El asesinato de Avril en Ciudad del Plata conmocionó, con razón, a la sociedad uruguaya. Una joven de 19 años fue asesinada en la vía pública y el impacto emocional fue inmediato. Frente a un hecho de esta gravedad, la necesidad social de explicar, nombrar y condenar aparece casi de forma automática. Sin embargo, cuando interviene una pericia psiquiátrica que informa la existencia de una psicosis crónica tipo esquizofrenia, el análisis exige mayor precisión.
No todo homicidio cometido contra una mujer puede ser comprendido únicamente desde la categoría de odio de género. Y no todo “odio” expresado por un agresor tiene el mismo valor psicológico, jurídico o criminológico. La frase “la odiaba”, tomada de forma aislada, puede parecer suficiente para explicar el crimen. Pero si el sujeto estaba cursando una psicosis, esa frase debe ser interpretada dentro de su funcionamiento mental alterado.
Una psicosis es un estado en el cual la persona puede perder contacto con la realidad. Puede presentar delirios, alucinaciones, pensamiento desorganizado, interpretaciones falsas de los hechos o creencias firmes que no se modifican aunque existan pruebas en contra. La esquizofrenia, por su parte, es un trastorno mental grave que puede incluir síntomas psicóticos, alteraciones en la percepción de la realidad, cambios en la conducta, retraimiento social y deterioro del juicio.
Esto no significa que todas las personas con esquizofrenia sean violentas. Al contrario: la enorme mayoría no lo son. Vincular automáticamente enfermedad mental con peligrosidad es un error clínico y social. Pero también es un error negar que, en algunos casos excepcionales, una conducta violenta pueda estar organizada por un sistema delirante.
Aquí aparece un punto central: si una persona mata a una mujer porque la considera inferior, porque siente que le pertenece, porque no acepta su autonomía o porque actúa desde una lógica de dominación sexual o posesiva, estamos ante un análisis compatible con violencia de género. Pero si una persona mata a una mujer porque, dentro de un delirio, cree que ella lo persigue, lo controla, lo amenaza o forma parte de una construcción persecutoria, el núcleo motivacional es diferente.
En ese caso, la pregunta no es solamente si la víctima era mujer. La pregunta técnica es: ¿cuál fue la motivación psíquica del acto? ¿El odio estaba organizado por una ideología de género, por una relación de poder, por una fantasía posesiva o por una construcción delirante?
Confundir estas dimensiones empobrece el análisis. Y, además, impide comprender correctamente el fenómeno.
También se ha señalado que habría existido planificación o premeditación. Algunas personas creen que si alguien planifica, entonces no puede estar psicótico. Esto también es un error. La planificación no excluye la psicosis. Una persona puede planificar durante días una conducta completamente guiada por un delirio. Puede buscar información, vigilar, organizar acciones y aun así estar actuando desde una interpretación gravemente alterada de la realidad.
La pregunta forense no es simplemente si hubo planificación. La pregunta es si esa planificación surgió de un juicio de realidad conservado o de un sistema delirante. Dicho de otro modo: una conducta puede ser organizada, pero estar mentalmente fundada en una premisa falsa, patológica e inaccesible a la razón.
Por eso la imputabilidad no se decide por la gravedad del hecho ni por la indignación social que produce. Se decide evaluando si, al momento del acto, la persona podía comprender la ilicitud de lo que hacía y autodeterminarse conforme a esa comprensión. Esa es una distinción jurídica y psiquiátrica fundamental.
Nada de esto disminuye el horror del crimen ni el dolor de la familia de Avril. Una joven fue asesinada y esa pérdida es irreparable. Tampoco se trata de justificar al agresor. Explicar no es absolver moralmente. Comprender clínicamente un hecho no significa minimizarlo.
Pero una sociedad seria debe poder hacer algo más que reaccionar. Debe poder pensar.
El riesgo de interpretar todo crimen contra una mujer exclusivamente como odio de género es que se pierdan matices esenciales. La violencia humana es compleja. Puede estar atravesada por factores de género, pero también por psicosis, trastornos de personalidad, resentimiento, obsesión, consumo de sustancias, deterioro social, fallas institucionales o ausencia de tratamiento.
En este caso, si la pericia psiquiátrica concluyó que existía una psicosis crónica tipo esquizofrenia, entonces el análisis debe incorporar esa variable de forma central. No alcanza con decir “la odiaba”. Hay que preguntar qué significaba ese odio dentro de su mente. No es lo mismo odiar desde una posición ideológica o posesiva que odiar desde una realidad delirante.
El derecho penal y la psicología forense existen precisamente para evitar que los hechos sean juzgados solo desde la emoción inmediata. La víctima merece justicia. La sociedad merece verdad. Y la verdad exige distinguir entre violencia de género, enfermedad mental, inimputabilidad, peligrosidad y responsabilidad.
Cuando todo se reduce a una consigna, se pierde comprensión. Y sin comprensión, no hay prevención posible. Siendo el tema central no el género sino la salud mental y nadie elige enfermarse y si encima es una psicosis no hay opción de que se pida ayuda porque no hay conciencia de enfermedad
En conclusión La controversia aparece cuando se reemplaza el análisis de los hechos por una explicación única. Si una pericia concluye que existía una psicosis grave, la pregunta deja de ser exclusivamente una cuestión de hombres y mujeres y pasa a ser qué papel jugó la enfermedad mental en el crimen. Ignorar esa variable no ayuda a entender lo ocurrido ni a prevenir que vuelva a suceder.
Comprender una psicosis no minimiza la muerte de Avril. Lo que sí la minimiza es negarse a analizar todos los factores que pudieron intervenir porque no encajan en un relato previo. La búsqueda de justicia exige sensibilidad hacia las víctimas, pero también rigor intelectual para comprender los hechos en toda su complejidad.
Lamento profundamente el dolor por el que ambas familias desde lugares diferentes , están transitando .
