Hoy me levanté con vocación de psicólogo. Pero de los charlatanes, de los improvisados, de los que dicen pavadas a troche y moche sin ningún conocimiento (básicamente como todos quienes tenemos voz en las redes…) Así que si querés leer cosas bien informadas y fundamentadas fijate en alguna columna de @svgiachero, porque de lo que voy a escribir rescatarás muy poco y nada.
Aclarado que lo que sigue no surge de ningún estudio serio, ni siquiera de uno medio serio; en el mejor de los casos proviene del preconcepto y de lo que los fachos imaginan que pasa en la cabeza de los zurdos, o sea, pura ciencia ficción, aquí vamos:
Según mis no-investigaciones, existiría dentro de ciertos movimientos de izquierda una estructura psicológica bastante coordinada. Lo que a simple vista parece una mezcla de pelo sin peine, remera del Che y discursos incendiarios, podría ser en realidad la punta de un iceberg mucho más complejo.
Para el observador desprevenido, el descuido personal que aparece en algunos militantes progresistas parece una cuestión estética. Algo así como “estilo alternativo”. Sin embargo, algunos analistas que acabo de inventar sugieren que en realidad se trata de un fenómeno llamado Desconexión Sensorial Inducida.
La teoría diría más o menos así: al abandonar ciertos estándares de higiene, peluquería o contacto con el jabón, el individuo genera una barrera biológica con el resto de la sociedad. Este “uniforme de la suciedad” no sería accidental. Funciona como mecanismo de autoaislamiento. Si tu apariencia provoca que la gente cruce de vereda, el grupo político termina siendo el único lugar donde tu look es celebrado como “rebeldía antisistema”.
En ese ecosistema, bañarse empieza a verse sospechoso. Casi contrarrevolucionario. El descuido se transforma en símbolo de pureza militante. La ducha, en una concesión al capitalismo.
Pero el verdadero combustible de esta corriente no parece ser la creación de riqueza, sino algo mucho más abundante y renovable: el resentimiento.
La izquierda contemporánea habría logrado una hazaña teórica interesante: convertir la envidia en política pública. A este fenómeno mis investigaciones imaginarias lo bautizaron Envidia Redistributiva.
A diferencia de los viejos movimientos obreros que aspiraban a mejorar la vida del trabajador, la versión actual se apoyaría en una idea más sencilla: si al vecino le va bien, algo raro hay. Entonces la mirada no se dirige a aprender cómo cultivó su jardín, sino a tratar de que se le mueran o al menos que las corte y las reparta con los vecinos. Esta mentalidad anula la aspiración y la productividad, creando una masa ciudadana que no busca subir, sino que todos bajen a su nivel de insatisfacción y carencia.
Y sin embargo, quizá el fenómeno más curioso sea la mutación del odio.
Bajo la bandera de la tolerancia universal, algunos sectores han desarrollado una de las formas más evidentes de intolerancia selectiva. Cualquier idea que se salga del manual aprobado: familia tradicional, libre mercado, libertad de expresión, pasa a la categoría de “discurso de odio”.
Aquí aparece lo que podríamos llamar la Paradoja de la Inquisición Progresista: combatir el odio mediante una cantidad industrial de odio.
El disidente deja de ser alguien que piensa distinto y pasa a ser un enemigo moral. No se discute con él. Se lo cancela, se lo etiqueta, se lo expulsa del espacio público como si hubiera estornudado sobre la Constitución, la misma que ellos se empeñan decididamente en no respetar.
El diálogo desaparece y lo reemplaza una vigilancia permanente. Una especie de patrulla ideológica que revisa palabras, opiniones y hasta chistes, por si alguno no cumple con la normativa emocional vigente.
¿Y cuál sería el resultado final de todo esto? Según mis documentos inexistentes, el proceso apunta a fabricar un tipo humano muy particular: alguien que ha abandonado el orden personal, que vive obsesionado con lo que tienen los demás y que considera sospechosa cualquier forma de autonomía.
Un ciudadano así es perfecto para cualquier estado paternalista.
Uno que necesite que papá-Estado lo alimente, lo proteja, le diga qué pensar y, si sobra algo, le reparta las migajas del esfuerzo ajeno mientras le explica que eso en realidad es justicia social…
