontación militar directa.

Las medidas activas incluían desinformación (dezinformatsiya), propaganda negra, falsificación de documentos, rumores plantados en medios internacionales, creación de proxies y manipulación de movimientos “antiimperialistas”. El objetivo no era solo mentir, sino hacer que el enemigo actuara contra sus propios intereses.

La OLP y la «causa palestina»: el combo perfecto

 

Es en Moscú donde nace -en 1964, 3 años antes de la «Guerra de la 6 días»- la OLP (Organización para liberación de Palestina) y, dato curioso por demás: desde la guerra árabe-israelí de 1948 y como resultado de esta, es decir durante casi dos décadas, los territorios «palestinos (la Franja de Gaza y la Cisjordania) se hallaban bajo ocupación de Egipto y de Jordania respectivamente. Así que, al parecer, la OLP se había creado para liberal a los árabes palestinos de la ocupación árabe egipcio-jordana. Curioso, por lo menos.

Así creada, la OLP fue utilizada como un proxy soviético que permitía a Moscú denegar responsabilidad directa mientras desestabilizaba la región. Documentos del archivo Mitrokhin y testimonios de desertores confirman que la KGB cultivó a Arafat (código “Aref”) y a otros líderes como Mahmoud Abbas (“Krotov”), proporcionándoles no solo recursos materiales sino también una narrativa lista para exportar: el “pueblo palestino” como víctima eterna del imperialismo occidental-sionista. Esta narrativa se replicó en foros internacionales, universidades y medios, sentando las bases de discursos que persisten décadas después.

En este marco encaja el rol de la OLP y Yasser Arafat, un egipcio nacido en El Cairo, pariente directo de un viejo conocido nuestro: el Muftí de Jerusalen, Haj Amín Al-Husseini, antiguo socio del Führer e inspirador de Al-Banna en la creación de la Hermandad Musulmana.

 

La KGB se pone Kufiya y monta camellos

Un caso emblemático fue el rol soviético en la escalada que llevó a la Guerra de los Seis Días de 1967.

El 13 de mayo de ese año, la inteligencia soviética transmitió a Egipto información falsa pero detallada: Israel estaría concentrando entre 10 y 13 brigadas en la frontera con Siria, preparando un ataque inminente para el 17 de mayo. La advertencia llegó por múltiples canales —incluido al propio Anwar el Sadat -de visita en Moscú, casualmente- en Moscú y directamente en El Cairo— y fue presentada como inteligencia confiable.

En realidad, no existía tal concentración masiva. Israel se encontraba más preocupado por las incursiones terroristas desde Siria que por lanzar una ofensiva a gran escala en ese momento.

Egipto, bajo el nacionalista árabe Gamal Abdel Nasser, respondió movilizando tropas al Sinaí, exigiendo la retirada de los cascos azules de la ONU y, el 23 de mayo, cerrando el estrecho de Tirán al tráfico israelí -un acto que Israel consideraba casus belli desde el final mismo de la guerra de 1948.

Lo que comenzó como una maniobra de desinformación soviética terminó en una guerra relámpago que humilló a los aliados árabes de Moscú, pero que el KGB supo capitalizar después para intensificar su campaña antiisraelí.

Esta operación de desinformación se enmarcó en la “Operation SIG” (Sionistskiye Gosudarstva, o “Gobiernos Sionistas”, impulsada con fuerza tras 1967 bajo la dirección de Yuri Andropov.

Según el testimonio del general rumano Ion Mihai Pacepa (el desertor de más alto rango del bloque soviético), el objetivo era inculcar en el mundo islámico un “odio de estilo nazi” hacia los judíos y los estadounidenses, convirtiendo el conflicto árabe-israelí en un proxy permanente contra Occidente.

Es un hecho por demás curioso, pero que no puede ni debe ser obviado: el odio antijudío expresado en el racismo (la versión clásica, que se manifestó durante el período nazi mediante la alianza del Islam con el Nazismo, el pacto Al-Husseini-Hitler) en apenas dos décadas, gracias a la fábrica de ideología de la KGB en la creación de la «causa palestina» como víctima eterna (quitándole ese papel al judío) y la alianza de la URSS soviética -rival, en teoría del nazismo- con el terrorismo islámico. 

 

Sesenta años después, bien pueden decir objetivo cumplido.

La KGB tras los pasos de Cortés

Paralelamente, la KGB no limitaba su juego a Oriente Medio.

Desde la Revolución Cubana de 1959 en adelante, aplicó estrategias muy similares de desestabilización y subversión en América Latina, Central y el Caribe. Cuba se convirtió en el principal puente: la KGB, junto con la inteligencia checoslovaca (StB) -de la cual, Uruguay contó con una insigne Agente, nada menos que el Secretario General del PSU Vivián Trías- y la de Alemania Oriental (Stasi), entrenó cuadros, proporcionó armamento, financiamiento y orientación estratégica a movimientos guerrilleros.

Se apoyó la formación de grupos armados en Venezuela, Colombia, Argentina, Perú, Bolivia, Uruguay, Guatemala, El Salvador y  Nicaragua entre otros. Operaciones como “Manuel” (coordinada por checoslovacos) facilitaron el traslado de revolucionarios y armas.

La KGB cultivó contactos tempranos con figuras como Salvador Allende en Chile o los futuros sandinistas, mucho antes de que llegaran al poder. El objetivo era claro: crear “puntos de apoyo” en el patio trasero de Estados Unidos, exportar la revolución y forzar a Washington a dispersar recursos.

Estas campañas de subversión generaron olas de violencia guerrillera que, a su vez, provocaron reacciones duras -una auténtica oleada de golpes militares en varios países- y polarizaron profundamente las sociedades de la región.  Las técnicas eran las mismas que en Medio Oriente: proxies locales, propaganda, infiltración en sindicatos y universidades, y desinformación para erosionar la legitimidad de los gobiernos pro-occidentales.

El “caso Bezmenov”

En este contexto encaja el testimonio de Yuri Bezmenov, exagente del KGB desertor a principios de los años 80.

En su famosa entrevista de 1984 -que aún hoy se encuentra disponible en Youtube-, explicó con claridad el proceso de subversión ideológica que subyacía a todas estas operaciones.

Según Bezmenov, la KGB no buscaba principalmente conquistar territorios, sino mentes y voluntades, a través de cuatro etapas:

  1. Desmoralización (15-20 años): Corromper la educación, los medios y la cultura para que varias generaciones pierdan el sentido de identidad, valores morales y capacidad de distinguir verdad de mentira.
  2. Desestabilización (2-5 años): Atacar las estructuras económicas, sociales y de defensa, usando sindicatos, movimientos estudiantiles y minorías como palancas de caos controlado.
  3. Crisis (hasta 6 semanas): Provocar un punto de quiebre donde la sociedad exija “cambios radicales” y acepte soluciones autoritarias.
  4. Normalización: Instalar el nuevo orden, donde los “idiotas útiles” -Lenin dixit- que colaboraron suelen ser los primeros en ser purgados.

Bezmenov insistía en que, una vez completada la desmoralización, la sociedad ya no podía defenderse eficazmente porque perdía la capacidad de razonar con hechos. Lo más inquietante: gran parte del trabajo no lo hacían agentes encubiertos, sino “agentes de influencia” y personas convencidas ideológicamente que actuaban por convicción propia.

Estas etapas no quedaron archivadas en 1991. Sus principios —infiltración en educación y cultura, colonización de narrativas en medios, erosión de la verdad objetiva y polarización— reaparecen hoy en formas actualizadas, adaptadas a las redes sociales y al lenguaje del siglo XXI.

Cerrando un Capítulo

La Guerra Fría demostró que la KGB dominaba el “gran juego de la desinformación”. No necesitaba invadir para dañar gravemente a sus adversarios: bastaba con sembrar división, fabricar crisis y esperar que las sociedades se desgarraran internamente.

Esa experticia, redes y mentalidad de guerra política total no desaparecieron con la URSS: se metamorfosearon. Del marxismo-leninismo al eurasianismo putinista, del “Service A”, a las operaciones de guerra híbrida actuales.

La misma lógica, nuevas herramientas y el mismo objetivo estratégico: debilitar las democracias liberales desde dentro.

En la próxima entrega veremos cómo esa mutación se concretó tras la caída del Muro y cómo las viejas técnicas reaparecen hoy en nuestro continente.

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