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Frenando, Pereira…es hora de que vaya frenando.

10 octubre, 2022

“Amenazar con la derogación de la LUC es más grave aún desde el punto de vista institucional, porque una vez más, muestra al Frente Amplio -ahora hegemonizado por el Partido Comunista y sus aliados- dispuesto a usar de la democracia para acceder al poder, pero a no respetar las normas y límites institucionales como ya, tristemente, hizo en más de una oportunidad.”

 

 

“…hasta que he comprendido que nadie elige su destino, pero puede en cambio elegir cómo estar en él…” Roberto Saviano

“El cinismo es la armadura y el arma de los desesperados que no saben que lo son” Roberto Saviano

 

A mediados de agosto publicamos en este medio una columna titulada “Sindicalizados, los uruguayos” (https://contraviento.uy/2022/08/15/sindicalizados-los-uruguayos/) donde reseñábamos el proceso de sindicalización de la principal fuerza política de oposición, que tras la “toma de la Bastilla” frentista por parte del pitceeneté, se convirtió en una fuerza sindical con fines electorales.

Cerrábamos aquella nota diciendo desde entonces vivimos en un país donde el Gobierno lo detenta una Coalición de cinco Partidos Políticos, que debe lidiar con una oposición corporativa, que funciona bajo la lógica sindical, sistemática y confrontativa, que no conoce de sutilezas ni construcciones y para la cual el conflicto es su principal arma y argumento.

El «cuanto peor mejor» con carta de ciudadanía. Vuelta al viejo papel sesentista.

En tan solo dos meses, tal cosa ha sufrido varias vueltas de tuerca nuevas, de las cuales -por su relevancia política y gravedad institucional- nos proponemos anotar un par de ellas.

Foto: Dante Fernandez / FocoUy

De dónde venimos

El 39% del electorado cosechado en la primera vuelta electoral de 2019, y a pesar de la remontada en el Ballotage de casi 10 puntos, fue un golpe en el mentón frenteamplista que lo dejó al borde del knockout. Tras 15 años ininterrumpidos de gobierno con mayorías propias, el establishment izquierdista tenía asumido que su llegada era, si no para siempre, para por lo menos medio siglo. Después de todo, era el gobierno del pueblo y para el pueblo, arrebatado a las oligarquías dominantes y que, por lo tanto, más allá de alguna defección y pecadillos menores -como un vicepresidente procesado y renunciado- se les podía -qué digo podía, se les debía- perdonar.

Cargando justo entonces con lo que suele ser una constante de la izquierda en el poder, la incapacidad para renovar liderazgos (porque tal vez se trata de otra cosa, pero daría para otra nota entera) los encontró con el triunvirato que de hecho dominó el Gobierno, copó al Estado en su nombre y subyugó a la Coalición a sus proyectos personales, en plena retirada política y biológica.

A pesar de la altisonancia discursiva de “la constante renovación” a la que estaría abocada la Coalición, lo cierto es que confundidos partido-gobierno-estado, lo que quedaba detrás de los triunviros, era poco más o menos que la nada misma. La imagen del candidato presidencial derrotado haciendo su performance de King Kong en la noche de la derrota, nunca reconocida, resume todo lo que pueda decirse al respecto.

Ese boxeador Campeón de todos los pesos tres períodos consecutivos, tirado en la lona y escuchando -incrédulo- cómo el referí le contaba hasta diez, entró en crisis. Quedó claro, de inmediato, que no había Plan B, que ejercer la oposición no era un escenario que se creyera posible y, por ende, crujieron todas las estructuras. No hubo carnicería, no pública al menos, pero hubo desaparecidos en democracia y portavoces sin voz que tartajeaban necesarias “autocríticas”, con inevitables resonancias soviéticas éstas.

La Pandemia, Lacalle, la LUC y después

Tras cuernos palos, no bien asumido el Gobierno surgido del “error del pueblo en las urnas”, se declara la Pandemia y con ella una vorágine de hechos que pusieron a gobernantes, partidos, sindicatos y sociedad civil en jaque, enfrentados a un reto de proporciones aún desconocidas. Para peor, el Gobierno de la derecha oligárquica, toma de inmediato, sin temblarle el pulso, una batería de medidas que van en el exacto sentido contrario de las que la izquierda, casi por reflejo, venía tomando en los países vecinos.

Dicho esto, con el frente político sin reacción ni plan, la misma provino desde el brazo sindical desplazado del poder: el pitceeneté. Antes de cumplirse el primer mes, un contrariado Fernando Pereira llamó a un “cacerolazo y apagón” contra la política del Gobierno y reclamando lo que, posteriormente, se convertiría en caballito de batalla del frente opositor: el “salario social” que se pondría de moda en lares sudamericanos.

Como la desgracia cuando llega nunca viene sola, además al presidente, con los índices de popularidad por las nubes, se le da por cumplir sus promesas de campaña y enviar al Parlamento su anunciada Ley de Urgente Consideración. Que no era tiempo, que la pandemia, que no había discusión con los actores sociales, que era un atropello, que el coro se hizo sentir y se hizo ensordecedor. A pesar de lo cual la Ley cumplió con su trámite parlamentario, se escuchó a quien quiso hacerse escuchar, y luego se votó, en casi un 50% también por parte del Frente Amplio. Me temo que esa fue la gota que rebalsó el vaso, y puso al frente sindical en guerra con sus camaradas de la calle Colonia.

Como era de esperarse, se anunció la recolección de firmas para convocar a un Referéndum con el propósito de derogar los “135 artículos más nefastos” de la malhadada Ley. Para el Frente resultó un churrasco de cuero, duro de masticar y más aún de digerir. Embarcarse en una campaña de ese calibre, enfrentarse en plena Pandemia a un gobierno sólidamente instalado en índices de aprobación inéditos, era casi como lanzarse al vacío.

Pero, como ha sido una constante desde que formalizaron la relación amorosa en los 80, los de la calle Jackson se llevaron puestos a los mariscales de la derrota del 2019 y allá salieron, lapicera en mano, a tratar de recuperar militancia, mística, votos, y poder de mando.

Visto en perspectiva, quedaba claro que en esa parada el pitceeneté tenía todo para ganar y muy poco para perder, en tanto que sus disminuidos socios, lo contrario, muy poco para ganar si ello se daba -en tanto furgón de cola del brazo sindical- y mucho para perder si fracasaban, porque ello agregaría una nueva derrota y cuestionamientos internos de imprevisibles consecuencias.

En el medio, y no es dato menor, las elecciones municipales y un nuevo revolcón para la izquierda política, donde retener Montevideo y Canelones, y ganar Salto no bastaron para ver cómo el mapa se teñía, una vez más, de celeste.

A pesar de los vaticinios y con algunas dudas en el camino, al final el pitceeneté mostró músculo y logró llegar a las firmas para convocar al Referéndum.

El «Operativo Copamiento»

Con el ojo puesto en la Corte Electoral “en defensa de las firmas” y el otro en el traído y llevado proceso de renovación frenteamplista, con la elección de nuevo presidente por delante, parece haberse gestado lo que podríamos llamar “operación copamiento”, al que, vistos los actores en danza, parecería no estar ajeno un Partido político decisor en ambos bandos y con sobrada experiencia en tales operativos. Como resultado, el siempre enojado Fernando Pereira, jefe de la “articulación” sindical con el Partido Comunista, dejó su sillón en la Sede de la calle Jackson a un comunista orgánico como Marcelo Abdala, nuestro “embajador ad-hoc” ante Maduro, y se puso el traje de presidente de la “fuerza política”.

Desde entonces, hubo cambios muy notorios, y otros no tanto pero quizás más trascendentes, en tiendas de ambas oposiciones, la política y la sindical.

El FA pereirizado

Notorio es el cambio de talante, de tono y tipo de discurso confrontativo y cerril, acompañado de una gestualidad siempre enfurruñada, que no ha hecho otra cosa que contribuir al parteaguas ya instalado entre tirios y troyanos.

Menos notorio, pero a la postre más importante porque marca lo que podemos esperar en adelante, es la lógica imperante, propia del ámbito sindical enfrentado a una patronal en un juego de correlación de fuerzas, y no la de un partido político inmerso dentro de las reglas del juego democrático, de pactos y negociaciones, de propuesta y no mera respuesta.

Es en ese sentido, que creo que hay que marcar dos hechos de especial significación en el accionar y el discurso de Fernando Pereira: el primero, sus declaraciones en el sentido de atribuir la futura renuncia del Ministro Salinas a “un malestar con el gobierno”, aún cuando ya se hubiera explicitado el carácter personal de tal renuncia por parte de un jerarca que venía de fuera del sistema político, y el segundo su anuncio de que “de ganar las elecciones en 2024, el Frente Amplio buscará la derogación de la LUC” refrendada en el Referéndum de Marzo.

El ataque ad hóminem al ministro Salinas es injustificable, un grosero exabrupto, burda maniobra divisionista y que ayuda bien poco a su cacareado llamado “al diálogo nacional y convocatoria a bajar la pelota al piso, para evitar los llamados discursos de odio” de solo quince días antes. Clásico ejemplo del que grita en la pulpería y calla en la comisaría y no precisamente convocando al amor.

De la descalificación a la amenaza

El segundo hecho, el anuncio de la voluntad frenteamplista de “derogar la LUC” en futuro posible gobierno suyo, es con diferencia, lo más grave, política e institucionalmente.

Es grave políticamente porque envía un mensaje a inversionistas, operadores económicos y decisores políticos, que el horizonte de seguridad de las actuales reglas de juego termina en marzo de 2025. Es dinamita bajo los puentes.

Amenazar con la derogación de la LUC es más grave aún desde el punto de vista institucional, porque una vez más, muestra al Frente Amplio -ahora hegemonizado por el Partido Comunista y sus aliados- dispuesto a usar de la democracia para acceder al poder, pero a no respetar las normas y límites institucionales como ya, tristemente, hizo en más de una oportunidad. Lo de que “la gente decida” y de que “el pueblo laudó” es solamente válido cuando sirve a sus intereses. En caso contrario, vale por derecha o por izquierda, por encima o por debajo de la mesa, dentro o fuera de la Constitución, tanto da si cuesta un año o veinte y si es necesario, recurrir a los chiringuitos internacionales de apoyo a su Agenda.

Tal vez, esta escalada, se explique por la temprana admisión de Pereira en el Cartel de Puebla (perdón, dije Cartel, Grupo se llama) y la llamativa visita de un personaje digno de otra nota, el indignado proetarra Pablo Iglesias transformado en gurú de Pereira. Ese que dijo en Montevideo que “la izquierda tiene que dar un golpe de timón, a un gobierno que practica una política económica que acumula riqueza en los más poderosos y deja por el camino a las mayorías”, ese que dijo “ni un solo espacio sin disputar a la derecha, ni un espacio sin combate ideológico”, para lo que hay que “crear una izquierda mediática”.

Con las credenciales del Señor Iglesias, pequeño colonizador de ideas y vendedor de espejitos ideológicos no podía esperarse que contribuyera con hacer del Frente Amplio una coalición más democrática, tolerante e inclusiva.

Pereira, con sus dichos y actitudes, confirma haber comprado el “paquete Iglesias” dispuesto a honrar los mandatos del Grupo de Puebla en la instalación de “la marea roja”, olvidándose que su Coalición solamente ganó elecciones gracias a los votos del centro político, hábilmente gestionados por el camaleónico Astori.

Puesto en la banquina izquierda de la política, tirando piedras a diestro y siniestro, dispuesto a volar los puentes aún en pie, al par que encolumna a su feligresía del 39% se aleja del resto de los uruguayos y pone en riesgo la calidad institucional de su democracia.

Por eso, don Pereira, es hora de que vaya Frenando. Por el bien común, no crea.