Mi nombre es Carlos Alfaro, en las redes me conocen como Caalf. Hoy cumplo 85 años. Vivo en Livramento, Brasil. Y sí, pertenezco, sin remedio, a otra época. No soy un tipo “moderno”, ni pretendo serlo. Apenas alguien que ha tratado de entender y adaptarse al mundo actual sin perder del todo el equipaje que carga del siglo pasado, que, con todos sus defectos, al menos no estaba obsesionado con fingir virtudes que no tenía.
Hoy vivimos en una era curiosa: la sensibilidad se ha inflado hasta volverse grotesca, pero la intolerancia ha crecido al mismo ritmo, como una mala hierba. Todo ofende, todo lastima, todo exige disculpas públicas… mientras al mismo tiempo se cancelan personas, se linchan opiniones y se condena al disidente con una ferocidad que haría sonrojar a épocas que supuestamente superamos.
La fragilidad emocional se ha convertido en una especie de credencial moral. Y la corrección política, en vez de civilizar el debate, lo ha convertido en una gigantesca fábrica de hipocresía.
Así que sí, soy un tipo del pasado viviendo en un futuro que muchas veces parece un experimento social fallido. Un mundo donde se predica tolerancia con tono inquisitorio y donde se exige autenticidad… siempre y cuando uno repita exactamente lo que está permitido decir.
A esta altura de la vida, por supuesto, ya no voy a cambiar. Sería ridículo empezar ahora a pedir permiso para pensar o a pedir disculpas preventivas por existir. Me limito a observar cómo este teatro de buenas maneras obligatorias intenta desesperadamente agradar a todo el mundo todo el tiempo… y termina logrando exactamente lo contrario: gente cada vez más crispada, más irritada y más enojada, porque se le exige actuar contra lo que realmente piensa.
En fin. Hoy cumplo 85 años. Feliz cumpleaños para mí.
Y el mundo moderno, con sus modales de plástico, su falsa moral, su doble discurso y su maquillaje de virtudes mal aplicado… que tenga la gentileza de irse bien a la mierda.
He dicho.
NOTA:Para que quede todavía más claro lo irritante que resulta vivir dentro de esta comedia de hipocresías cuidadosamente maquilladas que hoy llaman “convivencia”, hago una pequeña confesión: ese no es mi nombre, esa no es mi edad, hoy no cumplo años y tampoco vivo en Livramento.
Todo era inventado.
Una simple caricatura. Un personaje. Un experimento mínimo para ver cuánta solemnidad, cuánta indignación automática y cuánta superioridad moral podía despertar un viejo imaginario diciendo lo que piensa.
Porque en estos tiempos curiosos, donde la verdad importa cada vez menos pero la pose moral importa cada vez más, a veces hace falta inventar un abuelo ficticio para decir cosas que muchos piensan… y que casi nadie se anima a decirlas.
