Yo despotrico, tu despotricas, él despotrica…

Una vez, en el liceo, en clase de literatura, un compañero estaba hablando de Prometeo. Venía bastante bien, dentro de lo que se puede venir bien cuando uno tiene 15 años y está tratando de explicar mitología griega mientras el resto piensa en el recreo. En determinado momento dijo que “Prometeo despotricaba contra los dioses”.

La profesora, que para ser de literatura era bastante limitada en su elocuencia, y también en su curiosidad, que es peor, lo frenó en seco.
-¿Qué acabás de decir?
El tipo, tranquilo, le respondió:
-Que Prometeo despotricaba contra los dioses.
-¿De dónde sacaste ese término?
-En mi familia lo hemos usado toda la vida.
-Pero eso no es correcto -afirmó ella, con esa seguridad que solo tiene la gente cuando no está del todo segura.

Él insistió en que lo conocía desde chico y que era habitual su uso a nivel familiar. No parecía estar inventando nada. Solo estaba usando una palabra. Algo que, en una clase de literatura, uno pensaría que sería bienvenido. Error de principiante.
La profesora, que no tendría mucha competencia léxica pero era democrática, o al menos tenía espíritu asambleario cuando le convenía, le preguntó a los demás de la clase su opinión.

La inmensa mayoría estuvo de acuerdo con ella. Más por chuparle las medias que por saber si el término existía. El reflejo de supervivencia estudiantil: si la autoridad dice que algo está mal, uno asiente, no vaya a ser que después caiga prueba sorpresa.

Yo no dije nada. Como no tenía ni idea, me quedé callado. Una estrategia subestimada en la vida: cuando no sabés, no hablás.
Pero claro, la paz dura poco.
-A ver, Caalf, que no has dicho nada. ¿Qué opinás?
-Nada.
-¿Cómo “nada”? ¡Tenés que tener una opinión!
-No puedo tener una opinión de algo que desconozco.
-¿Así que admitís que no sabés si es un término correcto o no?
-Sí.
-¿Y te parece bien no saber algo que hace a la materia?
-Sí, como usted, que es profesora de literatura y ni siquiera sabe si el término existe o no.

Ahí ocurrió algo hermoso: coloreó. Literalmente. Se puso roja. No de vergüenza pedagógica, sino de enojo mezclado con desconcierto. Porque cuando la autoridad se enfrenta a un espejo, a veces no sabe qué hacer con la imagen.

Sin saber muy bien cómo salir de la situación, nos encomendó que investigáramos si “despotricar” era o no un verbo que existía.

En esa época no había internet, así que fuimos a la biblioteca. Lo cual ya era una experiencia arqueológica en sí misma: diccionarios enormes, polvo, silencio solemne, la sensación de estar consultando una fuente sagrada. Y sí, el término era real. Existía. Perfectamente válido. Con definición y todo.

En la próxima clase no preguntó nada. Ni una palabra. El tema se diluyó en el olvido, como si nunca hubiera pasado. Porque para ella era más importante tener razón y ocultar su ignorancia que admitir algo con lo cual todos aprenderíamos.

Y ahí está, probablemente, una de las lecciones más útiles que dio en todo el año. No sobre literatura. Sobre poder. Sobre ego. Sobre cómo, a veces, la educación falla no por falta de información, sino por falta de humildad.

Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos. Nosotros solo habíamos encontrado una palabra en un diccionario. Pero igual parecía demasiado incendio para el aula.

Otros Artículos de Caalf:

[b]Sitio alojado en Montevideo Hosting[/b]