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Contraviento

Montevideo: Una ciudad de olores fuertes

26 abril, 2025
Montevideo: Una ciudad de olores fuertes

Pareciera que no hemos cambiado mucho en 200 años. En todo caso, lo hacemos con tal lentitud que resulta imperceptible. Coteje usted cuánto hemos avanzado desde 1825 a la fecha en esta Montevideo de olores fuertes, mujeres liberales, mendigos y locos. Trazos, de una pintura gris, extraídos de la obra de José Pedro Barrán, «Historia de la Sensibilidad en Uruguay».

Malas costumbres

Montevideo era una ciudad de olores fuertes. Era costumbre de muchos de sus habitantes orinar y defecar en las calles y en ciertos huecos (baldíos). Era tal el desaseo que la Junta de Higiene propuso en 1855: «Para que en las calles no haya charcos de orines y de inmundicias se prohibirá hacer las necesidades en ellas, y para conseguirlo se fijarán avisos en aquellos parajes donde se haya hecho costumbre orinar y se encargarán celadores para la vigilancia».

En 1857, la ciudad (que se extendía poco más allá de la actual Plaza Independencia) estaba llena de terrenos baldíos. Los cerdos merodeaban en las calles. Las piaras, a veces, escapaban entre la algazara de los niños. Corrían, chillaban y ensuciaban. Sumaban al paisaje lo que dejaban los caballos, bueyes y perros bravos, que abundaban en ese entonces.

Caños maestros

Los primeros ‘caños maestros’ son de esa época. Aun así, Montevideo era una ciudad de olores fuertes. Cubrían solo unas pocas manzanas, pero algunos estaban rotos y otros no llegaban ‘al mar’. La norma en las buenas construcciones era incluir pozo negro y letrina. Las construcciones mediocres y malas bastaba canalizar o directamente echar las deyecciones a la calle. En el mejor de los casos, transportarlas hasta la costa y verterlas al río. Para 1869, las aguas servidas de estas casas eran recogidas en pipas por carreros que, si estas se llenaban, no dudaban en desparramar tales líquidos a la calle.

Otras fuentes aromáticas

De los baldíos y las calles emanaba olores de cueros y carne putrefacta. Restos caídos de los carros y que nadie recogía por su escaso o nulo valor. Además, los celadores de la policía estaban autorizados a matar los perros salvajes o callejeros. Pero alguien olvidó incluir que recogieran sus restos. Es así que de los cuerpos de tales perros yacían en calles y baldíos durante días o semanas, hasta que las quejas, o los propios vecinos, eliminaban el inconveniente.

En los veranos el aire solía contener efluvios insoportables. Fue el caso de los restos de cuatro grandes mastines que yacían en el cruce de las calles Río Negro y Durazno. A tal punto era difícil respirar que las personas evitaban pasar cerca de ese lugar. Las quejas se hicieron sentir a través de la prensa y las autoridades procedieron a retirarlos. Se da cuenta también de otras emanaciones. De las tumbas mal cubiertas en iglesias y cementerios. Cabe recordar que fueron los años de las epidemias de cólera y fiebre amarilla.

Por un vintén

En Montevideo había vagos, pero sobre todo, mendigos. Muchos y que hostigaban a las personas e instituciones con su andar desenfadado. Hasta que el alcalde del Cabildo (ya en 1815 existía el problema) propuso “que ningún pobre pudiera pedir limosnas sin licencia del Cabildo, quien debía examinar su estado”. Fue tal el «no éxito» de la medida que fue necesario repetirla en 1837, 1841 y 1852.

Es así que se permitió la mendicidad, pero con informe previo del juez y en otras ocasiones previa revisación médica. Los mendigos autorizados debían llevar una tablilla en el cuello con el membrete “merece la caridad pública”.

Hartos los montevideanos, en 1860, se prohibió directamente la mendicidad, decretando el encierro de los mismos en el Asilo de Mendigos. Una especie de cárcel para vagos y mendigos. Estaba situada en la Villa de la Unión, en el predio que ocupa hoy el Hospital Pasteur.

Allí se instaló también un taller para que los recluidos trabajen y puedan demostrar vivir por sus propios medios. Algunos se escapaban ante el rígido sistema interno. Recapturados, le correspondían seis meses sin permiso de salida para los sexagenarios. Para el resto, un año.

Imagen del antiguo Asilo de Mendigos. Foto Biblioteca Nacional
Imagen del antiguo Asilo de Mendigos. Foto Biblioteca Nacional

La parte más atrayente

Alrededor de 1824, el viajero inglés L. Boutcher Halloram, advirtió las diferencias entre las doncellas europeas y las montevideanas. Señaló que «El atavío de las damas [montevideanas, en una reunión] era, como siempre, naturalmente elegante». A continuación, lamentó en clara referencia a la moda europea del corsé: «¡Cuán equivocadas están nuestras bellas compatriotas (las inglesas) cuando imaginan que sus encantos se realzan con el antinatural cautiverio de sus hermosas formas, en una desagradable fortaleza de ballenas y aun de acero!»

Para agregar con gran sutileza: «Las montevideanas solo mantenían en ‘cautiverio’ sus pies, pues los zapatos son invariablemente de seda o raso, tan livianos, finos y estrechos como sea posible. Hay pocas mujeres más graciosas en un carruaje que las españolas [montevideanas], esto tal vez sea debido, en parte, a que no usan corsés rígidos. Me han dicho que consideran suficiente para sostenerse un ligero corsé sin ballenas. De tal modo que no perdía su gracia y elegancia, la parte más atrayente de la creación»

Diez años más tarde, el entonces cónsul francés en Montevideo, expresó: «[Los] modales [de las mujeres] son desenvueltos y fáciles, y su trato atrayente». Comparó «el andar modesto de la doncella europea, pudorosa, tímida, contenida, que no se permitía ningún gesto fuera de lugar, con la arrogancia y seguridad física de las montevideanas, ‘las que a menudo hacen bajar la cabeza del forastero que ven por primera vez. Ese vicio, [aseguró], proviene de las relaciones demasiado frecuentes y continuas entre los dos sexos’».

Loco un poco, nada más

Hubo un tiempo en que los locos, o personas con disturbios mentales, andaban por la calle entre el resto de la gente. Se consideraba que, si bien algunos de ellos podían ser «problemáticos», de todos modos podían convivir con el resto. Para «los más furiosos» se habían construido algunas casillas de madera en un corralón cercano al Hospital de Caridad, pero todavía no se les apartaba de la sociedad.

«… su máximo grado de desenfado al dejar sueltos a los locos: “entonces andaban por esas calles de Dios -dirá un memorialista en 1899- libres y dando cada susto a más de uno, que daba miedo, porque había locos mansos y locos bravos […] y con los primeros se entretenían los muchachos y servían los pobres para diversión como sucedía con el famoso Lotas […] que andaba […] muy liviano de ropa, abrazando a cuanta mujer encontraba en el camino […] Pero [los había] terribles, él más […] era […] el loco Giménez […] andaba por las calles vociferando, todo rotoso, y siendo el terror de los muchachos que lo respetaban […] porque le tenían miedo. [Otro era] Enrique, el hojalatero, que andaba con un cobertor prendido y una camisa que se ataba a la cabeza y que no tenía muy buenas pulgas, pues a las primeras de cambio le acomodaba a cualquiera un garrotazo o un trompazo”».

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