Por Cecilia Aguirrezabala *
La discusión sobre si la Coalición Republicana debería competir en 2029 bajo un lema único suele plantearse en términos identitarios: si blancos y colorados se sienten cómodos, si sus militancias lo aceptarían, si existiría una mística común. Esos son debates legítimos. Pero hay uno anterior, y más concreto, que casi siempre queda en segundo plano.
Esta discusión es, antes que nada, una discusión sobre rendimiento electoral.
Y eso cambia bastante el foco.
El sistema que los castiga dos veces
Antes de entrar en los argumentos de los dirigentes, conviene entender la mecánica que hace que la fragmentación sea tan cara, especialmente en las elecciones nacionales.
El sistema de asignación de bancas parlamentarias favorece a los lemas grandes y premia la concentración del voto. En las elecciones nacionales de octubre de 2024, el Frente Amplio obtuvo alrededor del 44% de los votos y con eso consiguió mayoría en el Senado y 48 diputados. La suma de los partidos de la Coalición Republicana fue superior — 47% contra 44% — pero al ir bajo distintos lemas, ese caudal se dispersó y rindió menos.
Más votos, menos poder. No es mala suerte. Es la consecuencia lógica y predecible de no unificarse.
Como lo resumió el senador Sergio Botana después de la derrota: «No nos puede volver a pasar que con más votos tengamos menos parlamentarios.»
No es un problema de relato. No es una sensación. Es una consecuencia institucional bastante clara: en las nacionales, la fragmentación cuesta.
El lema único no garantizaría por sí solo una victoria en 2029. Pero sí evitaría una penalización institucional que ya se vio en 2024 y que, de mantenerse, volvería a jugar en contra. La pregunta no es si el lema único resolvería todos los problemas de la Coalición. La pregunta es por qué querría seguir compitiendo en condiciones que ya demostraron perjudicarla.
«La fórmula va a quedar toda blanca»
El primer argumento que circula entre algunos dirigentes colorados es el temor a quedar subordinados: si se hace una interna única de la Coalición, la fórmula presidencial podría terminar siendo dos blancos, dado el peso electoral del Partido Nacional.
El argumento no es absurdo. Los resultados de las internas de 2024 lo ilustran con precisión. Si todos los candidatos de ambos partidos hubieran competido en una sola interna de la Coalición, el ranking habría sido el siguiente:

Delgado y Raffo fueron los dos candidatos más votados — y ambos son del Partido Nacional. Sin una regla acordada de antemano, la fórmula natural hubiera sido toda blanca. El miedo colorado, en ese escenario, es completamente racional.
Pero precisamente por eso el problema no es el lema único. El problema es el diseño de las reglas previas.
Dentro de la propia Coalición ya hay quienes lo vieron. El diputado Rodrigo Goñi propuso que las fórmulas estén integradas por personas de distintos partidos. Aplicada a los resultados reales de 2024, esa regla hubiera producido Delgado–Ojeda: el más votado del PN como presidente, el más votado del PC como vice — aunque Ojeda tuviera menos votos totales que Raffo. La representación bipartidista queda garantizada. El votante colorado tiene un lugar en la fórmula.
En 2019 la Coalición demostró que partidos con historias y culturas distintas pueden acordar un programa común y gobernar cinco años. El paso siguiente es formalizar eso desde antes de la interna, con reglas claras. La pregunta no es si se puede diseñar un acuerdo justo. Es si hay voluntad de sentarse a diseñarlo.
Y acá viene el dato más incómodo para quienes se resisten: la base electoral colorada no acompaña esa resistencia. Una encuesta de El Observador junto a académicos de la Udelar mostró que el 72,4% de los votantes del Partido Colorado considera que la CR debería competir bajo lema único en 2029. Entre los votantes blancos, el guarismo es 68,4%. Los colorados de a pie quieren el acuerdo más que los blancos. Son algunos de sus dirigentes los que frenan.
«Mis militantes no van a hacer campaña por un blanco»
El segundo argumento es más honesto, aunque más incómodo de decir en voz alta: los políticos que militan en los barrios prefieren asegurar su cuota de poder dentro de su partido — una banca, una lista, un cargo — antes que arriesgarse a diluirse en un lema común. El temor a perder visibilidad, sectores, decimales.
Ese argumento merece tomarse en serio. No por una cuestión moral, sino porque describe incentivos políticos reales. Los partidos no son solo ideas: también son trayectorias, estructuras y expectativas de representación.
Pero ese costo potencial tiene que compararse con el costo ya comprobado de seguir fragmentados.
La Coalición Republicana, yendo bajo distintos lemas en octubre de 2024, perdió la mayoría parlamentaria pese a sumar más votos que el Frente Amplio. Cabildo Abierto, que se resistió con más fuerza a cualquier integración, terminó con apenas dos diputados. La fragmentación no protegió a los más chicos. Los dejó más expuestos.
Ganar las nacionales bajo un lema único significa más bancas y más capacidad de gobernar, distribuida entre todos los partidos del acuerdo. La torta es más grande cuando ganás. El miedo al reparto previo no debería pesar más que la certeza de que, perdiendo, no hay nada que repartir.
El dato de Salto en las departamentales de 2025 apunta en la misma dirección, aunque se trate de una elección de naturaleza distinta — en las departamentales el mecanismo es otro y varios candidatos pueden competir bajo el mismo lema sin interna previa. En Salto, donde PN y PC se presentaron juntos bajo el lema CR, el resultado fue 54,8% de los votos y la intendencia arrebatada al FA. El experimento funcionó. Lo que falta no es evidencia. Es coraje.
«Nos falta la mística del Frente Amplio»
Este argumento merece un tratamiento diferente a los anteriores, porque tiene una parte verdadera que no conviene ignorar.
El Frente Amplio tiene una historia fundacional que la Coalición Republicana no puede replicar: la resistencia colectiva a la dictadura como cemento de identidad. La persecución, el encarcelamiento y el exilio de militantes de todo el espectro de la izquierda forjaron una cohesión que no se construye ni se fabrica. Pretender imitar eso sería artificial — y además innecesario.
Pero de ahí no se sigue que la Coalición esté condenada a carecer de identidad común.
No necesita inventarse una épica retrospectiva. Le alcanzaría con asumir con mayor claridad lo que ya existió. Durante cinco años, blancos, colorados, cabildantes e independientes gobernaron juntos con programa común, tomaron decisiones difíciles con acuerdo entre los socios, y el resultado fue un presidente que se fue con más del 58% de aprobación ciudadana. Eso no es poca cosa. Y es propio, no prestado.
Lo que la CR puede ofrecer — y el FA tiene cada vez más dificultad para sostener — es coherencia programática. Al inicio del gobierno de Orsi, dirigentes comunistas del propio gabinete afirmaban públicamente que Maduro había ganado legítimamente en Venezuela, mientras senadores del mismo partido expresaban lo contrario. El programa aprobado en congreso prohibía los barrios privados; el propio Orsi los había defendido como intendente de Canelones. No son diferencias de matiz — son contradicciones que el lema único obliga a silenciar o negociar permanentemente.
Los partidos de la CR comparten una base programática más coherente de lo que sus propios dirigentes reconocen: economía de mercado con responsabilidad fiscal, institucionalidad democrática liberal, inserción internacional pragmática. Ese es el argumento para construir identidad — no desde la épica, sino desde la gestión.
Lo que Montevideo enseña — y lo que no
Hasta acá, el argumento vale para las elecciones nacionales. Las departamentales enseñan otra cosa, y conviene separar ambos planos.
En los comicios departamentales el mecanismo es distinto. Un lema puede presentar varios candidatos sin pasar por una interna previa, y el cargo se define de otra manera. Los ejemplos departamentales no prueban exactamente lo mismo que los nacionales — pero sí agregan una lección complementaria, y no toda apunta en la misma dirección.
Martín Lema obtuvo 298.150 votos en las departamentales de Montevideo de mayo de 2025. Mario Bergara, el intendente electo, obtuvo 252.039. Lema le ganó a Bergara individualmente por más de 46.000 votos. Y sin embargo, Bergara es intendente y Lema no.
No es un error de tipeo. Es el sistema electoral funcionando exactamente como fue diseñado: gana el candidato más votado del partido más votado, no el candidato más votado a secas. El lema Frente Amplio superó al lema Coalición Republicana — 426.386 votos contra 348.590 — y eso es lo único que importa a la hora de definir quién gobierna.
Pero hay una segunda lectura. Dentro del FA, los otros candidatos — Piñeiro y Schelotto — sumaron más de 166.000 votos. Dentro de la CR, Cáceres y García sumaron apenas 47.000. La diferencia no la explica solo el lema: también la explica quiénes acompañan la candidatura principal. El FA no pone relleno; pone candidatos que suman de verdad.
No es la primera vez. En 2020, Laura Raffo fue la candidata individual más votada de Montevideo — y Cosse fue igualmente la intendenta. El mecanismo es siempre el mismo: gana el lema, no el candidato.
El lema único puede corregir una desventaja institucional de partida. Pero no reemplaza la necesidad de construir una oferta atractiva, plural y electoralmente ancha. Unificarse ayuda. No alcanza.
La única pregunta que importa
Los argumentos contra el lema único comparten una característica: ninguno habla de imposibilidad. Todos hablan de incomodidad. La fórmula bipartidista es incómoda de negociar. Ceder protagonismo es incómodo para los militantes. Construir un relato nuevo es incómodo para quienes tienen identidades históricas arraigadas.
Pero la comodidad tiene un precio que ya están pagando: en Montevideo hay 40 años ininterrumpidos de gobierno frenteamplista. En el Senado, el FA tiene mayoría con menos votos que la oposición. Y el candidato más votado de Montevideo en mayo de 2025 no es el intendente.
Habrá que acordar reglas justas para la fórmula. Habrá que cuidar la representación de los socios menores. Habrá que construir candidaturas que ensanchen la base, no que solo ordenen a los ya convencidos. Todo eso es cierto y todo eso es trabajo.
Pero también es cierto que seguir compitiendo fragmentados en las nacionales tiene un costo conocido, concreto y reciente. Y a esta altura ya no puede presentarse como si fuera una fatalidad del destino o una injusticia del sistema.
La Coalición Republicana no pierde porque no puede ganar. Pierde porque elige, conscientemente o no, las condiciones para perder. Y eso, a diferencia de las reglas del sistema electoral, sí tiene solución.
*Consultora en Marketing e innovación
