Empiezo a sospechar que el verdadero deporte nacional no es el fútbol. Es clasificar el caos. No resolverlo, porque eso exige tiempo, recursos y la incómoda posibilidad de fracasar. Clasificarlo es mucho más elegante. Uno le pone un nombre nuevo, lo acomoda en el casillero correspondiente y experimenta esa reconfortante sensación de que el universo volvió a tener cierto orden.
Esta semana el gobierno anunció que impulsará un delito específico para la adulteración de matrículas de vehículos y, mientras leía la noticia, no podía dejar de pensar que tal vez no estábamos creando un nuevo delito. Tal vez simplemente estábamos haciendo lo que mejor sabemos hacer: ponerle una etiqueta más precisa a un problema viejo.
Siempre imaginé que ser delincuente debía ser una profesión agotadora. Uno supone que el problema consiste en escapar de la Policía, evitar las cámaras o encontrar un comprador para la mercadería robada. Pero no. El verdadero desafío debe ser mantenerse al día con el Diario Oficial. Porque en Uruguay nunca se sabe cuándo el Parlamento decide que aquello que usted venía haciendo desde hace años ahora merece una categoría jurídica completamente nueva. Me imagino al pobre delincuente que se levanta temprano, toma el mate y descubre que, sin haber cambiado un solo hábito, pasó a pertenecer a otra clasificación penal. Debe ser una sensación muy desconcertante. Como despertarse un lunes y enterarse de que uno ya no es tímido sino «socialmente reservado». Sigue siendo la misma persona, pero ahora tiene un nombre mucho más técnico.
Lo verdaderamente extraordinario no es el delito. Es la confianza casi religiosa que los Estados tienen en el poder de las palabras. Frente a un problema difícil existen dos caminos: resolverlo o redefinirlo. Resolverlo suele ser lento, caro e incierto. Redefinirlo requiere una conferencia de prensa, un equipo jurídico y una buena exposición de motivos. Es bastante más eficiente. Y no es un vicio de este gobierno. Los anteriores hacían exactamente lo mismo y, sospecho, los próximos también. Cambian las mayorías parlamentarias, los ministros, los logos institucionales y hasta el color de las carpetas, pero permanece intacta esa convicción profundamente uruguaya de que la realidad está a una ley bien redactada de empezar a comportarse correctamente.
No es casual. Los uruguayos somos un pueblo extraordinariamente afectuoso con las clasificaciones. Si una oficina funciona mal, en lugar de preguntarnos por qué funciona mal, le cambiamos el organigrama. Si un trámite demora demasiado, diseñamos un protocolo para el seguimiento del trámite que demora demasiado. Si una comisión no produce resultados, creamos otra comisión para evaluar el funcionamiento de la primera. Y cuando esa segunda comisión tampoco llega a ninguna conclusión, elaboramos un informe explicando por qué todavía es prematuro sacar conclusiones. Hay países que producen acero, microchips o inteligencia artificial. Nosotros producimos diagnósticos perfectamente encuadernados.
Supongo que por eso tampoco puedo burlarme demasiado. Yo hago exactamente lo mismo con mi vida. Cuando siento que todo está fuera de control no soluciono nada. Reorganizo. Si debo llamar al dentista, pagar la tarjeta, cambiar una lamparita y empezar la dieta, lo primero que hago es abrir una planilla Excel. Después creo una hoja llamada «Pendientes». Cinco minutos más tarde otra que dice «Pendientes importantes». Y finalmente una tercera, «Pendientes definitivos». A esa altura ya perdí toda la tarde, el dentista cerró, la tarjeta venció, la lamparita sigue quemada y la dieta quedó para el lunes. Pero nadie puede negar que el fracaso está impecablemente ordenado. Si algún día entro en política ya tengo media capacitación hecha.
Creo que existe una explicación psicológica para todo esto. Las personas soportamos bastante bien los problemas; lo que no soportamos es la sensación de que son caóticos. Por eso nos tranquiliza ponerles nombre, clasificarlos, numerarlos y archivarlos. Es el mismo mecanismo por el cual uno acomoda compulsivamente el escritorio cuando tiene que tomar una decisión importante. No mejora la decisión, pero da la agradable impresión de que alguien competente está a cargo. Y ese alguien, lamentablemente, suele ser uno mismo.
Por eso sospecho que el futuro del país no pasa por resolver definitivamente los problemas, sino por perfeccionar infinitamente su taxonomía. Dentro de algunos años habrá una figura especial para el vecino que saluda con entusiasmo excesivo en el ascensor, una agravante para quien responda «estoy llegando» cuando recién salió de la ducha y un régimen sancionatorio específico para el que crea grupos de WhatsApp que nadie pidió. Después aparecerá una comisión para armonizar esas normas con la legislación vigente, otra para estudiar su impacto y una tercera para redactar un protocolo sobre cómo coordinar las dos anteriores.
Y cuando todo eso termine, el país seguirá siendo exactamente el mismo. Pero tendremos la inmensa tranquilidad de saber que cada uno de nuestros defectos ocupa, por fin, el casillero correcto. Porque quizás esa sea nuestra verdadera identidad nacional. No aspiramos a eliminar el caos. Nos conformamos con que el caos esté prolijamente rotulado, foliado e incluido con nombre propio en alguna ley.
Hasta la próxima, si es que hay…
