Me sorprendió, bah, en realidad no, que el Ministro de Desarrollo Social, hablara de «personas menstruantes» al referirse a las mujeres, en el reciente anuncio de la «canasta menstrual » (100$ de propaganda, que en la vida real y práctica no cambia nada, pero queda divino en un titular)
Ahora resulta que en la Ciudad de los Progresismos Ilustrados, la palabra «mujer» ha pasado a mejor vida. Según el Ministerio, ya no existen las orientales de pura cepa, las madres, las gurisas ni las doñas del barrio; ahora son «personas menstruantes». Un término tan sexy y humanizado como «caño de escape» o «unidad de consumo».
Es de un cinismo de campeonato. En el afán de ser tan inclusivos que terminan excluyendo la realidad, nos anuncian con bombos y platillos una canasta menstrual que incluye a los «hombres trans». Vamos a ver si nos entendemos, porque entre tanto neologismo se nos está escapando el sentido común por la claraboya.
La biología no es una opinión, ni un constructo social que se pueda votar en una asamblea de facultad. Por más que el ministro se autoperciba como el adalid de la vanguardia, la naturaleza tiene la mala costumbre de ser terca: la menstruación es un proceso biológico estrictamente femenino. Al decir «personas menstruantes», no están sumando a nadie; están restando a la mujer. La están despojando de su nombre, de su historia y de su identidad, reduciéndola a una función orgánica, como si fuera un bicho de laboratorio o uno de esos «seres sintientes» de los que hablan ahora para no decir perro, gato o vaca.
El desprecio disfrazado de empatía
Hay que tener el cuero duro para decir que esto es un avance. Es, en realidad, un desprecio profundo hacia lo femenino. Borrar la palabra «mujer» del discurso oficial es el acto de invisibilización más grande del siglo. ¿Tanto les molesta la palabra? ¿Tanto les pesa la realidad de que solo las mujeres atraviesan esa realidad biológica?
Es el triunfo de la etiqueta sobre la carne y el hueso. Nos quieren convencer de que una «mujer trans» es exactamente lo mismo que una mujer, y que un hombre puede menstruar si el formulario del MIDES así lo indica. Pero al final del día, cuando se apagan las luces del ministerio y se terminan los sanguchitos del catering de la conferencia de prensa, la realidad sigue ahí, esperando.
Se llenan la boca con la palabra «humanidad», pero tratan a las mujeres como piezas de un mecano ideológico. En Uruguay, donde siempre nos jactamos de ser gente de a pie, con los pies en el barro y la cabeza clara, este lenguaje de plástico no pega ni con cola.
Llamar a una mujer «persona menstruante» es quitarle el alma para cumplir con un manual de estilo escrito en algún escritorio con aire acondicionado, lejos de la vieja que pelea el peso en la feria o de la gurisa que precisa, de verdad, que la nombren por lo que es.
Basta de eufemismos mediocres. Si van a dar una canasta, denla. Pero no nos tomen por estúpidos. A las cosas por su nombre: las mujeres existen, la biología manda y el diccionario no debería ser un campo de batalla para políticos que no saben qué hacer con la realidad, así que deciden cambiarle el nombre.
¿Y las feministas tan «sensibles» «empáticas» y «sororas»?
Es que ahí es donde la lógica se nos descarrila y entra en el terreno de la patología política. ¿Cómo se explica que la misma mujer que sale a la calle a gritar por sus derechos, después agache la cabeza cuando el burócrata de turno la etiqueta como un «envase biológico»? Lo de muchas votantes de esta izquierda de cafetín bordea el masoquismo ideológico. Es una suerte de Síndrome de Estocolmo cultural: aceptan que las borren, que las rebajen a una función fisiológica, como si fueran ganado o, peor, una «persona menstruante» más del montón, con tal de no ser expulsadas del club de los «buenos».
Prefieren la validación de la tribu que la dignidad de su propia naturaleza. Hay una ignorancia selectiva, un mirar para el costado que resulta peligroso. Porque mientras acá se entretienen discutiendo si el hombre trans necesita tampones, en otras latitudes los regímenes que tanto admiran por su «resistencia al imperio» tienen a la mujer bajo la bota, literalmente.
Es la contradicción máxima: defienden el lenguaje inclusivo pero guardan un silencio cómplice ante la opresión real, la de verdad, la que no te deja mostrar la cara. Prosperan porque encuentran una pasividad mansa, una aceptación de que la mujer es un concepto moldeable al servicio de la causa del momento. Al final, parece que para algunas, ser «progre» pesa más que ser mujer, y prefieren ser una cifra en la planilla del MIDES antes que defender el nombre que la biología y la historia les dio.
