En mayo de este año escribí en esta misma columna sobre el drama del pueblo saharaui, ubicándolo en ese mapa trágico de los parias globales: los «olvidados de la Tierra» (https://contraviento.uy/2026/05/29/los-olvidados-de-la-tierra-capitulo-1-los-saharauis/ ).
Señalaba entonces cómo la diplomacia internacional y la cobarde omisión de España —potencia administradora de iure— habían dejado a un pueblo entero a la intemperie del desierto y de la historia. Poco imaginaba que la confirmación de ese abandono alcanzaría, tan solo dos meses después, cotas de un cinismo tan grotesco.
Entre ayer y hoy, el mundo presenció la última escena de esta transacción amoral. El rey Mohamed VI de Marruecos anunció el bautismo de la mega-carretera de 1055 kilómetros que atraviesa el territorio ocupado del Sáhara Occidental con el nombre de «Donald J. Trump Highway».
Trump, jubiloso en sus redes, celebró el honor. Un gesto que sella el pacto iniciado en 2020: la soberanía marroquí sobre el territorio saharaui a cambio del alineamiento geoestratégico de Rabat.
La diplomacia del asfalto y la pelota
No se trata solo de hormigón y asfalto; se trata de consolidar la política de los hechos consumados. La nauseabunda realpolitik en su más cruda manifestación. La vía, que conectará el sur marroquí con el futuro macro-puerto atlántico de Dajla, sigue la lógica del Muro de Arena (el Berm) que dividió militarmente la región.
Es la infraestructura al servicio de la anexión, convirtiendo formalmente en dueño a quien la ONU le confió temporalmente el territorio para un referéndum de autodeterminación que jamás se dejó celebrar.
Y en esta mesa de póker, las fichas no solo son el petróleo, los fosfatos o los caladeros de pesca. También lo es el deporte.
Mientras Marruecos empuja con el aval implícito de la FIFA de Gianni Infantino para arrebatarle a España la codiciada final del Mundial de Fútbol de 2030 en el proyectado mega-estadio de Casablanca -porque acá todo es “mega” y “macro”, empezando por los egos y las ambiciones-, el gobierno español prosigue su silencio complaciente. Un canje diplomático donde las ambiciones futbolísticas, las inversiones empresariales y el control migratorio pesan infinitamente más que el derecho internacional o los compromisos históricos con la excolonia.
La sentencia a un pueblo entero
Las Naciones Unidas miran hacia otro lado, convertidas en un tribunal burocrático impotente que sepulta bajo expedientes la promesa de la consulta popular.
España, incapaz de asumir su responsabilidad histórica, ratifica con su indolencia -que en el caso es flagrante complicidad- el aval al plan de autonomía impuesto por Rabat.
La «Donald Trump Highway» no es solo una carretera sobre el desierto. Es la lápida con la que el poder corporativo, el fútbol de élite y la realpolitik rematan el entierro de la causa saharaui.
Nos queda, al menos, la memoria crítica y la negativa obstinada a callar ante semejante despojo. Y una indignación que no cesará.
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