Los muertos no descansan en paz.

Hay países que homenajean a sus próceres. Uruguay los sigue citando a declarar.

Esta semana el Senado aprobó la acuñación de una moneda conmemorativa por los 170 años del nacimiento de José Batlle y Ordóñez. Parecía uno de esos asuntos destinados a resolverse en cinco minutos, con discursos solemnes, alguna referencia a la historia nacional y el inevitable aplauso protocolar. Pero alguien recordó que estábamos en Uruguay. Entonces Batlle volvió a ser candidato.

No literalmente, claro. Aunque a esta altura tampoco sorprendería demasiado. Acá los muertos nunca terminan de retirarse de la política. Cada generación los desentierra para demostrar que, en realidad, pensaban exactamente igual que ella.

Los colorados reivindicaban al arquitecto del Uruguay moderno. Los blancos discutían al estatista. En algún momento apareció un audio de Lacalle Pou reproducido desde un celular, transformando la sesión en una mezcla entre homenaje histórico, podcast y reunión familiar donde alguien insiste en mostrar un video de hace tres años. Y entonces llegó Sebastián Da Silva. Cuestionó las «veneraciones» alrededor de Batlle y habló del «sueño húmedo batllista».

Confieso que la frase me produjo una incomodidad difícil de describir. No por Batlle. Por el adjetivo.

Hay metáforas que enriquecen un debate. Otras aclaran conceptos. Y después están las que obligan a cientos de miles de personas a imaginar una escena que jamás habían necesitado imaginar. «Sueño húmedo batllista» pertenece cómodamente a esa última categoría.

De pronto nadie estaba discutiendo el tamaño del Estado. Todo el Senado estaba intentando desinstalar una imagen mental. Hasta el taquígrafo debe haber levantado la vista preguntándose si realmente valía la pena dejar semejante combinación de palabras para la posteridad.

Lo curioso es que Da Silva consiguió una proeza política bastante inusual. Durante algunos minutos logró que los batllistas dejaran de discutir con los herreristas para ponerse de acuerdo en discutir con él. Hay dirigentes que unen al país. Él une a sus adversarios.

Después llegaron las respuestas. Los colorados hablaron de respeto. Recordaron el legado batllista. Reivindicaron la construcción del Estado moderno. Hasta apareció Lacalle Pou defendiendo, desde un audio del pasado, que el Estado también puede «hacer piecito» para ampliar la libertad de las personas.

Lo extraordinario no fue la discusión. Fue comprobar que en Uruguay seguimos peleándonos con personas fallecidas hace casi un siglo como si todavía integraran la bancada.

Empiezo a sospechar que nuestro verdadero sistema político no es presidencialista. Es arqueológico. Gobernamos excavando. Cada problema contemporáneo termina resolviéndose convocando a un prócer. Si discutimos el Estado, llamamos a Batlle. Si discutimos la independencia internacional, llamamos a Herrera. Si discutimos los acuerdos nacionales, llamamos a Wilson. Y si aparece un problema completamente nuevo, esperamos cincuenta años hasta que alguien se muera y recién ahí empezamos a citarlo.

Los próceres tienen una ventaja política extraordinaria. Nunca pueden aclarar que los están interpretando mal. Cada partido fabrica su propio Batlle, su propio Herrera, su propio Wilson. Si siguieran vivos, probablemente pasarían más tiempo desmintiendo interpretaciones en redes sociales que gobernando.

Pero el episodio dejó otra enseñanza. Después del Senado vino el intercambio entre Da Silva y Felipe Schipani. Hubo reproches, ironías y hasta un intercambio de «besos» en X que parecía menos una discusión entre dirigentes políticos que una pelea de hermanos durante un almuerzo familiar.

Nadie rompió la Coalición Republicana. Pero tampoco hizo un gran esfuerzo por vender la imagen de armonía. Y ahí aparece la verdadera paradoja. Mientras el oficialismo enfrenta sus propios problemas, la oposición encuentra una forma admirablemente eficiente de fabricarse algunos adicionales. La Coalición Republicana lleva meses intentando convencer a los uruguayos de que puede gobernar unida. Y cada tanto alguno de sus dirigentes decide recordar que también sabe pelearse con sus propios socios.

Es un talento político bastante específico. Con amigos así, la Coalición Republicana no necesita enemigos. Le alcanza con organizar un homenaje.

Hasta la próxima, si es que hay…

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